Es un miércoles caluroso de junio y a Máximo le aparece un recuerdo en sus redes sociales. Hace exactamente un año, ya con su identidad de hombre trans, entraba a una clínica de fertilidad para que extrajeran sus óvulos después de un largo proceso de estimulación ovárica. Junto a él estaba Nadia, su pareja, que iba a poner el cuerpo después y de otra manera, a través de la gestación. Nadie sabía lo que estaban haciendo y es que, entre ellos, había algo más: un miedo palpable de no poder concretar su deseo de convertirse en padres.
Ahora Máximo sonríe del otro lado de la pantalla. A su lado está Nadia pero el miedo ya no está. Quien sí está, a upa, es Kai, el bebé de tres meses que le permitió a ella ser madre y a él festejar hoy su primer Día del Padre trans.
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Máximo es Licenciado en Trabajo Social, docente y tiene 37 años. Nadia tiene 38 y también es Licenciada en Trabajo Social. Están juntos desde hace una década. Durante los primeros siete años de relación fueron, para el mundo externo, una pareja de lesbianas. Pero no hacia adentro de su casa, al menos hacia adentro de Max, que dice y repite la palabra “incomodidad”. Fue su deseo de tener un hijo lo que terminó empujando otras fichas: darse cuenta de que no deseaba ser madre sino un padre fuera del sistema binario, un papá transgénero.
“Hace unos tres años, cuando empezamos a pensar en serio la posibilidad de tener un hijo me di cuenta de que no podía seguir negando lo que me pasaba. No quería transmitirle una mentira a esa persona que viniera al mundo, arrancar así”, cuenta Max a Infobae. Nada era tan nítido como lo es hoy: Max siempre había tenido una expresión de género muy masculina pero no estaba familiarizado con las vivencias que comparten los hombres trans. Lo que sí estaba claro es que el deseo de tener un hijo había provocado un quiebre.
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El primer paso fue reconocerse, después atravesar el miedo de contárselo a Nadia, decirle que iba a comenzar la transición y que ella no quisiera seguir con la relación: que iba a elegir un nombre masculino, a pedir que lo traten con el pronombre “él” y no “ella”, a tomar medicación para dejar de menstruar, a correr el riesgo de perder el empleo por todo eso. “Ese temor a quedarte solo es muy profundo en las personas trans. Es un cambio muy grande y no podés obligar al otro a que te acompañe”, cuenta Max.

Quien habla ahora es Nadia Largo, mientras amamanta a su bebé, nacida el 10 de marzo, pocos días antes del comienzo del aislamiento obligatorio en Argentina.
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—Quedarse solos es uno de los miedos de las personas trans pero en la pareja de ustedes no pasó. ¿Qué te hizo seguir?
—Me dí cuenta de que iba a enfrentar cambios pero que, en esencia, era la misma persona. Creo que uno construye una relación no solamente por cómo uno se ve sino también por lo que es, por lo que puede compartir con la otra persona: las ideas, la forma de vivir la vida, los proyectos de vida que comparten.
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—¿Te costó?
—Fue una revolución. Pero yo no podría exigirle a él que no hiciera cambios, porque eso implicaría limitarlo o pedirle que sea quien no es. Creo que si uno tiene amor por la otra persona no puede exigirle que no sea alguien que no es.
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Un deseo pedido al mar
Cuando empezaron a pensar en cómo querían ser padres fuera de lo que se conoce como la “hétero cis norma” (donde lo “normal” es ser heterosexual y cis, es decir, lo opuesto de trans) apareció una nueva pregunta: cómo.
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Una opción era que Nadia gestara con sus óvulos fecundados con el semen de un donante, lo que dejaba a Max afuera de la paternidad biológica. “Pero queríamos participar los dos”, dice él. “¿Cómo pongo yo también el cuerpo en esto?”, se preguntó Max, que ya había empezado el tratamiento para dejar de menstruar. Hay varones trans que sí deciden gestar pero no era su caso: “No me imaginaba embarazado”, cuenta.
