Romina Sosa en su entrevista con Infobae

Danza, Romina. Danza, y en cada giro, en cada salto, en cada aplauso del final, se siente recién nacida. Como en otra vida. Porque la primera fue triste, oscura, violenta. Abusada por su padre durante once años, no pudo denunciarlo: la había amenazado con que, si hablaba, también abusaría de su hermana. Vivió bajo el terror. Y cuando se animó a revelarle el secreto a su madre, el drama se duplicó: la mujer sufrió un shock, y acabó en un hospital psiquiátrico.

Danza, Romina. Porque al danzar, al deslumbrar en un escenario, ese cuerpo castigado por la perversión y el secreto recobra su esencia, su espíritu, su libertad. Vuelve a ser la verdadera Romina Sosa, nacida en La Cava, ahora hace ya 33 años.

–¿Por qué elegiste bailar?

–Porque fue la herramienta que me permitió borrar todo lo que me hacía mal: el abuso sexual y la violencia. Lo que ocurre en un barrio vulnerable como La Cava. Porque de chica también sufrí bullying. Me decían "gorda, no vas a llegar a nada".

A los nueve años empezó a tomar clases de baile en la fundación Crear Vale la Pena. Y la danza le cambió la vida
A los nueve años empezó a tomar clases de baile en la fundación Crear Vale la Pena. Y la danza le cambió la vida

A los nueve años empezó a tomar clases de baile, casi por casualidad, en la fundación Crear Vale la Pena, y no paró más. A los doce logró la primera beca de formación en el estudio de Julio Bocca.

–¿Cómo fue cambiando tu vida?

–Era como vivir en dos mundos paralelos. En la Academia, que me disciplinó, y en las clases de Crear, y también en La Cava, donde no teníamos cloacas ni vivienda digna, la droga se comía a los pibes, y la inseguridad era una amenaza constante. No quería quedarme de brazos cruzados como una víctima más. Si no fuera por la danza, estaría presa, drogada o muerta.

En el 2014, Romina fundó el grupo de baile urbano Fuera de Foco, un movimiento de "agitadores comunitarios" formado por artistas de barrios del conurbano bonaerense: La Cava, El Sauce y San Cayetano, que ponen la danza y la música al servicio de causas sociales, políticas y culturales. Podría vivir y actuar en Europa a cambio de miles de dólares, pero eligió quedarse y ayudar a su gente.

Para mí el baile es sanador. Yo no aceptaba mi forma o mi envase, tal vez porque estaba lastimado y vulnerable. Superar los prejuicios de los cuerpos hechos mierda es complicado. La danza me enseñó a quererme

–¿Cómo empezaste a bailar?

—A los nueve años. Pero al principio no me animaba, por miedo. Mi físico no era perfecto. Muy chiquita, bastante gordita, cero cuerpo de bailarina, y muy tímida.

—¿Qué sentís al bailar?

—Para mí es el motor de mi vida. Algo sanador que me curó de muchas cosas. Logró que pudiera aceptarme como soy…

—¿Antes no era así?

—No aceptaba mi forma o mi envase, tal vez porque estaba lastimado y vulnerable. Superar los prejuicios de los cuerpos hechos mierda es complicado. La danza me enseñó a quererme, a cuidarme, y sobre todo… ¡a ser!

—¿Qué son "cuerpos lastimados"?

Hablo de la Romina de siete años abusada durante mucho tiempo. La danza, moverme, me hacía descargar esa bronca y sentirme mejor. Pude hablar del abuso en un contexto no muy casual ni muy normal. Le dije a una de las profesoras del centro cultural que en mi casa me violaban. Y desde ese día comprendí que ese espacio de arte era más que bailar. Quería decir algo con mi cuerpo, y los profesores lo notaban.

–¿Qué cambió en adelante?

–Paramos la pelota. Me preguntaron por qué iba a bailar todos los días. Y contesté que era por mis ganas de contar, de que me cuidaran, me escucharan… Y hoy mi cuerpo camina, habla y rebota de otra manera.

—¿Te violaba tu padre?

