
Si hay una palabra que quedará como símbolo del 2020 esa es resiliencia, la capacidad de algunas personas para superar circunstancias traumáticas. Así lo hizo Mariana Yankelevich sin estar atenta a ese significado sino a pura garra y empuje, como lo hizo toda su vida y porque, como lo explicara en diálogo con Infobae, esa es la única manera de hacerlo que conoce.
Este año lo inició con un sueño que luego dibujó en su mente y no paró hasta verlo materializado: cada rincón de Fulano Mengano estaba en su cabeza y tras años de planearlo y dos meses para ambientarlo, finalmente, el martes 3 de marzo lo abrió en Montañeses y Quesada, una de las esquinas emblemáticas del barrio porteño de Belgrano, a pocas cuadras de la cancha de River.
Por esos días solo sabía de un virus letal lejano y que para ella todas las cartas eran favorables: tenía una excelente ubicación y un restaurante prometedor de dos plantas. El salón de la planta baja estaba listo para recibir a 100 comensales, el primer piso a otros veintes y la terraza esperaba el fresco del otoño para ser estrenada junto a cuarenta apersonas... Pero llegó el decreto de la cuarentena y, como un castillo de arena, sus sueños se desmoronaron. Estuvo abierto solo 17 días.

“¡Sentí desesperación! No podía creer que después de dos meses trabajando en las reformas y tanto, pero tanto esfuerzo e inversión puesta en el restaurante tuviera que cerrarlo y decirles al equipo que formamos que no podía sostener la situación y que ellos ya no podrían seguir trabajando”, le cuenta a Infobae con voz entrecortada.
Afligida por lo que recuerda, describió: “¡Parecía una película de terror! Había una pandemia y teníamos que cerrar y yo sin manera de sostenernos, sin ingresos... ¿Sabés que fue lo que más me emociona al recordar esos días? Que las cocineras, que no tenían otra manera de subsistir, fueron quienes me tranquilizaban y decían que todo estaría bien... ¡A mí se me caían las lágrimas! Fue realmente desesperante, yo respeto mucho el trabajo porque empecé a trabajar desde muy chica y me partía el alma tener que despedir a la gente”.

Mariana admite que en el rubro de la gastronomía “lo más difícil es consolidar un equipo y estábamos todos entusiasmado poniéndole todo para este nuevo proyecto, y de pronto se nos vino el mundo abajo”.
Por un mes, Fulano Mengano estuvo cerrado. Los días de trabajo pre cuarentena no fueron suficientes para que el lugar se hiciera conocido y las deudas comenzaron a llegar mucho antes de tener ganancias: había que pagar la luz (que varias veces la cortaron) y el alquiler. El poco dinero que quedaba fue a parar allí.
“Cuando todos los locales de comida comenzaron a ofrecer delivery yo no sabía qué hacer porque, claro, no habían llegado a conocernos ni en el barrio y un gran amigo tuvo la idea que nos salvó: me dijo que aprovechara las redes y tuiteara la situación que estaba atravesando”, dice y cuenta que ajena al mundo virtual no supo bien qué hacer, pero fue sincera. Simplemente contó que todos los ahorros de su vida estaban en ese restaurante y que no quería cerrarlo. Pidió que hicieran correr la voz y la ayudaran a poder ofrecer delivery.

“No recuerdo a quién arrobé, pero ese tuit explotó. Lo compartieron más de 200 mil personas y hasta me hicieron una nota para un canal de noticias. Había vecinos no sabían que estábamos y empezaron a venir de a poco. A eso se sumaba que enfrente tengo dos monstruos, dos parrillas grandes que estuvieron cerradas, pero la gente extrañaba comer carne y a los dos meses y medio saqué una parrilla a la vereda para ofrecer sándwiches de lomo y de chorizo. Esa onda callejera generó algo espectacular con el público y ahí nuestra actividad comenzó a remontar”, resume sobre los días de resurgimiento entre sándwiches, empanadas y música al aire libre.
Lo que siguió, en otra fase de la cuarentena, fue la posibilidad de sacar las mesas a la vereda. “Con la modalidad take away la gente comenzó a recomendarnos y el boca en boca, más la ayuda de las redes, nos salvó. Los que llegaban a veces se quedaban parados en la vereda para comer ahí, y así seguimos hasta que pudimos sacar las mesas, entonces comenzó a irnos mucho mejor... ¡Estoy más que feliz! Hoy los clientes no dejan de venir y nos recomiendan porque la comida realmente es buena y sé que notan y valoran el trabajo en equipo que hacemos y nuestro esfuerzo”.
Hace unas semanas, la posibilidad de utilizar el salón y la terraza hizo la diferencia. “Tenemos capacidad para 100 personas y hoy, siguiendo todos los protocolos, armamos unas 20 mesas adentro en un espacio amplio y muy aireado”, asegura y agrega que en la vereda hay mesas disponibles para unas 35 personas, que otras 40 tienen lugar en la terraza y unas 20 más pueden estar en el primer piso.

“Nos está yendo muy bien y lo que ahora queremos es ampliar el horario y abrir los jueves por la noche, por eso estamos buscando nuevos empleados. De aquellos 14 siguen siete. Los otros por suerte están en otros lugares, así que necesitamos camareros para el turno noche y seguir creciendo”, explica.
Actualmente, abren desde las 10 de la mañana y de viernes a domingos están hasta la 01:00. Lo que planea es sumar otra noche. Y busca personas que deseen trabajar. “Hoy Dante Liporace (chef) publicó en su cuenta de Twitter @dlipo77 que estoy buscando a quienes contratar y ya mañana vendrán diez personas a la entrevista. ¡No puedo estar más feliz!”.
Cuando cuenta sobre su felicidad actual hace una pausa y emocionada confía: “La pasé muy mal y no solo por lo laboral. En medio de todo esto mi abuela murió y no la pude despedir. Yo también me enfermé pero lo mío fue más leve. Por eso hoy tengo todas mis energías puestas en Fulano y lo único que deseo es que todo esto pase pronto y que todos podamos estar bien”, finaliza.
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