El coronavirus en Argentina tuvo un antecedente, fue la tuberculosis y apareció en los tangos más populares

Fue una de las enfermedades más letales del siglo pasado: en la década de 1910 llegó a representar alrededor del diez por ciento de todas las muertes que se registraron en nuestro país. Los poetas la incluyeron en las letras de los tangos. Y se cobró la vida de ilustres porteños

“Ya sale el tren” - canta Alberto Castillo, orquesta Ricardo Tanturi


Imaginemos la escena, en blanco y negro.

Estación de Retiro, un tren está a punto de partir. Una mujer joven, muy pálida y ojerosa, saluda moviendo su mano delgada desde la ventanilla de uno de los vagones.

En la plataforma, atravesado por el dolor, su novio la despide:

- Ya sale el tren / el humo pinta el cielo / y en el andén / agito mi pañuelo / Ruedas que rechinan / con la angustia del adiós. Y ella, mi muñeca / que se ahoga con su tos / Se va en el tren / mi pobre novia enferma… / Mi corazón se muere en el andén…

No es una película, sino un tango. Se llama “Ya sale el tren”, lo compuso Luis Rubinstein, y refleja una realidad de la Argentina de la primera mitad del siglo pasado: la devastadora secuela de la tuberculosis.

La música de Buenos Aires fue el espejo de lo que pasaba en la sociedad. O al menos ofreció su versión, en la que invariablemente la enfermedad afectaba a una mujer. Es así que en “Cotorrita de la suerte”, del letrista José Pedro De Grandis, la historia relata:

- Cómo tose la obrerita por las noches / Tose y sufre por el cruel presentimiento / de que su vida se extingue y el tormento / no abandona su tierno corazón. / La obrerita juguetona, pizpireta / la que diera a la casita su alegría / La que vive largas horas de agonía / porque sabe a su mal no hay salvación…

“Cotorrita de la suerte” - canta Francisco Fiorentino con la orquesta de Astor Piazzolla


Hay un detalle sorprendente: en el tango siempre la enferma, que a la postre muere, es una mujer. Sin embargo, las estadísticas de la época señalan que en Argentina murieron más hombres que mujeres como consecuencia de la tuberculosis. Hubo dos casos resonantes: uno, el poeta Evaristo Carriego. El otro fue el popularísimo boxeador Justo Suárez, apodado “El torito de Mataderos”. De ambos vamos a volver a hablar en esta crónica.

Pero sigamos con los tangos, porque los ejemplos se multiplican. “Margarita Gauthier”, con versos de Julio Jorge Nelson y una bellísima melodía de Joaquín Mora, refleja una obvia evocación de “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas y describe el mal de la protagonista, cuando su “Armando, el que te clama…” canta:

- Nunca olvido aquella noche que besándome en la boca / una camelia muy frágil de tu pecho se cayó; / la tomaste tristemente, la besaste como loca / y entre aquellos pobres pétalos una mancha apareció. / ¡Era sangre que vertías! ¡Oh, mi pobre Margarita! / Eran signos de agonía… eran huellas de tu mal / Y te fuiste lentamente, vida mía, muñequita / pues la parca te llamaba con su sorna tan fatal…

“Margarita Gautier” - canta Alberto Gómez


De verdad llama la atención que estas canciones, con un contenido doloroso, con perfiles dramáticos, hayan tenido gran éxito entre el público y que durante muchos años hayan sido una parte importante del repertorio tanguero. Probablemente la explicación sea -o al menos, una de ellas- que la sociedad completa estaba sensibilizada de la misma manera.

