El día en el que Clinton ofreció mantener una relación privilegiada con la Argentina y De la Rúa habló de los limones

La historia íntima de las dos giras presidenciales a los Estados Unidos durante el gobierno de la Alianza. La sorprendente reunión con Bill Clinton, la invitación sobre otros 40 mandatarios del mundos, y la charla sobre economía y limones. El encuentro con George Bush y las sorprendentes palabras del presidente argentino en el primer meeting de Estado

Fernando de la Rúa y Bill Clinton. Para la misión argentina era muy importante buscar apoyo político y económico. La “cuestión de la importación del limón argentino” no faltó a la cita y el presidente argentino lo logró (Presidencia)
Fernando de la Rúa y Bill Clinton. Para la misión argentina era muy importante buscar apoyo político y económico. La “cuestión de la importación del limón argentino” no faltó a la cita y el presidente argentino lo logró (Presidencia)

El martes 10 de junio de 2000 el presidente Fernando de la Rúa dejó Buenos Aires en un avión de línea y se dirigió a Nueva York. Tras dos jornadas en Manhattan viajaría a Washington para entrevistarse con William “Bill” Clinton al que le faltaban seis meses para terminar su segundo período presidencial.

El mandatario argentino dejaba atrás un segundo paro general, en sus primeros seis meses de gobierno, encabezado por el líder camionero Hugo Moyano, la CTA y los sindicalistas dialogantes de la Confederación General del Trabajo. Podría decirse que no faltaba nadie en la protesta hacia la política económica de su gestión. El paro había sido decidido el 5 de mayo tras conocerse las reformas a las leyes laborales. Además se conocían otras decisiones económicas, por ejemplo una reducción de salarios en la Administración Pública (entre 12% y 15%). Según el Ministro del Interior, Federico Storani, la medida gremial tuvo un acatamiento del 60% de los trabajadores. Esa noche del 9 de junio, De la Rúa hablo en cadena nacional afirmando que las medidas también apuntaban a “reactivar la economía y la mediana empresa”. Sin nombrarlo aludió al ex presidente Carlos Menem: “Hay que recordar cómo estaba el país el 10 de diciembre (de 1999); ya estábamos en el 14 % de desocupación; ya teníamos un déficit fiscal que nos llevaba al abismo; era necesario tomar estas medidas”.

A su llegada a la Gran Manzana el mandatario argentino quiso marcar una diferencia de estilo con su antecesor. Si Menem se alojaba en el Hotel Waldorf, el preferido de Frank Sinatra y James Dean, él se alojo en el más modesto Plaza Hotel, donde habían pernoctado Raúl Alfonsín y, en febrero de 1964, The Beatles. Uno de sus funcionarios comentó: “Quiere ahorrar y muestra su austeridad”.

En Nueva York comenzó a mostrar sus cartas: buscaba inversiones y sostenía que estaba dispuesto a sanear las finanzas fiscales; ofrecía desregular la telefonía nacional y dar un salto cualitativo con Internet.

A los empresarios convocados por la American Society, mientras comían “scrambled eggs”durante un desayuno, les dijo que “tienen en mí a un gran amarrete” y que la Argentina era “un bastión de la democracia” donde la Justicia funciona “aunque nos gustaría que mejore” y definió a su plan económico como “duro y valiente”. Era tanta la apacible sobriedad que emanaba del Presidente que Martín Varsavsky, uno de sus seguidores, aprovecho para decir que había que estudiar la disolución de las Fuerzas Armadas como una forma de ahorro.

Tras los hombres de negocios, el sobrio encanto de De la Rúa alternó con periodistas del New York Times, el Walll Street Journal y un encuentro sobre turismo que organizó en el Consulado el secretario Hernán Lombardi pero en el que se lució Dick Morris, una suerte de asesor de imagen del mandatario radical, que había trabajado para Clinton hasta que una prostituta contó que Dick le hacía escuchar sus conversaciones con Bill. El periodista de La Nación del 13 de junio de 2000 relato, además, que “En público Morris sólo habló de turismo, pero estaba detrás de cada detalle de la gira presidencial. Sugirió algunas ideas que provocaron cambios de último momento en la agenda presidencial, y se mostraba interesado en cada encuentro”.

