
El 8 de agosto de 1963 Vicente Zabalegui inauguró la confitería Gran Córdoba. Un año después empezaría a organizar fiestas: compromisos, bautismos, casamientos y cumpleaños de 15. El lugar original donde se emplazó la primera confitería estaba en Córdoba y Thames, en Palermo. La sede actual está en Córdoba y Aráoz, Villa Crespo.
El Gran Córdoba es uno de los salones de fiestas más tradicionales de la Capital. Desde hace 56 años que se dedican al mismo negocio. Ya no está Vicente Zabalegui al mando. Lo sucedió su hijo Eduardo y su nieto Rodrigo. La confitería y su salón de fiestas son un negocio familiar de los Zabalegui al que se sumó Carlos Fontenla, casado con una de las hijas de Vicente, el iniciador de la tradición.
Por primera vez en más de cinco décadas dejaron de hacer lo que saben hacer. La pandemia de coronavirus paralizó los festejos. Durante años organizaron dos o tres fiestas por fin de semana en el salón que puede albergar desde 50 hasta 220 personas para una celebración. Enero y febrero son meses en los que rara vez se realizan festejos por las vacaciones. El año del negocio de las fiestas suele “comenzar” en marzo.
El año 2020 -después de un 2019 recesivo- estaba comenzando a repuntar. Había 55 fiestas programas para los fines de semana de 2020 y de 2021. Es que las reservas suelen hacerse con mucha anticipación y los que contratan pagan la fiesta completa para congelar el precio.

La última celebración que se organizó allí fue la de Ornella, una chica que el 14 de marzo pasado festejó sus 15 años. Gran Córdoba organiza todo: pone el salón, la música, el catering y cada cosa que haga falta para fiesta: el cubierto cuesta entre 5000 y 7000 pesos por persona. Como brinda todo el servicio completo, tiene 30 empleados de planta permanente y unos 30 eventuales que son contratados para cada ocasión. Después de aquella fiesta de Ornella el salón se cerró por la pandemia de coronavirus y la pro
Mientras transcurre la cuarentena y el aislamiento, Gran Córdoba paga los sueldos del personal de planta que cobra menos por la falta de horas extras, incentivos y premios que se abonaban los fines de semana de fiestas. Entra poco dinero a la empresa por la venta de algunos productos de confitería, especialmente de chocolatería, un clásico del barrio. Además continúa pagando un piso alto de consumo de energía eléctrica a pesar de que como no hay fiestas no se usan ni el ascensor del salón ni el imprescindible sistema de aire acondicionado.

El de los salones de fiestas-porque no se pueden hacer reuniones multitudinarias- es otro de los tantos sectores de la economía arrasados por la cuarentena decretada para evitar la expansión del coronavirus. La situación que se vive en Gran Córdoba se replica en todos y cada uno de los salones de fiestas de la Ciudad y el Conurbano. No hay distinciones: están cerrados salones grandes y tradicionales y los pequeños donde se festejan los cumpleaños de chicos en cada barrio. Y también los de los hoteles cinco estrellas, y los de La Rural y el Tattersal y por supuesto las quintas o estancias donde tampoco se pueden hacer fiestas.
“Vemos un panorama oscuro no solo para el presente. Creemos que el año 2020 está perdido porque imaginamos que va a ser uno de los rubros de la economía que más tarde volverá a funcionar como antes de la pandemia. Se está hablando de reabrir en un futuro restaurantes con separación entre las mesas y con un máximo de cuatro personas en las mesas que deberán estar separadas al menos por un metro y medio. Eso nos da una idea de que volver a juntar 200 personas para un festejo es algo muy lejano”. Quien vaticina un 2020 de sequía absoluta para los salones de fiestas es Ariel Amoroso, presidente de la Asociación de Restaurantes, Confiterías y Cafés (AHRCC). Esa entidad también nuclea a los salones de fiestas más tradicionales que se iniciaron como confiterías.
Amoroso específica: “Esta situación afecta a los que no pueden organizar fiestas y también a los que venden servicio de catering. Hay mucha gente que trabaja directa o indirectamente para que se realice una fiesta. En principio están los mozos que sirven en las mesas, los chefs y los ayudantes que cocinan y los pasteleros que hacen el pan, las tortas, los dulces, la chocolatería. Pero también están los que alquilan vajillas, mesas y sillas, los que hacen la logística para que un catering llegue a destino, los artistas de los shows, los iluminadores, los sonidistas, los DJ. Son muchos los que trabajan alrededor de una fiesta. toda es a gente está sin trabajo hoy”.

Veterano en la organización de cientos de celebraciones, Eduardo Zabalegui, enfundado en un barbijo blanco, señala que la situación producida por la pandemia no puede compararse con ninguna de las crisis económicas por las que pasó el país y en especial el sector de los salones de fiestas. Recuerda que en la hiperinflación de 1989 y en en el caos de 2001/2002 (las últimas grandes crisis) sucedió algo particular: “Muchos salones- porque no podían cumplir con lo pactado con los clientes que habían contratado las fiestas con anterioridad- no se hicieron responsables y dejaron sin celebración a la gente. Nosotros cumplimos, nos costó muchísimo, pero cumplimos y eso nos dio prestigio entre los salones. Ahora tenemos pensado hacer lo mismo. Estamos programando las fiestas que fueron contratadas para comenzar a hacerlas en los próximos meses. Si no se puede, se harán cuando nos lo permitan”.
En medio de tanta malaria, en el salón Gran Córdoba tuvieron algunas buenas noticias: durante la cuarentena tres familias se decidieron a reservar el lugar para hacer diferentes fiestas. Sin fecha, para cuando se pueda volver a reunirse para comer, brindar, bailar y divertirse con amigos y familiares. Algo que por ahora es imposible.
Fotos: Maximiliano Luna
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