
“Estamos haciendo la cuarentena en el mar. Acabamos de llegar a Río de Janeiro. Vamos a vivir amarrados a una boya a 50 metros de la costa, en la Bahía de Urca, a los pies del Pan de Azúcar”, cuenta Constanza Coll (34) que está embarazada de ocho meses. Hace un año y medio que vive en un barco con su marido, Juan Manuel Dordal (35), y su hijo, Ulises (a punto de cumplir 4 años). Él es psicólogo y ella periodista. Aunque últimamente sean más bien capitán y segunda de abordo, con Ulises como tripulante. “Tiene funciones: cargar el agua y estar atento a Lula, nuestra perrita”, agrega.
Coni y Juan son de Ciudad Jardín, zona oeste. “Nos conocimos a los cuatro años en el jardín de infantes. Conservo cartas de amor que nos mandábamos a los 10. Siempre fuimos amigos y teníamos otros novios. Pero estamos juntos desde los 19, cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos enamorado”, detalla Coni. Recuerda que a los 23 decidieron irse a vivir juntos a un departamento de 23 metros cuadrados en Núñez. Y así aprendieron a “economizar el espacio” sin imaginar lo fundamental que sería para sus vidas.
“Empezamos a navegar de grandes: a los 25 años. En nuestras familias no había tradición náutica. Fue porque Juan estaba muy estresado en el trabajo y quería desenchufarse. Entonces hizo un curso de timonel. Se copó y terminó dando clases. Yo lo seguí, porque lo vi feliz. Me entusiasmaba ver la ciudad de lejos”, revela y agrega que los formó Jorge Correa, un navegante que tiene el record de haber cruzado el Océano Atlántico en el barco argentino más chico.

Navegar pasó a ser el plan para los fines de semana y las vacaciones por Uruguay. Salían con el Tangaroa I, un barco muy chico que les prestaba el maestro Correa, de 19 pies (5,80 metros). “Descubrimos que viajar puede ser económico si lo hacés en un velero. Es una carpa o una casa flotante. El motor está solo para cuando no hay viento y funciona a diesel. Izás velas y vas con el viento. Los mares son libres. Tirás el ancla y fondeás donde querés. Hay lugares donde pagás una boya, pero no son caras. En Brasil, por ejemplo, la costa es muy libre. Entonces bajás con un bote y llegás remando a la playa o al muelle, para pasear o comprar”, detalla Coni. Y ríe cuando agrega que no paga luz, agua, gas, ni ABL.
Por ese entonces navegaban en barcos prestados por Croacia, Nueva Zelanda y el Caribe. Lo hacían por canje, a cambio de notas periodísticas. “Conocimos familias con niños y jubilados que tenían su casa en el barco. Nos gustó mucho la idea”, apunta.
Sin embargo, esa vida no llegó de un día para el otro. “Agarré el retiro voluntario de mi trabajo y nos compramos el Tangaroa II, que era de acero y tenía 30 pies. Después nació Ulises, el 6 de mayo de 2016, y tuvimos que esperar a que tuviera un año y medio para lanzarnos. Los navegantes dicen que se hace más fácil una vez que dejan los pañales. Entonces hicimos una prueba piloto y nos fuimos un mes a vivir al barco amarrados en Florianópolis. Uli corría por la playa desnudo, comía camarones que nos daban los pescadores y tomaba agua de coco… Era feliz. ¡No había nada que pensar! Solo era cuestión de resolver de qué íbamos a vivir y cómo”, precisa.

Entonces, pusieron en alquiler su departamento de Núñez y Juan Manuel también dejó la empresa donde trabajaba y se fue con algo de dinero. “No vendimos y quemamos naves. Eso tranquilizó a nuestras familias. ¡Nos llevábamos al único nieto!”, apunta. En un principio pensaban vivir con la entrada de dinero por el alquiler, además de las notas que Coni pudiera escribir a distancia. Claro que no calcularon que iba a llegar la gran devaluación.
“Zarpamos en el Tangaroa II desde Florianópolis en septiembre 2018. Tenía un camarote con puerta en la popa con un colchón de dos plazas y nada más. Ni mesa de luz, ni nada. Una pequeña cocina a alcohol con bacha de dos canillas, una de agua dulce y otra de agua salada. Había un baño, sin ducha. Nos bañábamos afuera. Hicimos un tanque y cargábamos el agua dulce en las cascadas o en las estaciones marítimas. Además, teníamos una sala de estar con dos sillones y una mesita. En la proa, un camarote de niño muy chiquito, con cortina”, detalla. Así recorrieron todo el litoral de los estados de Santa Catalina, San Pablo y Río de Janeiro, hasta llegar a Angra Dos Reis para instalarse en el lugar que los cautivó: Ilha Grande.