De la Rúa, con su hijo Antonio y Darío Lopérfido en el despacho presidencial (Presidencia)
De la Rúa, con su hijo Antonio y Darío Lopérfido en el despacho presidencial (Presidencia)

El presidente Fernando de la Rúa no entró sorpresivamente a la Casa Blanca. Su arribo fue precedido por una visita a Washington del canciller Adalberto Rodríguez Giavarini a comienzo de año, en la que mantuvo entrevistas con miembros del gabinete, incluyendo a la Secretaria de Estado, Madelaine Albright, sus colegas del Tesoro, Consejo Nacional de Seguridad, Comercio y Agricultura. El nuevo canciller no desplegaba la simpatía y brillantez de Guido Di Tella, aunque como su presidente radical era también austero. A la hora del almuerzo, en el Departamento de Estado, dejó de lado la comida que se le brindaba y se hizo traer un yogur que le llevo su secretario. La secretaria Albright comentó: “Acabo de llegar de Palestina y no tuve una sorpresa como esta”. El mensaje que el jefe del Palacio San Martín trajo a Buenos Aires de sus diálogos fue muy claro, la relación con el gobierno americano será igual o mejor que con Menem: “Serán relaciones intensas y francas”.

Además del viaje exploratorio de Rodríguez Giavarini, la decisión de ir a la Casa Blanca se tomó tras dos memorandos del embajador Manuel Rocha -ex embajador en Buenos Aires que se desplazaba a Bolivia- y Arturo Valenzuela del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca. En conclusión, se dijo, “hay que invitarlo a De la Rúa para conocerlo”.

En la lista del protocolo norteamericano había una “espera” de 40 presidentes y no todos podían ser invitados a realizar una “Visita de Estado” por razones de limitaciones en el número anual. Con De la Rúa se llegó a un término medio porque Clinton ordenó que la visita tendría características de Estado, porque la delegación oficial argentina se alojaría en la Blair House y se le ofrecería un almuerzo de trabajo reducido con participantes “espejo”, es decir, seis altos funcionarios sentados uno frente al otro.

La Blair House fue comprada por el gobierno en 1942 y es la casa en la que residen los invitados del presidente de los Estados Unidos y queda sobre la Avenida Pensilvania, frente al ala oeste de la Casa Blanca. La delegación oficial argentina estuvo integrada por De la Rúa, su esposa Inés Pertiné, sus hijos, Varsavsky, Nicolás Gallo (Obras Públicas), José Luis Machinea (Economía), Débora Giorgi (Secretario de Industria, Comercio y Minería), Daniel Marx (Deuda Externa) y Enrique Olivera (Intendente de Buenos Aires). A decir verdad, faltó “la frutilla del postre: Domingo Felipe Cavallo que se negó a acompañar a De la Rúa, aunque más tarde ingresaría a su gabinete. En esta oportunidad, el vocero presidencial Darío Lopérfido aclaró que “Cavallo tiene un proyecto personal y De la Rúa sólo quiere gente que aporte al desarrollo del país”. A esta afirmación, el diputado cavallista Guillermo Francos respondió: “El ajuste sin crecimiento no sirve”.

Entre los asuntos que la delegación argentina llevaba para firmar en Washington se destacaban las iniciativas sobre Transparencia y Lucha contra la Corrupción, Cooperación Espacial con la NASA y otro sobre Protección de Parques Nacionales. En otras palabras, eran el papel seda con el que se envolvían otros temas de interés común con los norteamericanos: Fortalecimiento de la Democracia (el rol de la Organización de Estados Americanos), Derechos Humanos y la tiranía castrista, lucha contra las drogas (sin intervención de las Fuerzas Armadas), terrorismo (en particular la Triple Frontera), cooperación e integración hemisférica (apoyo al ALCA aunque con algunos “bemoles” del lado argentino).

De la Rúa con Nicolás Gallo, uno de los ministros que lo acompañó en la gira presidencial (NA)
De la Rúa con Nicolás Gallo, uno de los ministros que lo acompañó en la gira presidencial (NA)

Para la misión argentina era muy importante buscar y encontrar apoyo político y económico. También era trascendental lograr respaldo a las gestiones ante el Fondo Monetario Internacional (extended facilities) y ampliación del comercio y apertura a los productos argentinos tradicionales. La “cuestión de la importación del limón argentino” no faltó a la cita y De la Rúa lo logró. El gobierno de los Estados Unidos demostró gran interés por la desregulación de las telecomunicaciones y la informática; la política de cielos abiertos y las patentes farmacéuticas.

Horas antes de entrar a la Casa Blanca, el viernes 13 de junio de 2000, el presidente quiso conversar con los miembros de la delegación en general para escuchar sus reflexiones. Entonces, en el living central de la Blair House, se reunió el grupo ampliado que lo acompañaba y todos se sintieron obligados a dar consejos. Como era de esperar, unos se enfrentaban con otros mientras De la Rúa observaba con la mirada perdida. Algunos con ideas muy específicas y otros con definiciones demasiado generales que iban más que apuntadas a Clinton al humor existencial del vicepresidente argentino “Chacho” Álvarez y la interna de la Alianza. Frente a tal desorden, el diplomático Guillermo González, embajador en Washington, solicitó un poco de “calma radicales” pero la vocinglería del “malón” continuaba. Fue entonces que Nicolás Gallo, elevando la voz con gruesos epítetos, llamó a silencio, y llevó a su amigo Presidente a un saloncito y lo encerró con Rodríguez Giavarini y González.

