¿Cuál es la relación entre el coronavirus y el manejo de los ecosistemas?

Los expertos sostienen que las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en los últimos 50 años, en gran parte debido a la fragmentación del hábitat, el uso de la tierra y el cambio climático

Por la cuarentena, la contaminación del aire bajó a la mitad en la ciudad de Buenos Aires (RONALDO SCHEMIDT / AFP)
Por la cuarentena, la contaminación del aire bajó a la mitad en la ciudad de Buenos Aires (RONALDO SCHEMIDT / AFP)

La virtual paralización del mundo por la pandemia del coronavirus muestra mejores índices de calidad de aire, el regreso de algunas especies a aguas tan contaminadas como las del Riachuelo y pronostica una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en el corto plazo. Sin embargo, creer que el ambiente mejora por la presencia de un virus que no puede detenerse es incorrecto. Hay que interpretarlo como la resiliencia de un planeta que ya soportó cinco extinciones masivas y siguió en pie.

Así se comporta la naturaleza de la que dependemos y, según los expertos, lo que hay que pensar para el día que se supere esta coyuntura está íntimamente relacionado con el replanteo de la relación del hombre con la naturaleza.

“La especie amenazada somos nosotros. Lo curioso es que no nos damos cuenta. Si lo hiciéramos tendríamos la misma velocidad y capacidad de reacción que se tuvo para el coronavirus en Argentina. La naturaleza no humana es más antigua que el hombre, tiene 4000 millones de años, y esa naturaleza sobrevivió a cinco extinciones masivas y siguió en pie, evolucionando”, le dice a Infobae Claudio Bertonatti, naturalista investigador de la Universidad Maimónides y de la Fundación Azara.

El experto sostiene que el hombre tiene una relación “complicada y poco agradecida” con la naturaleza: “Cuando uno revisa los ecosistemas originales, en Argentina o en cualquier lugar del mundo, comparado con la actualidad vamos a ver que de esos paisajes silvestres hoy sólo quedan fragmentos. Hay parches. Hay menos naturaleza que antes. Esos ecosistemas no sólo están fragmentados sino que cuando uno los camina ya no encuentra la riqueza de especies que había antes”.

Esa es la naturaleza que hace las veces de barrera, por ejemplo, con algunos virus y enfermedades. A esto se suma la crisis climática y el tráfico de animales, un flagelo entre los cinco más voluminosos del planeta: “En nuestra forma de ver las cosas con poca cosmovisión, tenemos un vínculo utilitarista con la naturaleza. Interpol y las Naciones Unidas hicieron una evaluación sobre esa relación y desgraciadamente a nivel mundial los recursos naturales son usados ilegalmente a un volumen que representa entre 90.000 millones y 260.000 millones de dólares por año. Al uso legal que vemos que muchas veces nos sorprende y nos preocupa le tenemos que sumar un volumen clandestino que, gran parte de la sociedad no ve”, agrega Bertonatti.

El comercio ilegal de vida silvestre, que mueve tanto dinero como el tráfico de drogas o de armas, sigue creciendo en América y amenazando la supervivencia de millones de especies, vendidas en crueles condiciones a coleccionistas, mercados de comidas exóticas o para exhibiciones (EFE/ José Méndez)
El comercio ilegal de vida silvestre, que mueve tanto dinero como el tráfico de drogas o de armas, sigue creciendo en América y amenazando la supervivencia de millones de especies, vendidas en crueles condiciones a coleccionistas, mercados de comidas exóticas o para exhibiciones (EFE/ José Méndez)

Ricardo Baldi, investigador independiente del Instituto Patagónico para el Estudio de los Ecosistemas Continentales (IPEEC-Conicet) e integrante del Grupo de Estudio de Mamíferos Terrestres (GEMTE), sostiene que una de las principales amenazas globales a la biodiversidad es la caza y el tráfico de fauna silvestre. “Esto favorece el contacto entre animales silvestres y personas y por lo tanto, la propagación de enfermedades zoonóticas. De patógenos que saltan desde especies con las cuales han coevolucionado durante largos periodos de tiempo, a un nuevo huésped. En este caso, el humano. Este coronavirus está asociado a animales capturados vivos que se venden en grandes mercados en contacto estrecho con una enorme cantidad de personas”, explicó el investigador en una serie de entrevistas científicas publicadas por el Conicet durante esta cuarentena.

