El 9 de marzo, Juan (pidió reservar su apellido)tosió y se dijo a sí mismo que algo no andaba bien. Estaba algo afónico, pero eso no le impediría ir a dar su clase a la Universidad de General Sarmiento. Agarró el auto y se fue a San Miguel. Al día siguiente, aunque la tos se había acentuado, Juan cumplió con el ritual del fútbol.
Para el miércoles 11, cuando fue a tomar examen a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, la tos ya se había puesto peor. A la noche, llamó un médico de la prepaga a domicilio. “¿Viajaste a algún lado?”, “¿Tenés fiebre?”, le preguntó el profesional. “¿No? Quedate tranquilo, es una faringitis nada más”, le diagnósticó, y le recetó el primer corticoide de una serie que pasaría de la administración oral a la inyectable en pocos días.
Atento a las noticias internacionales de una epidemia a la vuelta de la esquina y, sobre todo, a su tos insidiosa, Juan resolvió comunicarse el jueves 12 con el sistema público de salud. En el 107, le hicieron las mismas preguntas, y él dio las mismas respuestas. “Faringitis”, le confirmaron, y le recomendaron con un poco de sorna que no se persiguiera. Juan redujo sus salidas al aire libre pero se esforzó por continuar con su vida diaria.
Después de noches durmiendo en el sillón para no despertar con la tos a su compañera y a su hijito, Juan decidió ir el sábado 14 a la guardia cerca de su casa. No tenía fiebre. No se había ido de viaje a ningún lado. Pero los síntomas seguían y, después de tantos años de escribir sobre temas científicos, sabía que tenía que consultar a profesionales en un centro hospitalario.
Mediante una app de su prepaga, esperó en el auto a que hubiera pocos pacientes y entró al área de Emergencias del sanatorio. Lo atendieron enseguida y, tras una radiografía sin señales preocupantes, le aplicaron un corticoide y lo mandaron de vuelta a su casa.
Juan se sintió mejor un par de días, pero el jueves 19 amaneció con dificultades para respirar, muy agitado y, al mismo tiempo, agotado de tanto toser. A pesar de las suspicacias del entorno, volvió a la guardia del sanatorio. Creía íntimamente que tenía coronavirus pero sabía que, sin fiebre ni antecedentes de viaje, no le iban a hacer el test oficial de coronavirus. De modo que le pidió encarecidamente a los médicos que lo examinaran a fondo: la cosa había cambiado mucho desde que sentía los síntomas en la garganta hasta ahora, que percibía los síntomas más abajo, en los pulmones.

Una tomografía mostró algo que los médicos, tras deliberar durante bastante tiempo, definieron como una “neumonía rara”. Ahí mismo lo aislaron. Los profesionales de la salud se enfundaron en trajes protectores y él, aliviado, pudo descansar en una cama hospitalaria después de más de una semana de inquietud y tos.
Desde ese día, Juan está internado en la clínica porteña, desde donde se comunica telefónicamente con una gran tranquilidad. Repite que lo atienden muy bien tanto los médicos como las enfermeras. Está esperanzado: dice que pronto le darían el alta y podría continuar el aislamiento en un domicilio. Sólo está enojado por las versiones que hicieron correr cuando contó su situación a los vecinos del edificio en el que vive y a algunos colegas de la UBA, con los que había estado en contacto mientras no sabía que estaba enfermo. Se siente mucho mejor ahora, asegura, aunque se nota que todavía le cuesta subir la voz. En ningún momento necesitó oxígeno ni respirador: afortunadamente, tiene una neumonía leve, apunta. “Mi preocupación pasa más por los días que tengo que estar aislado sin ver a mi familia que por morirme”, asegura con un dejo risueño.
Desde el lunes pasado, Juan tiene la confirmación oficial de su diagnóstico por parte del Malbrán, ese que él mismo sospechaba hace muchos días y el sistema de salud no quería ver. Juan insiste en que él no es importante, en que sólo quiere advertir que el coronavirus puede presentarse sin fiebre, sin haber viajado, sin una explicación convincente. Mientras se le acaba la batería del celular, Juan quiere recomendarles a todos que cumplan la cuarentena y alertar sobre la estigmatización de las víctimas de la pandemia.
“No podemos tirarle la culpa a los pacientes que se enferman”, enfatiza, mientras se pone el barbijo porque va a entrar una enfermera a la habitación. “No sólo hay que tomar en cuenta las cuestiones epidemiológicas sino también la salud del paciente, su estado clínico”, reflexiona el docente universitario.
Antes de colgar, Juan agrega que “hay que considerar especialmente a los que no tienen las mismas posibilidades de atención que uno; y hay que poner los servicios privados al servicio del interés general, no particular”, enfatiza con espíritu militante. Juan promete compartir más datos a medida de que continúe la investigación que realiza junto a una médica que lleva su caso en la Ciudad de Buenos Aires. “Es un misterio cómo me contagié, así que continuaré con la labor detectivesca”, bromea, y corta.
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