La llegada a la White House, en la avenida Pensilvania 1600, se realizó con el estricto protocolo y ponderado orden. Al Salón Oval entraron los que debían entrar y solo falto Madeleine Albraight porque había viajado a Damasco a las exequias del presidente sirio, pero la reemplazó su segundo en jerarquía. Lo primero que se notó en el ambiente fue “la excelente disposición” de los dueños de casa y tras los clásicos intercambios de opinión, ante el silencio general, hablo Bill Clinton.

El presidente de los Estados Unidos observó que las relaciones de su país con la Argentina eran óptimas, que se había logrado un grado de entendimiento histórico y que él quería elevarlo a “relaciones privilegiadas”. Tras esto se hizo un repaso de la situación en América Latina y los dos opinaron de manera coincidente. En tono distendido Clinton destacó la importancia que le asignaba a la relación bilateral y volvió a ser más crudo y claro: ofreció con énfasis una verdadera alianza política, económica y comercial, mirando al futuro. Habló de complementación en todos los sectores posibles sobre todo en tecnología, informática (con software en español).

Tras un momento de suspiro, Clinton preguntó en qué podía ayudar y De la Rúa expuso sobre el mantenimiento de la convertibilidad; explicó las medidas de austeridad que se había visto obligado a tomar; expuso sobre las dificultades que enfrentaba con el sindicalismo justicialista y pidió un decidido apoyo para las gestiones ante los organismos de crédito internacional. Frente al desafío de elevar el nivel de la relación, saltar los obstáculos, De la Rúa mostró poco entusiasmo, fue menos enfático. ¿Quizá pensó en su interna? O sobrevaloró sus necesidades más inmediatas e insistió exageradamente por la entrada de los limones argentinos en el mercado norteamericano.

Tras la reunión en el Salón Oval se pasaba al comedor privado presidencial. Antes de entrar un funcionario del Servicio Secreto le susurró al Embajador González para observarle que una mujer ya estaba sentada en la mesa para el almuerzo “espejo”. El diplomático se le acercó y le dijo que no estaba en la lista de asistentes y recibió como toda respuesta: “De aquí no me sacan ni con la Policía, me van a tener que echar con la guardia”. Para evitar un altercado, a renglón seguido tuvo que decirle a Daniel Marx que se quedaba afuera del ágape. El almuerzo se desarrollo con bastante normalidad, mientras los mozos servían el primer plato. La sorpresa fue cuando, insólitamente, en uno de los platos con escudo presidencial le alcanzaron al canciller Rodríguez Giavarini su clásico yogur (que había llevado uno de sus adláteres). Le gustó tanto el detalle que pidió repetirlo. Como hubiera expresado el ex canciller argentino Carlos Manuel Muñiz, todo era “en tono menor”.

Al mejor estilo Tex-Mex George W. Bush certifica sus palabras tocando con su palma la rodilla del mandatario argentino (Presidencia)
Al mejor estilo Tex-Mex George W. Bush certifica sus palabras tocando con su palma la rodilla del mandatario argentino (Presidencia)

Luego del almuerzo llegó el momento de las despedidas y De la Rúa se dirigió hacia un grupo de periodistas latinoamericanos que lo esperaban a la salida. Mientras esto ocurría, bajo un amplio toldo colocado en el jardín del frente de la Casa Blanca, el Presidente Clinton tomó del brazo al embajador Guillermo González y palabras más palabras menos, le dijo que “su misión como embajador es transmitir la disposición real de los Estados Unidos a forjar una relación privilegiada con la Argentina, que él la apoyaría desde la Casa Blanca” y a modo de reto dijo que ofrecía algo que “sobrepasaba simplemente el tema de la entrada de los limones”.

En el momento de abandonar la Blair House la encargada del lugar le confió a un miembro de la misión argentina la ponderada actitud de De la Rúa, destacando su humildad, llaneza y encanto, siendo uno de los pocos mandatarios que se había interesado en la biblioteca de la casa.

El presidente Bill Clinton, el 20 de enero de 2001, transmitió el mando a George W. Bush. Otro tiempo comenzaba y pocos meses más tarde todo cambió cuando Al Qaeda ataco las Torres Gemelas en Nueva York.