Con ayuda de las redes que fueron tejiendo otros hombres trans de Argentina supo que sí se podía respetar la identidad masculina en el proceso de reproducción, aunque no fue sencillo. Si bien hay varones trans que se hacen la histerectomía, Max había elegido conservar sus ovarios. Así, optaron por el método ROPA (“Recepción de Óvulos de la Pareja”). Esto es: Max se hacía la estimulación ovárica para aportar sus óvulos y un donante anónimo ponía el semen. Luego de la fecundación y mediante un tratamiento de reproducción de alta complejidad, le transferían el embrión a Nadia para que ella llevara adelante la gestación y atravesara el parto.
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“No fue fácil porque el ambiente médico va cambiando pero sigue siendo binario. Tal vez te dicen ‘Hola Máximo ¿cómo estás?’, pero atrás ves todo rosa, te llaman ‘señora paciente” o entrás y te dicen ‘sacate la bombacha’, cuando vos usás bóxer”, cuenta él. “La vida social es compleja para una persona trans en general. En la escuela, como docente, también me costaba muchísimo ese binarismo donde te ponen un guardapolvo con volados y te dicen señorita'”. También tuvieron problemas con el cumplimiento de la Ley de fertilidad porque el método ROPA es de alta complejidad y, por tanto, mucho más caro que si hubieran optado por una inseminación a Nadia con un donante, que es un procedimiento de baja complejidad.
El embarazo llegó en el primer intento. La distancia a la que nos obligan las pantallas desde que existe la pandemia no logra frenar la emoción que transmiten cuando recuerdan el momento en que se enteraron.
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“Al poquito tiempo nos fuimos a un Congreso a Mar del Plata. Yo había pasado toda mi infancia en La Perla, mi papá disfrutaba mucho del mar, amaba esa playa. Yo ya no tengo a mi viejo, se murió sin saber que yo tenía este deseo de ser padre. Hacía mucho frío y me acuerdo que fuimos a la playa, le puse a Nadia un poquito de agua de mar en la panza y le dije a mi viejo: ‘Viejo, vos ya no estás pero sé que acá fuiste feliz. Yo quiero compartir esa felicidad con la persona que viene. Dame una mano para que esto funcione’”.

En ese camino se enteraron de la existencia del nombre “Kai”, que es como le dicen al mar los hawaianos. Así se llama el bebé, un nombre neutro para el bebé que ahora Nadia amamanta frente a la pantalla. Tiene ojos enormes y azules Kai, como un mar lejano. Eso, claro, también sonó a señal. “Cuando era chiquito mi viejo me decía ‘te regalo este mar, este pedacito de mar’. Yo ahora miro a Kai con esos ojos azules y le digo algo de eso: ‘Bueno, vos sos mi mar, ese lugar cálido donde todo está bien”.
El hecho de que ahora se vea hacia afuera una pareja formada por una mujer y un hombre no significa que hayan entrado -ni que quieran entrar- al sistema binario, lo que todavía muchos consideran “lo normal” (hombre - mujer, heterosexuales y cis): “Yo soy un hombre pero un hombre trans. Ahora un padre pero un padre trans. Y evidentemente no nos sentimos heterosexuales. Negar eso es borrar todo el camino que nos trajo hasta acá, borrar las diferencias”, se despide Max.
Precisamente para no invisibilizar esa diversidad les gusta decir que son “una familia queer”, representada en la Q de la sigla LGTBIQ+. ¿Qué significa? Que dentro de la familia que formaron hay identidades múltiples que no tienen que ver con lo biológico sino con una construcción social. Por eso forman parte de Familias Argentinas Diversas donde hoy celebran el Día del Padre con alegría todos los padres, no sólo los que están dentro de la norma: los padres homoparentales (familias con dos papás), los padres monoparentales (solteros, que crían solos), los hétero (el clásico “papá y mamá”) y los padres transparentales, como Max. A todos, feliz día.
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