Así fue que en la literatura nacional surgió Evaristo Carriego, el poeta que pintó con maestría y con acento melodramático la vida del Buenos Aires de principios del siglo pasado. Le cantó a los sectores más humildes de la población, especialmente a las mujeres que trabajaban en las fábricas, a las costureras y a las que encontraban fugaz prosperidad en la vida nocturna. El propio Carriego murió tuberculoso, a los 29 años. Dejó una obra breve pero muy significativa, en la que sus poemas a menudo hacen referencia a la enfermedad. En “Residuo de fábrica” escribió:

- Hoy ha tosido mucho. Van dos noches / que no puede dormir, noches fatales, / en esa oscura pieza donde pasa / sus más amargos días, sin quejarse. / El taller la enfermó, y así, vencida / en plena juventud, quizá no sabe / de una hermosa esperanza que acaricie / sus largos sufrimientos de incurable…

Y en “La queja” ratificó esa línea expresiva:

- Por eso a solas, hoy, en el cuarto / donde se muere, donde le arranca / hondos gemidos la tos violenta, / la tos maldita que la desangra, / bajo la fiebre que la consume / tiene rencores de sublevada, / ¡Tiene unas cosas! ¡Oh, si pudiera con los pulmones echar el alma!…

Carriego no fue el único que habló de la tuberculosis en sus poemas. Lo mismo hizo Nicolás Olivari, en cuyo libro “La musa de la mala pata” de 1926 aparece un poema titulado “La dactilógrafa tuberculosa”. Semejante título no ofrece dudas sobre el contenido, alguna de cuyas líneas dice:

- Esta doncella tísica y asexuada / esta mujer de senos inapetentes…// …un día juntamos hombro con hombro nuestra desdicha / vivimos dos meses en un cuchitril / en su beso salivoso naufragó la dicha / y el ansia de vivir / Una tarde cualquiera, un tarde sin historia / murió clásicamente en un hospital…

El dolor y la desesperanza son el reflejo del temor a una enfermedad impiadosa. Y el tango reiteraba el modelo literario que describía el mal hecho carne en una muchacha frágil. Así el poeta Héctor Blomberg escibe en “La que murió en París”:

- Paloma, cómo tosías / aquel invierno al llegar…/ Como un tango te morías / en el frío bulevar…

“La que murió en París” - canta Rubén Juárez


En muchísimas milongas tangueras de todo el mundo, que hoy sufren las consecuencias lógicas de la cuarentena por el Coronavirus y permanecen cerradas, estos tangos y muchos otros parecidos se han bailado sin reparar en el relato. La magia de la melodía y el influjo del ritmo son suficientes para que las parejas giren en la pista. ¿Los cantantes hablan de costureras, obreritas, milonguitas? Los bailarines no lo perciben y se concentran en la danza, Como en este caso, en “Griseta” la música de Enrique Delfino crea un hechizo que asordina el duro relato de José González Castillo, en el que una muchacha se enferma y muere tuberculosa:

- Francesita / que trajiste pizpireta / sentimental y coqueta / la poesía del quartier / ¿Quién diría? / Que tu poema de Griseta / sólo una estrofa tendría / la silenciosa agonía / de Margarita Gauthier…

“Griseta” - canta Roberto Goyeneche con la orquesta de Armando Pontier


Aquella peste, la tuberculosis, fue letal. Hubo miles de víctimas que temían el contagio. El bacilo estaba en las casas, en los talleres, en los salones. Y en los tangos, como “Tu pálido final”, con texto de Alfredo Faustino Roldán:

- Tu cabellera rubia / caía entre las flores / pintadas de percal / y había en tus ojeras / la inconfundible huella / que habla de tu mal… / Fatal / el otoño con su trágico / murmullo de hojarascas / te envolvió / y castigó el dolor… / Después todo fue en vano / tus ojos se cerraron / y se apagó tu voz…

“Tu pálido final” - canta Enrique Dumas con la orquesta de Alberto Di Paulo


Se ha señalado con razón que la inmensa mayoría de los tangos están escritos por hombres. Y a partir de esta certeza se plantea la evidencia de que la tuberculosis siempre enferma y mata a protagonistas femeninas. ¿Habría sido diferente la literatura tanguera si los tangos de esa época los hubiesen escrito mujeres? En ese caso, ¿los tangos habrían relatado la enfermedad y el final fatal de los hombres afectados por la tuberculosis?