–¿Se aprende a viajar liviano?
–Un poco se es así y otro poco se aprende. Nosotros siempre fuimos muy prácticos y no consumistas. Sabemos armar una mochila de viaje. Nos vinimos con una cada uno y una más para los juguetes de Ulises. Sí trajimos muchos medicamentos. ¡Tenemos una farmacia flotante! En el barco había ollas, platos, vasos… Alquilamos nuestra casa con todo: muebles, cuadros y ropa blanca. Si al barco hubiéramos llegado con valijas, estaríamos incómodos. Si nos falta un abrigo, fondeamos y bajamos a comprar al pueblo.
–¿Cómo administran la comida?
–Tenemos una buena alacena con leche en polvo, fideos, arroz, chocolate, azúcar… Lo necesario para dos meses, si quisiéramos. Pero además una o dos veces por semana comemos pescado fresco que pescamos con arpón. Comimos mucha tainha y vermelho. Lástima que acá, en Rio de Janeiro, es más complicado.
–¿Cuándo empezaron a recibir huéspedes?
–Fue en enero del 2019, cuatro años después de zarpar. Un seguidor de nuestra cuenta de Instagram (@el_barco_amarillo) nos preguntó si podía visitarnos. Entonces varios se entusiasmaron con hacer nuestra vida: pescar con arpón, bañarse en el mar... Y nosotros encontramos la manera de financiarnos. Lo hicimos sin parar hasta abril del año pasado. Juntamos el dinero suficiente como para frenar hasta noviembre de 2019, llevando siempre esta vida austera que tanto nos gusta. Ahí retomamos hasta marzo, que se cerraron las fronteras por el coronavirus.

–¿Qué ofrecen?
–Aclaramos que es un barco de clase media, no un gran chárter. Brindamos un sistema all inclusive. Embarcan y se olvidan de todo. Vienen dos noches, como mínimo, y algunos se quedan hasta 10 días. Si quieren Juan les enseña a navegar. Dormimos en diferentes bahías. No es vida de turista en un barco. Sino que es una invitación a vivir como nosotros. Cada tanto se arma una guitarreada o sale algún juego de mesa.
–¿Cómo se comunican con tierra?
–Juan y yo tenemos teléfono con roaming y una computadora. En los puertos suele haber señal, no en el mar. Hay muy buenas aplicaciones de navegación. Y contamos con Spot, un equipo satelital de rastreo. Tiene tres botones. Uno para decir que estamos ok y dar las coordenadas. Otro, para anunciar que tenemos un problema, pero lo estamos resolviendo. Y finalmente, el rojo, en caso de emergencia para pedir rescate. Ese mensaje le llega al mail de cinco destinatarios y se publica en muro de nuestro Facebook (/tangaroa2). Además, pagamos un seguro en caso de necesitar.

–¿No los preocupa la escolarización de Ulises?
–Tenemos buenas referencias de niños que hacen escuela a distancia con los programas oficiales del Ejército y del Ministerio de Educación. Son chicos curiosos y educados. Los planes funcionan enviando el material y dándole a los padres la responsabilidad de sentarse con los chicos para que aprendan. Tienen hasta inglés. De hecho, nosotros ya le estamos enseñando cosas nuevas a Ulises. Nos sentamos con él todos los días durante cuarenta minutos o una hora. Recién nos pidió aprender sobre Rio de Janeiro. Otro día nos preguntó por el fuego y otro sobre la selva. Entonces, le explicamos. Es contemplativo. Está muy contactado con la naturaleza. Nos gusta como lo estamos criando. Es un chico que se entretiene jugando con la arena. Claro que además, mira dibujitos. Pero cuando entramos a un shopping no pide regalos, ni golosinas.
–Y en un mes llegará Renata…
–Sí. Siempre supimos que queríamos tener otro hijo y por eso conservamos la obra social. No sabíamos si podríamos hacerlo viajando, pero más avanzó el viaje y más nos dimos cuenta de que era factible. Solo sería cuestión de amarrar en algún lugar que nos resultara. Así que quedé embarazada en Cairu, en Bahía, y asesorada por mi obstetra de Buenos Aires, me hice los análisis de sangre, ecografías y controles. La cobertura medica me dio un seguro de viajero solo por tres meses. Después tuve que empezar a pagar por privado. Nos instalamos en Ilha Grande y de ahí planeábamos volar a Buenos Aires para el parto. Pero empezamos a dudar si no era mejor que naciera en Brasil… Y finalmente, el coronavirus decidió por nosotros. Como en Angra Dos Reis no estaban dadas las condiciones médicas para un parto en medio de la pandemia, después de mucho averiguar nos vinimos a Rio de Janeiro. Llegamos ayer después de 13 horas de navegación. Habíamos salido a las dos de la mañana y con el mar calmo. Juan sería el único con el timón. Y aquí estaremos hasta fines de mayo, cuando llegue la hora del parto.
–¿Dónde será puntualmente?
–Posiblemente en la maternidad San Francisco de Niterói, que ofrece un buen plan con neonatología y no tiene casos de coronavirus. Pero tenemos otras opciones. Ahí solo permiten un acompañante y no se pueden recibir visitas. Entonces tenemos que ver como haríamos con Ulises… O si se queda con Juan y yo voy a parir sola. Veremos…

–Y una vez que nazca Renata el plan es volver a zarpar…
–Tal cual. Volver a Ilha Grande para pasar los meses de invierno. Porque, además, hace dos meses redoblamos la apuesta: compramos el Cairú, que es un barco más grande, de 35 pies. Lo llamamos así por la ciudad donde me quedé embarazada. Nos permitirá alojar a nuestra nueva tripulante y tener más espacio para recibir huéspedes. Tiene tres camarotes dobles y heladera por energía solar y eólica. Somos muy felices. Pasó un año y medio y estamos convencidos de que queremos vivir así. Tal vez cambiemos los destinos y vayamos de visita a Buenos Aires, pero si hay algo de lo que estamos seguros es que no vamos a volver a la vida de antes.
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