
El 23 de abril del año pasado recibí una de las noticias más felices de mi vida. Después de mucho esfuerzo, dedicación y empeño finalmente recibí la carta de aceptación para ser parte de la 20° edición de la Maestría del Deporte organizada por la FIFA. Esta maestría la iba a compartir con 31 compañeros de 28 nacionalidades diferentes y estaba previsto que comenzara en enero 2020 en la ciudad de Milán, Italia.
Con mucho entusiasmo, el 5 de enero, luego de largas horas de viaje, aterricé en Malpensa, el aeropuerto que se encuentra en las afueras de la ciudad. Milán siempre fue reconocida como una ciudad majestuosa, con gente desfilando Armani y Chanel por las galerías, Ferraris paseando por las grandes vías y jóvenes tomando sus aperitivos a las 6 de la tarde en los canales de Navigli. Puedo decir que estaba entrando en una de las nuevas capitales del mundo, totalmente capitalista y desarrollista, un lugar donde quien no está dentro del sistema no sobrevive.
En esos días arrancamos el módulo de la maestría. Compartimos y disfrutamos las clases y las visitas, como la del gran Javier ‘Pupi’ Zanetti, quien nos enseñó cómo funciona todo el deporte en Europa. También nos invitaron al imponente estadio San Siro a ver partidos de fútbol, disfrutando de la notable calidad de jugadores como Zlatan Ibrahimovic y Cristiano Ronaldo.
Hoy todo cambió. La ciudad de Milán se encuentra prácticamente sitiada por policías y militares que impiden la libre circulación por la calle, cosa que no sucedía desde la Segunda Guerra Mundial. El desconcierto es general y la tensión es inexorable.
Siempre ante actos desafortunados algunos los seres humanos recurrimos a la frase “todo pasa por algo” y nos sentimos reconfortados ya que así lo eligió el destino por nosotros y no tuvimos elección ni opción alguna. Personalmente, yo creo que el destino me puso en este magnífico país en este momento porque así debía ser, para mostrarme algo que está cambiando y va a cambiar para siempre.
Uno siempre piensa que nada le va a pasar, que es algo que solo afecta los demás y a la gente mayor. Recuerdo los primeros días de enero leyendo noticias que sucedían en China, pero como quedaba tan lejos, no eran de mi interés. Ahora este problema me está tocando la puerta. Sé como están las cosas en Italia y deseo de corazón que la Argentina asimile lo que está pasando en Europa y reaccione a tiempo. La sociedad argentina debe ser más responsable que nunca.

El aislamiento social modifica la conducta humana. Tras haber estado diez días en cuarentena (con salidas autorizadas para ir al supermercado) ya pude reconocer distintos comportamientos que no vi en mi primera semana en enero acá. Cuando uno antes salía a la calle, estaba solo, sin charlar con nadie, y si salía era solo con una misión: ir al supermercado o ir a jugar al fútbol o a lo de un compañero, pero siempre con un destino puntual.
Hoy, cuando uno sale a la calle para hacer las compras necesarias, la gente tiende a compartir un mínimo momento con desconocidos, manteniendo la obligatoria obvia distancia por precaución. En estos encuentros todos hablamos sobre cuánto extrañamos el fútbol o de ir a tomar una cerveza con amigos y de viajar a la playa a tomar sol. Dejamos nuestro celular de lado y apreciamos el mínimo contacto humano que la cuarentena nos permite. Entonces me pregunto: ¿estábamos más solos antes o ahora?
Otra cosa que me llamó la atención fueron los balcones. Como se habrá visto en las redes sociales y en los portales de noticias, la gente sale todos los días a las 6 de la tarde a compartir momentos. Desde niños hasta DJ´s y tenores profesionales, la gente sale a comunicarse y expresarse desde su balcón. En estos momentos es donde claramente podemos observar que la sociedad de Milán cambió su exclusivo aperitivo por un gran momento compartido desde su balcón.
En cuanto a mi salud, me encuentro bien. En Italia, casi toda la sociedad está hipocondríaca sintiendo algún que otro síntoma, incluyéndome, pero no podemos hacerle perder el preciado tiempo y los recursos a los médicos con algo ligero. Tengo a mis padres, que son mayores, lejos, y me preocupo por ellos. No tengo claro si están dentro del grupo de riesgo pero tranquilamente puedo decir que yo me preocupo más por ellos que ellos mismos. No comparto ninguna religión, no tomé la comunión ni me confirmé, pero volví a creer. Esto puede ser visto como un acto de hipocresía y lo acepto, pero la acción de poner las dos manos juntas me salió naturalmente y eso nadie me lo puede discutir.
Leo las noticias y veo que la gente en Buenos Aires está planeando irse de vacaciones. Les pido que paren un minuto a pensar. No es nuestro momento para estar de vacaciones, ahora es el momento de descansar y prestarle atención a los expertos. Después de tanto tiempo y con media población mundial en cuarentena, el planeta logró conseguir su merecido descanso. Todos pudimos observar los vídeos de los peces paseando en el agua transparente de Venecia y las imágenes satelitales mostrando un 60% menos de contaminación y eso no es casualidad. No es nuestro turno ahora, ahora le toca al mundo respirar.
Espero lo mejor porque sé que todos juntos siempre venceremos. Es momento de renovarse y reinventarse y todos estamos obligados a trasmitir la más pura, positiva y sana vibra. Este suceso nos está enseñando algo que jamás ninguna maestría podría enseñarnos: la verdadera solidaridad, y estoy seguro de que vamos aprender.
Este será nuestro nuevo comienzo.
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