
Se conocieron cuando ella tenía 8 años. Stephy iba a tercer grado y ya era una nena flaca y alta que jugaba al básquet en Vélez. Marco tenía 10 y era el hermano mayor de una de sus compañeras de equipo. Lo que siguió en la línea de tiempo borrosa de la niñez fue una mudanza: 1.300 kilómetros de distancia y 17 años en los que ninguno supo nada más del otro.
En 2013, Stephy intentaba terminar de cerrar una relación de 4 años mientras alimentaba una certeza: "Pensaba: 'No me voy a enamorar nunca más, los hombres son todos una porquería'", se ríe ahora, mientras conversa con Infobae. Ella no lo sabía pero Marco ya había regresado de Bariloche e intentaba, al mismo tiempo, poner punto final a una relación de pareja de seis años.
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Fue una red social, que por supuesto no existía cuando se perdieron el rastro, la que le sugirió su nombre: "Yo dije 'mmm… mirá a Marquito, ya no es el chiquito que conocí en el club a fines de los 90'. Empezamos a hablar, salimos. Un mes después estábamos viviendo juntos. Tres meses después nos casamos", cuenta ella, que en ese entonces ya tenía 24 años.

Hasta ahora, Disney: ella, que siempre había querido ser madre, le dijo que quería que él fuera el padre de sus hijos (en plural). El, que siempre había deseado ser padre, quiso lo mismo.
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— ¿Te imaginaste que los esperaban tantas tragedias, Stephy?
—Jamás. Creía que si algún día me tocaba atravesar algo grave se me iba a acabar el mundo. Yo, por ejemplo, veía a una persona ciega por la calle y pensaba: "Si a mi me falta la vista, me muero".
Una cadena de tragedias
Un año después del casamiento, Stephanie Salas quedó embarazada por primera vez. La alegría que trajo la noticia fue proporcional al desconcierto que la arrastró: perdió el embarazo a las 5 semanas de gestación, nadie supo explicar bien por qué.
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En 2015 volvió a quedar embarazada: respiró cuando pasó la quinta semana pero lo perdió durante la séptima. Fue escuchando a la actriz María Fernanda Callejón en la televisión que escuchó por primera vez la palabra "trombofilia". El análisis dio positivo: los trombos que se formaban en el útero ocasionaban abortos espontáneos.
Ese año y sin imaginar todo lo que estaba por venir, Stephy le escribió a Marco Castellacci, su marido, una carta: "Siento que estamos haciendo las cosas bien. Cómo no hacerlo cuando cuento con la mejor persona que me ha podido tocar en la vida: vos. Somos un buen equipo, vamos a salir adelante".
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A mediados de 2016 murió el abuelo de Marco. "Fue muy duro, era como un papá para él. En esa misma semana, yo me lastimé un dedo del pie pero no le di importancia". Stephy tenía diabetes tipo 1 desde la infancia y la omisión no era un tema menor para alguien con su enfermedad, con el fantasma de lo que se conoce como "pie diabético" dando vueltas.
"Me entró una bacteria por esa lesión y causó una infección. Quedó alojada adentro, desintegró parte del hueso y me terminaron amputando un dedo. Tuve suerte digamos, porque lograron salvarme el pie. Además, la bacteria llegó a la sangre, si hubiera llegado al corazón no la contaba".
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Buscando un símbolo de paz, Stephy y Marco decidieron mudarse a Mar del Plata. Al año siguiente, mientras se inyectaba Heparina para la trombofilia, quedó embarazada por cuarta vez.