La deforestación está ligada a más del 30 por ciento de los brotes de enfermedades registrados como el ébola y el zika en los últimos 30 años. La pérdida de hábitat hace que los animales permanezcan más cerca de poblaciones humanas también generando oportunidades de contacto y la aparición, por lo tanto, de nuevas zoonosis”, agregó Baldi.

Y pone como ejemplo el caso de la Argentina, en donde se desmontaron 8 millones de hectáreas de bosque nativo durante los últimos 20 años. “Pero la pérdida de infraestructura y fragmentación de hábitat ocurre en otras regiones y por diferentes causas. Además se construyen caminos, plantas industriales, alambrado, nuevas urbanizaciones, por ejemplo, sobre humedales. El resultado es la pérdida de hábitat y la fragmentación del hábitat remanente en reductos que usualmente están aislados”, explica Baldi.

(Marcelo Regalado)
(Marcelo Regalado)

En un artículo publicado, entre otros por Guy Edwards para el BID en el que se pregunta la relación entre el coronavirus y la crisis climática, sostiene: “La conexión entre la vida silvestre, las enfermedades y las personas no es nueva. Sin embargo, las enfermedades emergentes se han cuadruplicado en los últimos 50 años, en gran parte debido a la fragmentación del hábitat, el uso de la tierra y el cambio climático. La pérdida de bosques impulsada por la tala, la minería, las carreteras, la expansión agrícola, la rápida urbanización y el crecimiento de la población, acercan a las personas por primera vez a las especies animales. Es probable que surjan enfermedades, tanto en entornos urbanos como naturales, debido a la mayor proximidad entre las personas, la vida silvestre, el ganado y las mascotas. La contaminación también puede aumentar la susceptibilidad a las infecciones virales y bacterianas.”

En este contexto, todos coinciden que este momento puede funcionar como una bisagra para pensar la relación con la naturaleza. Baldi es contundente: “Las grandes amenazas a la biodiversidad motorizadas por la actividad humana también son amenazas para la economía, para nuestros medios de vida y para nuestra salud. Nuestro bienestar está ligado al bienestar de los ecosistemas y de las especies silvestres”.

Bertonatti propone refundar la relación con los ecosistemas: “La educación es una de las llaves que puede abrirnos la puerta a mejorar y producir esos cambios. La educación empieza con el asombro, con la sorpresa. Y no estamos acostumbrados a educarnos con la naturaleza, a salir a su encuentro. El hombre desde que se aisló en las ciudades y dejó de compartir la sombra del bosque, de dejarse sorprender por la perdiz que sale volando o revisar los charcos para buscar renacuajos. Todo eso nos ha hecho un poco más inhumanos. Nosotros necesitamos a la naturaleza, ella no nos necesita”.

Sostiene Edwards y otros: “Proteger la naturaleza y garantizar el uso sostenible de los recursos naturales podría ayudar a prevenir la próxima pandemia. La combinación correcta de proteger la naturaleza, el uso sostenible de los recursos naturales y educar a las comunidades locales sobre los peligros de las enfermedades zoonóticas podría desempeñar un papel importante en el desarrollo sostenible con importantes beneficios colaterales para las personas, la biodiversidad y el clima”.

América Latina y el Caribe poseen el 40% de la biodiversidad del mundo. “Este capital natural nos proporciona bienes y servicios vitales como el agua dulce que bebemos. Los pagos por servicios ecosistémicos pueden promover la reforestación, reavivar la actividad económica y mejorar el manejo forestal. Las soluciones basadas en la naturaleza también juegan un papel crítico en la confrontación de la crisis climática a través de la captura de carbono y proporcionando barreras a los peligros naturales relacionados con el clima”, explican en el BID.

Para los expertos, cada día queda más claro que dañar la naturaleza es un daño autoinfligido.

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