No lo sabemos, a lo sumo podemos especular e intentar una respuesta. Quizá sea más sencillo tratar de responder a otra pregunta: ¿habrá tangos sobre el Coronavirus? ¿El Coronavirus aparecerá reflejado en las manifestaciones artísticas de un futuro no demasiado lejano?

No nos consta que ya haya creaciones artísticas concluídas, pero presumimos que en su momento conoceremos películas, obras teatrales, pinturas, esculturas, novelas y canciones basadas en la pandemia que nos castiga ahora mismo.

La tuberculosis lo hizo en su tiempo. “La dama de las camelias” de Dumas y “La traviata” de Verdi tienen su influjo y se ha afirmado que lo mismo sucede con “El grito” del pintor Edvard Munch.

Y el tango, como vimos, lo reflejaba en sus letras, en las primeras décadas del siglo pasado.

En ese momento la medicina no tenía respuesta para la TB. Por eso en distintos lugares se abrían casas de curación, residencias hospitalarias en las que se internaba a los contagiados. Primero en Europa y luego en Estados Unidos se multiplicaron los sanatorios ubicados en regiones rurales, donde los enfermos de tuberculosis recibían un tratamiento paliativo de dieta y reposo.

La psicosis se adueñó de todo el mundo. La tuberculosis mataba a pobres y ricos. La única solución parecía ser la vida sana y por eso se buscaron el aire libre y el sol.

En nuestro país el primer establecimiento de ese tipo se abrió en Mar del Plata. Fue en 1893, cuando el antiguo Hotel Alemán de la calle Ituzaingó, en la zona de La Perla, se convirtió en Hospital y Asilo Marítimo.

Hospital y Asilo Marítimo de Mar del Plata
Hospital y Asilo Marítimo de Mar del Plata

En un gran trabajo de reconstrucción histórica, la investigadora Adriana Álvarez, del Conicet, revela que este asilo fue creado por la Sociedad de Beneficencia de la Capital Federal, que eligió las afueras de Mar del Plata por el clima de esa zona. En las Memorias de la Sociedad, de 1916, se puede leer: “El pedido original había sido motorizado por la expansión de la tuberculosis infantil. En esta primera etapa convivieron niños anémicos o convalecientes con los que estaban afectados por el bacilo tuberculoso."

Y el periodista Samuel Zamorano, del diario digital 0223, describe la gravedad de la enfermedad y cuáles eran las posibilidades para combatirla:

- Niños y niñas de todo el país llegaban a internarse de manera permanente o hasta evidenciar alguna mejoría. En aquellos años se formaba parte del tratamiento los baños en agua de mar y la exposición al sol. De hecho, en uno de los patios del nosocomio, aún está instalado el heliógrafo, un artefacto que se usaba para medir la intensidad y duración de los rayos solares, el cual funcionaba mediante una esfera de cristal que hacía un efecto lupa sobre una cartulina hasta incendiarla. Así generaban ciertos parámetros. En esa época, El Marítimo tenía a su cargo a toda la región patagónica y los profesionales de aquel entonces, salían en campañas al sur del país para tratar de detectar tuberculosis con equipos de rayos móviles.

El lugar - uno de los edificios más antiguos de la ciudad junto a la capilla de Santa Cecilia- está cumpliendo una valiosa tarea en la lucha contra el Coronavirus. Hoy allí funciona el Instituto Nacional de Epidemologia Dr Juan Héctor Jara, que integra el grupo del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas (INEI) donde se reciben las muestras para análisis del Covid 19.

Pero fue la provincia de Córdoba la que se consagró como el lugar de curación (o de presunta mejoría) de los tuberculosos. Y localidades como La Falda, La Cumbre, Cosquín, Huerta Grande o Tanti, entre otras del Valle de Punilla, fueron el destino obligado de los infectados de todo el país, que en su mayoría procedían de Buenos Aires, lo mismo que la pálida protagonista del tango “Ya sale el tren”.

