
Es difícil, sino imposible y hasta inútil, hablar de éxitos discográficos durante el año pandemial 2020. No hubo actividad musical fuera de las pantallas y las radios, no hubo shows de presentaciones de discos, festivales multitudinarios o fines de semana teatrales. Una palidez general sacudió las bateas y los boliches dejando huérfanos de nuevos proyectos a nuestros oídos. Algunos intentos streameados sin mas gloria que la del momento nos quedarán como reminiscencia del año mas patético de la historia reciente. En fin.
Solo un lanzamiento en lo personal me movió la aguja, en medio del confinamiento, cuando ya el encierro estaba haciendo estragos en mi corazón. En pleno invierno la familia Spinetta nos tira la madera en pleno naufragio, se convierte en un San Bernardo con un barrilito de whisky colgando del pescuezo en plena tormenta de nieve. Anuncian la aparición de una grabación de un show mítico de Luis, y además iniciático para quien esto escribe, inolvidable para los que estuvieron, nuestro Woodstock privado. Anuncia la familia la aparición de uno de los shows presentación del álbum Artaud durante un cálido fin de semana de 1973.
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Creo que fueron dos shows, un sábado y un domingo a la mañana en el original Teatro Astral de Buenos Aires. Eran épocas del gobierno del general Lanusse, una dictadura liviana al lado de la que vendría después, en la que los recitales de rock estaban permitidos pero de mañana. Nada de andar trasnochando con los pelos largos y cigarrillos raros para la muchachada.
Durante los años 80 anduvo dando vueltas por las disquerías de la ciudad unas copias del show en cassettes de pésima calidad y peor sonido, nada recomendable.
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De manera que la noticia en Julio del año pasado de la aparición del concierto con sonido mejorado por los Spinetta, tomado directamente del cassette que grabó una de esas mañanas el hoy profesor universitario Eduardo Avelleira sentado en la fila 10 del teatro (grabador en mano), más que un documento es un ADN del rock argentino, no el más importante quizás, pero si el más creativo. Material para otra discusión.
La imagen ahora nos muestra a un preadolescente que en Octubre de 1973 está cumpliendo 14 años, y en el patio del colegio de curas cambia simples de Almendra por otros de Deep Purple con algunos compañeros más grandes.
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“Crecer entre hippies produce en el cerebro de un niño efectos colaterales irreversibles”
Me decía eso un terapeuta hace años fundamentando en tal colateralidad mi pésima relación con el dinero, mi desprecio sistemático hacia toda forma de autoridad y mis desvaríos amorosos en busca de una libertad de sentimientos absolutamente anacrónica.
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Mi primo Charlie tenia 6 años más que yo y era hippie. Mis primas Mechi y Estela también, y todas sus amigas y amigos eran hippies. Y yo era un niño hippie básicamente porque estaba siempre con ellos. No sé si lo había elegido, pero la verdad es que la pasaba fantástico. Así que cuando cumplí los 14 me consideraron ya uno más de la cofradía y sin decirme agua va, un martes falté al colegio porque mi primo Charlie y su mejor amigo Memo me llevaron al viejo gasómetro de San Lorenzo para ver el show de Santana.
Mi información al respecto era la siguiente. Charlie era hijo de mis tíos, Memo era su amigo y decía que trabajaba de plomo de Pescado Rabioso, lo que es posible porque con el tiempo le pregunte a Quebracho por él y se acordaba. Los plomos eran los roadies, asistentes o como quieras llamarle de los músicos. Rosanroll fue el primero, después llegarían Totó, Monitor y Quebracho, ahí atrás venían Memo y sus amigos, sin ellos el rock argentino no sería lo que fue. Vaya esto como un homenaje personal que les debía por tantos años de verlos trabajar duro y parejo para que un show salga bien.
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Bueno, este par de delirantes me llevan a ver a Santana y un par de semanas después, un domingo a la mañana, me sacan de la misa y me arrastran al teatro Astral para ver a Spinetta. Es de imaginar que mis recuerdos son endebles, pero sí me quedaron algunas polaroids en la cabeza de esa mañana que son indelebles.
