
Hasta el 19 de noviembre del año 2004, la vida de Juancho de Posadas era la de un pibe con espíritu deportista y bastantes facilidades para todo. Su familia estaba bien económicamente, él tenía habilidad para casi todo lo que se proponía y vivía sus días con una libertad casi exagerada. Pero ese día cambió todo.
Entró al mar en Punta Colorada, Uruguay, como tantas otras veces: él y su tabla. Era el día en que cumplía 30 años, por lo que el ritual del surf sería una pequeña celebración privada para él y su cuerpo. En una maniobra, sin nada extraño, bajó de su tabla al mar y al contacto con el agua sintió un tirón en la nuca. Un segundo, un “tac” apenas, un sonido seguido de un dolor agudo y todo se detuvo.
Protegido por su traje de neoprene, quedó flotando. No podía moverse, apenas un poco los brazos y después ya no. Era consciente de todo mientras el agua entraba en sus pulmones y lo llevaba al borde del paro cardiorespiratorio.
Algo en el mar, el mismo mar que lo hirió de muerte, lo salvó. Las olas lo expulsaron hasta la orilla y ahí lo encontró un desconocido girando inerte. “Agarrame de la nuca”, le dijo Juancho, que supo pronto que se trataba de una lesión de médula.
“Andá al auto aquel, despertá a los dos amigos que duermen dentro y que llamen a una ambulancia y a mis padres”. Fueron las últimas indicaciones que dio, todas precisas. Después llegó la ambulancia efectivamente y un helicóptero y comenzó su derrotero entre hospitales.

Hospital Mautone, en Punta del Este. Montevideo. Luego Estados Unidos, más adelante recuperación en el FLENI de la Argentina, luego al fin de regreso en Uruguay, un año exacto después, ya con 31 años y un diagnóstico de cuadriplejia. Por mucho tiempo, quienes lo rodeaban creían que hasta ahí había llegado la historia. Sin embargo, recién entonces comenzó la verdadera aventura de Juan Martín de Posadas, conocido como Juancho, que acaba de publicar en Uruguay un libro conmovedor en el que relata su vida.
El factotum de la obra es por supuesto el mismo Juancho, pero no está solo en esto. Su hermano Francisco fue el de la idea y el fotógrafo argentino radicado en Uruguay, Ignacio Naón, quien llevó adelante el proyecto. ¿El resultado? 364 páginas a puro color con fotos, pensamientos, documentales biográficos, pero ante todo con 364 páginas del testimonio de una vida que mientras todos pensaban que se apagaban, recién comenzaba a arder.
“No sé muy bien el motivo por el que me largo a contar estas historias, pero seguramente uno, el principal, sea por necesidad de dar después de recibir tanto. De agradecer y seguir metiéndole ganas. De decirle a la gente que la familia y los amigos lo son todo, pero que está en cada uno de nosotros, en nuestra fuerza interior, en nuestra voluntad y también en nuestra sensibilidad, el motor para salir adelante”, dice Juancho.
“Lo que queríamos era contar la historia de él pero no centrada en el accidente porque todo es interesante, el antes y el después. Él es hijo de un ex ministro de economía de Uruguay, ha viajado mucho por el mundo, y era y es súper deportista. El accidente es un punto de quiebre pero no es el tema principal de su vida. A los cinco o seis años del accidente se volvió a meter al agua con tabla. Lo atan a la tabla y se mete en olas de 20 metros de altura. Es un kamikaze. Tiene una medalla de bronce en el mundial de surf adaptado del 2014. Es una amante de la vida y decidió que no se iba a quedar en una silla de ruedas a esperar que el tiempo pase”, explica Ignacio Naón, editor del libro.
Tras el accidente, y con la convicción de recuperar lo que conocía de la vida, Juancho comenzó a recorrer clínicas de rehabilitación. Poco a poco fue recuperando algunos movimientos que desde el principio le habían dicho que eran imposible. Para los doctores, de sobrevivir Juancho iba a quedar en estado vegetativo, sin embargo, fue recuperando movimientos.

“Mi primera reacción después del accidente fue que tenía que volver a caminar, hasta que me di cuenta de que en realidad tenía que buscarle la vuelta para ser feliz. Algo entre esas dos ideas no caminaba, y vale la ironía, porque centrando mi vida en que iba a ser feliz cuando caminara, estaba errándole al camino”, cuenta.
Hoy puede mover los brazos y aunque no puede hacer presión con los dedos, recuperó la posibilidad de hacer deporte. No solo practica surf adaptado sino que es además el capitán de la selección uruguaya de rugby adaptado. Además, encontró el amor. Era el 2015 y conoció a Samy, una argentina con la que se casó pocos meses atrás.

“Es incómodo romperte la médula”, dice sobre el final del libro. “A mí todavía no me andan las manos y ya pasaron 13 años del accidente… Pero podés intentarlo, vení a jugar al rugby, o da charlas, movete, salí a empujar la silla, conocé gente nueva… No sé… ¡No te quedes quieto! Nunca te quede quieto”.
Su lección, contenida en el libro, es difícil de traducir en un compendio de párrafos. Pocas veces la vida enseña con palabras, tampoco acá.
Hasta el 19 de noviembre del año 2004, la vida de Juancho de Posadas era la de un pibe con espíritu deportista y bastantes facilidades para todo. Pero algo pasó. ¿Oscuro? ¿Luminoso? Si somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, la vida de Juancho de Posadas -y su libro ahora- es el mejor testimonio para quien crea que todo está perdido.
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