Evaristo Carriego, poeta que murió por tuberculosis
Evaristo Carriego, poeta que murió por tuberculosis

Es que Córdoba tenía fama por su clima. Se hablaba de “la cura del aire de las sierras”. Y Juan Bialet Massé, en su histórico informe sobre la clase obrera de 1904, aseguró: “los aires purísimos de las sierras de Córdoba, como “meca de los tuberculosos”, tiene la capacidad de curar cinco mil tísicos por año”.

La fama de Córdoba venía de antes y de lejos. En 1881 Juan Schrivener, médico Inglés, aseguró en la Revista Médica-Quirúrgica de Buenos Aires: “las montañas de Córdoba serían ideales para los enfermos tísicos de Buenos Aires. El aire de las montañas de Córdoba es tónico y vivificante...La marcha progresiva y alarmante de la tisis tuberculosa debe preocupar la atención de las Autoridades Públicas para la formación de un Sanatorio para tísicos en las serranías de Córdoba...".

Todos querían ir a Córdoba, muchos lo hacían. Pero no siempre eran bien recibidos. El diario “La Voz del Interior”, el jueves 4 de abril de 1929, publicó este editorial:

“No hay tren que llegue a nuestra ciudad o que salga para las sierras, que traiga o lleve un lote numeroso de estas víctimas del mal blanco, muchas de las cuales entran a esta Capital hasta sin recursos y sin la más remota posibilidad de obtenerlos por sí, porque ni sus fuerzas ni su estado general les permite desarrollar esfuerzos. Entran a la ciudad y van a golpear la puerta de los hospitales ya repletos de enfermos, y es claro, no los admiten porque no hay ni cama ni sitio aprovechable para contener una sola persona. Ante el desahucio de los nosocomios, estos tuberculosos se retiran y vagan por las calles.... Y no teniendo dónde pernoctar, van a caer en las barrancas y allí en esas cuevas, mueren o se matan.”

Estación Climatérica Santa María de Córdoba
Estación Climatérica Santa María de Córdoba

Por su parte, Ramón J. Cárcano, que era el gobernador de Córdoba en 1927, había reclamado “defenderse de la avalancha de enfermos tuberculosos incurables, que son remitidos inútilmente de todos los ámbitos del país”.

Un siglo después, el mismo reparo provocó que algunos médicos fuesen escrachados en sus edificios, porque los vecinos temen contagiarse el Coronavirus.

De todos modos, llegó mucha gente a Cordoba. Y entre ellos, pacientes célebres como Justo Suárez, “El torito de Mataderos”, a quien mencionamos antes. El boxeador murió en 1938, cuando tenía 29 años, en la “Estación Climatérica Santa María”, un lugar que tuvo un papel fundamental en toda esta historia.

Este establecimiento había sido fundado en Cosquín en 1900 por el médico tisiólogo Fermín Rodríguez y hoy sigue allí con el nombre de “Sanatorio Nacional de Tuberculosos Santa María”. En el momento de su creación, fue un modelo en todo el continente. Un diario de la época lo confirmaba:

- El proyecto de construcción del doctor Rodríguez es importantísimo y comprende grandes instalaciones para dormitorios de los enfermos en pabellones aislados, galerías para la cura de aire, comedores, salas de recreo, instalaciones para desinfección, lavaderos, luz eléctrica, rodeando todas las construcciones parques y jardines para la recreación de los enfermos. Será el sanatorium el sitio más garantido del país contra las probabilidades de una infección. Un servicio de desagüe especial garantizará a las aguas vecinas de la contaminación.

Aislado de los centros poblados para evitar el contagio, en medio de las sierras, la Estación Climatérica cumplió una obra extraordinaria, en medio de la tragedia expresada en un dato estremecedor: en esa época, la mitad de las muertes en Córdoba las provocaba la tuberculosis.