Tomamos el tren en la estación Vicente López donde otros amigos pelilargos se sumaron a la caravana. Retiro, calle Florida semidesierta de domingo a la mañana, Obelisco de cerca y ya llegando al teatro una cola de jóvenes enfervorizados cuidándose unos a otros en plan paz, amor y rock&roll. Me acomodan a mi por ser chiquito en la puerta de entrada del teatro junto a otras criaturas y algunas embarazadas, desde donde veo a unos cuantos polis engordados sacando a empujones nada amistosos del hall unos pacíficos Hare Krishna que subiéndose las túnicas pastel hasta los calzones emprenden una veloz salida por el foro dejando unos libritos y el humo de los sahumerios de patética escenografía de entrada.
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Llegan Memo y Charlie mi primo a rescatarme y nos metemos en la sala. Yo la veía casi llena, la música que sonaba mientras se acomodaba la gente era Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, la reconocí porque ya tenia el disco, así que me sentí enseguida parte de todo eso. Se proyectaban diapositivas en el fondo del escenario que eran fotos de Hidalgo Boragno, un genio fotógrafo que después con el tiempo Luis Alberto Spinetta me contó fue uno de los primeros desaparecidos de la dictadura. Las personas entre las butacas intercambiaban diálogos y cigarrillos de todo calibre. Yo observaba todo eso sin dar demasiado crédito a mis ojos, estaba mentalmente tan excitado que no me alcanzaba la cabeza para abarcar esa andanada de estímulos.
En eso se apagan las pocas luces que estaban encendidas y entra Spinetta, para mi más pelilargo de lo que muestran las fotos que acompañaron la salida del concierto en formato digital el año pasado, pero no sé. Si recuerdo que estaba solo él en el escenario, su guitarra acústica y un cuadrito al lado de la silla. Tenía unos guantes verdes, del color de la tapa de Artaud, y dijo algo así como que se despertó con eso. La gente se rió por primera vez de su gracia natural y solo recuerdo algunos diálogos desopilantes de Luis y su público.
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Cuando escuché el digitalizado debo decir que sentí algo parecido a la conmoción, volvían en ráfagas escenas, olores y audios que había olvidado durante 40 años. Pachuli, bambulas, sombreros y pañuelos de colores, el sueño roto de un país que no se parecía en nada al que soportaríamos en el futuro, el sueño hippie que moriría tiempo después como murió Sharon Tate a manos de unos hippies mal drogados que vivían en una comunidad al este de Los Ángeles y que mostraron al resto de la humanidad que el ser hippie no necesariamente te hacia bueno, pacifista o elevado. John Lennon mismo se encargo del epitafio para los hippies. The Dream is over dijo. Y efectivamente, el sueño hippie estaba terminado.
Las noticias tardaban en llegar en esos tiempos sin celulares, sin internet, sin aplicaciones electrodomésticas de comunicación, pero acá también el sueño se terminó. Un par de años más tarde todo se convertiría en un infierno parecido a ese infierno del Dante, que cuando lo mirabas era un lugar hermoso pero todo lo que te pasaba ahí adentro era espantoso. Buenos Aires era la misma pero nada parecida a la que había sido.
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Por eso celebré la aparición de este concierto digitalizado porque son muy escasos los testimonios de esa época brillante de Buenos Aires, que siempre me gusta equiparar a la Berlín de pre guerra, creativamente desmesurada, con el Di Tella y las mínimas salas de Café Concerts a pleno, con la gente dueña de las calles y las plazas y con cantidad de jóvenes con las mentes tan abiertas y libres de prejuicios que le permitían a Luis Alberto Spinetta, de 23 años, hacer un disco tan libre y desprejuiciado como Artaud.
Haber crecido entre hippies ha dejado huellas irreversibles en mi cerebro, pero por otro lado permitió que se desarrolle un sensible oído que aun me mantiene en actividad, que todo hay que decirlo.
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