—Sí… un familiar (Romina nunca lo llama "padre"), y durante muchos años. Al principio creí que era un juego, pero en un punto acepté hacer cosas que no eran parte de un juego. Cuando esa persona me acorraló, me amenazó diciendo que si no lo seguía en sus juegos perversos abusaría de mi hermana, entré en crisis y se lo confesé a mi mamá.

–¿Cómo se lo dijiste?

–Directamente. Que me estaban violando, y que no era normal que una nena de once años… ¡se hiciera pis encima! Ese día desaté un gran quilombo familiar. Mi mamá lastimó mucho a esa persona. Quiso matarlo. Pero enloqueció de tal manera que durante muchos años dependió de pastillas para dormir. No fue fácil. Tuve que poner mi cuerpo para que esa persona no lastimara a mi hermana, callar mucho tiempo, y ver sufrir a mi mamá. Demasiado para un cuerpo tan pequeño.

Cuando esa persona me acorraló, me amenazó diciendo que si no lo seguía en sus juegos perversos abusaría de mi hermana, entré en crisis y se lo confesé a mi mamá

—Con el paso del tiempo, ¿pudiste sanar?

—Al menos siento que ya no soy una víctima, y no me callo. Mi trabajo apunta a que otras pibas y pibes entiendan que el silencio es cómplice y que si callan más les duele y más los lastima. No perdono, no me olvido, pero hago, hablo, escucho, acompaño.

—¿Cómo te recuperaste?

—Ver mal a mi mamá me dañó durante mucho tiempo. Me sentí culpable. Pero al final entendí por qué ella se sentía así: ¡también fue abusada desde chiquita! Por suerte, la fundación Crear vale la pena me permitió entender el drama de otras mujeres, y ya no me siento tan sola ni tan vacía.

—Si no fuera por la danza…

Me habría muerto. No habría sido nada. O sería adicta, presa, quién sabe… No hay muchas posibilidades en La Cava. Pero hay que tener sentido de pertenencia. Saber de dónde venimos, por qué hacemos lo que hacemos, adónde queremos llegar. No me rendí, no bajé los brazos ni las piernas. Soy como la San Martín o la Sarmiento de la danza…

—¿Cómo fue tu carrera?

—Una vez formada como bailarina profesional empecé a viajar. A los dieciséis años salí de gira por primera vez… ¡A Europa! Y repetí esa experiencia cinco veces más, hasta los veintiséis años. Se terminó para siempre ser la negra, la gorda, la villera, la becada. Pero la villa sigue estando igual. Con el mismo olor a mierda. Con los pibes muriendo. Con las guerras entre banditas. En Europa todo brilla. Aquí, nada está brillando.

—¿Por qué no te fuiste para siempre?

—Por rebeldía. Por no aceptar todo como es. Mi arte no tiene que ver solo con estar en el escenario, con la mejor luz y el mejor vestuario. Mi arte está en la cancha de tierra de mi barrio. Ahí soy plena. Dar talleres para los pibes todos los sábados, decirle no a la droga, decirles que el arte educa y es un derecho, que transforma. Y que siempre hay salida…

—¿Cuántos chicos sacaste del barro con la danza?

—Dirijo una compañía hace cinco años, y salimos de gira por tres meses el año pasado. Son catorce jóvenes. Pero no solo bailan. Trabajan (trabajamos) para lograr la urbanización, defender el cuerpo de las mujeres, defender la educación.

Desde Fuera de Foco Romina busca un proyecto que vaya mucho más allá de la danza. Quiero un lugar donde los jóvenes se expresen y busquen mejorar el lugar en el que viven
Desde Fuera de Foco Romina busca un proyecto que vaya mucho más allá de la danza. Quiero un lugar donde los jóvenes se expresen y busquen mejorar el lugar en el que viven

–¿Qué te proponés con Fuera de Foco?

–Que sea mucho más que un proyecto de danza y una escuela de arte. Quiero un espacio concreto donde cada uno pueda decir y hacer lo que quiera en función de mejorar el lugar en que vivimos.

—¿Qué mensaje te importa dar?

—Que no basta ser obediente: a veces hay que ser un poco aguerrido. Tener pasión, convicción y causa: lo que mueve el mundo. Y que la libertad depende solo de quien quiera tomarla.

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