El periodista Fernando José Soto Roland reconstruyó la historia del sanatorio:

- Desde su fundación, el 24 de junio de 1900, y hasta el cumplimiento de su primer década, el doctor Fermín Rodríguez fue su propietario y principal administrador. Pero aquel gigante demandaba mucho dinero y generaba muy pocas ganancias. Por ese motivo, a partir de 1910 el gobierno nacional lo compró. Ya en manos del Estado, y dado que por entonces el 50% de la mortalidad general de la provincia se debía a la tuberculosis, el Santa María fue depositario de nuevas inversiones que se tradujeron en una ampliación del complejo, a partir de 1915. Desde ese momento, las denominaciones “Estación Climatérica” y “Colonia” desaparecieron y el nosocomio pasó a llamarse Sanatorio Nacional de Tuberculosos Santa María.

Justo Suárez, el Torito de Mataderos, víctima de la tuberculosis
Justo Suárez, el Torito de Mataderos, víctima de la tuberculosis

Luego de una tortuosa historia, hoy están abandonadas algunas de sus instalaciones. Muchos sectores tienen grandes deterioros. Y el resto del enorme complejo, que está en funciones, alberga al Hospital de Salud Mental y distintas áreas del gobierno provincial, como el CE.PRO.COR, Centro de Excelencias en Productos y Procesos del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Córdoba y también una Colonia Recreativa para jubilados.

Para tener una idea de la magnitud de lo que fue la epidemia de tuberculosis en la Argentina a principios del siglo XX, veamos los datos:

En 1911 en nuestro país la población era de 7 millones y medio de personas. Ese año hubo 125.727 defunciones, de las cuales 9.985 se debieron a la tuberculosis. Es decir, el 7,98 de las muertes las causó la TB.

En 1914, ese porcentaje fue del 9, 27 por ciento. Y en 1918 la tuberculosis fue la causa del 12, 4 por ciento del total de los fallecimientos.

La peste blanca, como se la llamaba, causaba pánico en el país porque poco antes, en el siglo XIX, había acabado con la vida de una cuarta parte de la población adulta de Europa. Recién en 1882 el doctor Robert Koch descubrió el “Mycobacterium tuberculosis”, la bacteria que la origina. El punto de inflexión, explican los sanitaristas, fue 1944. Ese año Albert Schatz y Selman Waksman descubrieron la estreptomicina y eso significó un vuelco importantísimo en la salud mundial. La estadística letal disminuyó de manera notable, aunque con los años aparecieron cepas resistentes a los antibióticos.

Hoy, en abril de 2020, cuando la pandemia de Coronavirus paraliza al planeta, la Organización Mundial de la Salud sigue declarando a la tuberculosis como una de las diez causas principales de muerte en el mundo.

Lo dice con toda claridad en este informe: “La tuberculosis sigue siendo la enfermedad más letal del mundo. Cada día mueren más de 4.000 personas por su causa y aproximadamente 30.000 personas contraen esta enfermedad prevenible y curable. Se calcula que los esfuerzos mundiales por luchar contra la tuberculosis han salvado 58 millones de vida desde 2000.”

  Bacilo de la tuberculosis
Bacilo de la tuberculosis

De todas maneras, la aplicación de la vacuna BCG ha permitido que aquella peste blanca del siglo pasado pueda ser enfrentada con mejores expectativas.

La última estadística disponible en Argentina es de 2019. Indica que se habían notificado 11.695 casos en todo el país, con 706 casos fatales en un año y una tasa de 6,5 cada 100.000 habitantes.

Por supuesto, ya no se escriben tangos sobre la tuberculosis.

Pero igual que cuando la obrerita tosía por las noches, también hoy son más los varones que mueren por tuberculosis: el 63 por ciento, contra el 37 por ciento de mujeres.

Hoy, cuando Argentina enfrenta las consecuencias de una pandemia mundial como el Coronavirus, la tuberculosis sigue mereciendo la atención de nuestros médicos e investigadores, Por eso, lejos de la gravedad que alcanzó hace un siglo, se mantienen las políticas de prevención, diagnóstico y tratamiento de una enfermedad temible.

La misma que mató a Carriego y a Griseta.

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