"Yo tenía cierto daño en la vista pero estaba controlado. El tema es que el combo entre esa retinopatía con el anticoagulante hicieron una explosión", sigue. La presión ocular era tan elevada que no quedó otra opción que hacerle una cirugía: "Me operaron en la semana 14 de embarazo. De la operación salí ciega".
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Volvió a esta misma casa desde la que ahora habla con Infobae, cerca del puerto de Mar del plata, en la oscuridad total. "Me sentía mal, por Marco también. Pensaba 'voy a ser un obstáculo siempre, una columna en medio de una habitación'". Una semana después de la cirugía, el dolor en las sienes y en las cervicales avanzó hasta que se volvió insoportable. Stephy terminó internada, sumida en un pico de estrés, presión alta y una insuficiencia renal declarada.
"Si decidís continuar con el embarazo corrés grandes riesgos de que sea ella la que no pueda continuar", le dijeron a Marco. El riesgo, a decir verdad, era que ninguno de los dos saliera vivo de la clínica. Tomaron la decisión juntos pero fue Marco quien tuvo que firmar los papeles para interrumpir legalmente el embarazo.
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"Fue muy duro. Ya se me había venido un poco el mundo abajo cuando quedó ciega, porque yo quería que no dejara de ser ella, que siguiera viajando a ver a su familia, que visitara a sus amigos. Y después vino esto", cuenta Marco (32). "Después me llené de dudas: '¿cómo voy a hacer para mantener a mi familia y sostenerla a ella, para que no se caiga?".
Tres meses después del legrado, mientras Stephy aprendía a sobrevivir con ataques de pánico, fue a hacerse un chequeo ginecológico. Ya habían decidido que iban a recurrir a la adopción pero tenía que hacerse estudios para asegurarse de que no hubieran quedado restos.
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"Yo ya estaba ciega. Me acuerdo la voz de la doctora y la de Marco, que en un momento la interrumpió y le preguntó: '¿qué es eso que late?'". Así se enteró de que estaba embarazada por quinta vez.

"Lo deseábamos, siempre lo habíamos deseado, pero esa vez no lo esperábamos. Yo le dije a la doctora: '¿En qué estado me agarra?, no puedo volver a pasar por algo así. La doctora me dijo: 'Mirá, las fallas renales o frenan o empeoran, nunca mejoran. No entendemos bien cómo pero vos estás mejor, llegó en tu mujer momento".
Fue la coordinadora de la escuela de rehabilitación -una madre no vidente- quien la llamó aparte y dijo lo que necesitaba escuchar: "'Mirá Stephy, no te tiene que preocupar que no vayas a conocerle la cara a tu bebé, vas a ver que igual lo vas a conocer mejor que nadie'. Gianluca nació a los 7 meses de gestación: es el bebé de 4 meses que ahora llora de fondo mientras su mamá cuenta su historia.

Era la primera vez que las enfermeras de neonatología de la clínica 25 de mayo, en Mar del Plata, recibían a una mamá no vidente y fueron ellas quienes le explicaron cómo cambiarle a tientas los pañales a un bebé que llegó a pesar un kilo y medio.
Para el resto de las tareas, se las fue ingeniando: "Claro, te dicen: 'Tiene que tomar una mamadera de 90′, ¿y yo como cargo 90 en una mamadera?'. Una madrugada me desvelé pensando en eso y se me ocurrió comprar jeringas, una de 60, una de 20 y una de 10. Y así aprendí a hacerle la mamadera a mi hijo sin ayuda".
Claro que le dolió saber que no va a conocer su cara. "Lo que los demás hacían de buena onda a mi me hacía pelota: 'Ay, mirá cómo sonríe', 'mirá cómo le gusta el agua'. Yo no podía darme cuenta cuando él disfrutaba. De a poco fui aprendiendo otras maneras. Ahora sé que él balbucea cuando me ve, entonces no me olvido más de prender la luz. Y empezó con las carcajadas así que imaginate…"

Cuando Gianluca tenía un mes y medio, a Marco lo echaron del trabajo. "Todos aprendimos mucho", sigue él. "Cuando pasó todo yo trabajaba 10, 12 horas por día, me iba a dormir al hospital con ella, venía a bañarme y me volvía a ir a trabajar. Eso nos suele pasar: ponemos el trabajo en primer lugar y cuando te pasa algo ¿qué? Más allá de que todos necesitamos trabajar, yo aprendí a respetar el espacio de mi familia".
Sobreviven como pueden: ella prepara tortas, budines, pizzas y conservas a pedido, él la ayuda con la elaboración, las compras y las entregas a domicilio.

Después se despiden y las palabras de aquella carta que Stephy le escribió a Marco cuando todavía podía ver cobran un nuevo sentido: "Somos un buen equipo, vamos a salir adelante".
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