El 3 de febrero de 2001, mientras el presidente De la Rúa participaba de una revista naval en la Fragata Libertad recibió un llamado telefónico de su colega estadounidense. Durante el breve intercambio de saludos acordaron mantener un encuentro en Washington antes de la cumbre latinoamericana a realizarse en Canadá donde se iba a considerar la propuesta del Área de Libre Comercio de las Américas que impulsaba los EE.UU. (ALCA). El diálogo era un detalle más dentro de una auspiciosa relación bilateral porque al día siguiente Rodríguez Giavarini se encontraría con el general Colin Powell, el nuevo Secretario de Estado, y con José Luis Machinea dialogarían con Paul O´Neill, el Secretario del Tesoro.

El presidente argentino que llega a Washington para volver a entrar en la Casa Blanca ya no es el mismo. Lleva más de un año de una ajetreada gestión y enfrenta el caso de los sobornos en el Senado de la Nación y una áspera relación con “Chacho” Álvarez su compañero de fórmula. Según funcionarios estadounidenses, Bush conocía muy bien lo que ocurría en la Argentina dada la particular relación entre su padre y el ex presidente Carlos Menem. Sí hay un cambio en el entourage de De la Rúa, porque Machinea ya no es el Ministro de Economía y en su lugar está Domingo Felipe Cavallo, a quien O´Neill considera “un Mesías”. Sin embargo hay un orden de prelación para el nuevo morador de la casa de la calle Pensilvania: antes de encontrarse, Bush ya había conversado con los presidentes de México, Colombia y Chile quienes no participaban con la propuesta del ALCA y no habían apoyado a los EE.UU. en el voto de condena a Cuba en las Naciones Unidas.

El presidente argentino que llega a Washington para volver a entrar en la Casa Blanca ya no es el mismo. Lleva más de un año de una ajetreada gestión y enfrenta el caso de los sobornos en el Senado de la Nación y una áspera relación con “Chacho” Álvarez su compañero de fórmula. Según funcionarios estadounidenses, Bush conocía muy bien lo que ocurría en la Argentina
El presidente argentino que llega a Washington para volver a entrar en la Casa Blanca ya no es el mismo. Lleva más de un año de una ajetreada gestión y enfrenta el caso de los sobornos en el Senado de la Nación y una áspera relación con “Chacho” Álvarez su compañero de fórmula. Según funcionarios estadounidenses, Bush conocía muy bien lo que ocurría en la Argentina

En su paso de unas horas en Washington, en dirección a Quebec, Canadá, el presidente argentino durmió la siesta en la residencia del embajador ubicada en 1815 de la calle Q, y entró en el Salón Oval de la Casa Blanca con el canciller, Daniel Marx y el embajador Guillermo González. Antes de la reunión De la Rúa dejó trascender que en el “face to face” no iba a pedir nada: “En estos 15 meses he cometido errores, pero ahora hemos encontrado el camino correcto”.

No todos coincidían con el mandatario sudamericano. En las horas previas el diario Washington Post trató la polémica entre economistas locales con el ministro Cavallo sobre el devenir económico argentino. Entre tantos conceptos, el matutino titulo con una frase de Charles Calomiris, del American Enterprise, quien afirmó que “la Argentina es una bomba de tiempo”.

“Le agradezco las palabras de apoyo, pero por favor que nadie vaya a pensar que le venimos a pedir plata al presidente Bush”, dijo De la Rúa en la reunión (Presidencia)
“Le agradezco las palabras de apoyo, pero por favor que nadie vaya a pensar que le venimos a pedir plata al presidente Bush”, dijo De la Rúa en la reunión (Presidencia)

Antes de comenzar la cumbre, George W. Bush hizo entrar al periodismo y afirmo: “Aprecio mucho el duro esfuerzo que está haciendo para superar las dificultades económicas que ha encontrado. Usted está haciendo un gran esfuerzo por recuperarse y sé que ha sido difícil, pero usted es un líder muy fuerte”. Ante esta introducción, De la Rúa con su particular cadencia dijo: “Le agradezco las palabras de apoyo, pero por favor que nadie vaya a pensar que le venimos a pedir plata al presidente Bush”. A continuación el primer mandatario de los Estados Unidos sonrió y acotó: “Eso está bien”. “Es cierto que la Argentina tiene dificultades económicas y las estoy afrontando con mucha decisión y coraje”, agregó De la Rúa.

En realidad la Argentina necesitaba un “weiver”, un perdón, porque no había podido cumplir las metas del primer trimestre con el Fondo Monetario y la opinión americana era importante dentro del organismo.

La reunión pautada de 40 minutos se extendió en más de una hora y tras analizar distintas cuestiones –entre otras la Cumbre de las Américas—De la Rúa logró lo que buscaba, en especial apoyo económico para su gestión.

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