
Por muchos años, el único recurso con el que contó el porteño para iluminarse fue el sebo, que se usaba tanto en los candelabros hogareños -el grado de iluminación de una casa marcaba el status de esa familia- como en los faroles de la vía pública.
Si bien a mediados del siglo XVIII se ordenó a las pulperías encender faroles por la noche -lo que se consideró como la primera iluminación de la vía pública-, fue gracias a Juan José Vértiz -primero como gobernador y luego como virrey- quien desarrolló un plan de alumbrado público. Para ello se usaron rudimentarios faroles hechos de madera, con una vela protegida primero con un papel y luego reemplazado por un vidrio. Un largo camino se ha transitado hasta llegar, en la actualidad a las 112.000 columnas de alumbrado y 11.000 farolas peatonales.
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El problema era, entonces, el poco personal afectado al mantenimiento de los faroles, los vidrios se ennegrecían por el humo de la vela y muchas de las veces éstas se consumían a mitad de la noche. Para colmo de males, eran los propios vecinos quienes debían pagar los costos de mantenimiento.
El ingenio popular llevó a la aparición del “negrito farolero”, un muchachito que por las noches, munido de un farol, precedía a los transeúntes, previniéndolos de las zanjas, pozos y demás sorpresas que ofrecían las calles porteñas.
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En noviembre de 1822 había llegado a Buenos Aires Santiago Bevans, un ingeniero inglés contratado por Bernardino Rivadavia para trabajar en el proyecto de un nuevo puerto. El 25 de mayo de 1823, el que sería el abuelo de Carlos Pellegrini iluminaría la Plaza de Mayo con lámparas a gas, gracias a un gasómetro instalado en el solar que ocupa la curia metropolitana.

Ese mismo año, en Francia, había nacido Juan Etchepareborda, un dentista que siendo joven se radicó en el país y llegó a ser profesor en la Facultad de Medicina. Tenía otra pasión: las novedades técnicas. Había quedado maravillado cuando en París conoció el alumbrado. En su casa de Suipacha y Rivadavia, armó un equipo de gas hidrógeno, un arco voltaico y electrodos de carbón. Y el 3 de septiembre de 1853 iluminó su domicilio.
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Hizo varias demostraciones, logrando el asombro general pero un fallido espectáculo hizo que saltaran chispas del aparato y todo el mundo corrió despavorido. Y fin de la experiencia.

En 1840 se había comenzado a usar aceite o kerosén y desde 1856 hasta 1920 la iluminación fue a gas.
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En 1882, luego de la federalización de Buenos Aires, comenzaron los primeros ensayos de luz en la flamante capital. Un ingeniero enviado por Thomas Alva Edison realizó una demostración en la Confitería del Gas, una de las más antiguas del país, fundada por Francisco Roverano, que funcionó en la esquina de Rivadavia y Esmeralda. Se llamaba así por los dos faroles a gas que adornaban su frente.

Por su parte, la empresa Brush Electric Company, fundada en 1880 por Charles Brush, dedicada a la fabricación y venta de sistemas de alumbrado público instaló, a modo de prueba, una usina en el entonces Mercado del Centro, que funcionaba donde está el monumento a Julio A. Roca, en Diagonal Sur. Esa usina alcanzó a alumbrar dicho mercado y un tramo de la calle Perú, pero las autoridades lo habían pensado como una cuestión decorativa. Cuando la compañía vio que no había un horizonte de negocios, fue llamado por Dardo Rocha, gobernador bonaerense. De esta forma, La Plata se transformó en la primera ciudad de América Latina en poseer alumbrado a luz eléctrica. Después llegaría el turno a los domicilios.
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Cuando la luz eléctrica se instaló en Buenos Aires, las primeras farolas ornamentales se estrenaron en la Avenida de Mayo, inaugurada en 1894. Fueron removidas en 1911 cuando comenzó la construcción del subterráneo, la actual Línea A. y reemplazadas por un modelo provisorio.

Años después, se implementó un modelo de alumbrado salido de la fundición Val d’Osne, cuyas obras en formas de columnas, mástiles, esculturas y copones están por toda la ciudad. Esas columnas se instalaron a lo largo de la avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Plaza Congreso y en las nuevas diagonales que se abrieron. Según un informe del Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana de la ciudad, eran un modelo característico de tres y cinco brazos, y originariamente poseían una esfera flotante, reemplazada posteriormente por un plafón. Hace algunos años, el gobierno porteño logró recuperar los cabezales originales fabricados por esta fundición.
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Cuando Carlos M. Noel fue intendente porteño, entre 1922 y 1927, lanzó el Plan Regulador y de Reforma de la Ciudad, el primer plan urbano que consideró a Buenos Aires como un organismo cuyos problemas y posibilidades debían ser contemplados en conjunto, en forma articulada y en toda la extensión del territorio. En este marco, hubo dos tipos de alumbrado público: uno, que se colocó sobre las avenidas y otro en los parques. Si bien eran de diseño europeo, se fabricaron en el país.

Y el pasado dejó paso al progreso: el 19 de marzo de 1931 se apagó el último farol a gas, que alumbraba la esquinade Avenida del Trabajo y Escalada.
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El modelo de alumbrado “Canopias”, que hoy puede verse en Recoleta y Retiro, con sus variantes de uno, dos, cuatro y hasta ocho brazos fueron implementadas en la década de 1930. También se implementó, para esa misma época, otro modelo llamado “Globo” que al día de hoy predomina en la Plaza de Armas.
Por su parte, la Avenida 9 de julio recibió las farolas del modelo “Canopias”, que luego fueron retiradas en su posterior transformación. Hoy este tipo de luminarias pueden encontrarse en la barranca de la Plaza San Martín.
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La evolución de los artefactos, incorporando reflectores, refractores, fue permitiendo mejorar los parámetros y dándole mayor vida útil al equipamiento, hasta llegar en la actualidad a que todo el alumbrado sea a tecnología LED, y que hace que la historia del negrito farolero quede como una simpática anécdota de los tiempos en el que el país se hacía a la luz de la vela.
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