El monoambiente en el que viven Johana y Julio tiene una ventana por la que entra algo de luz. Queda en la calle Salguero, en Almagro, en un piso 4. Tiene una cocina pequeña y un baño, y está recién pintado. Tienen: una cama matrimonial que les regalaron, un ténder, dos guitarras, un canil que encontraron tirado y dos televisores de tubo. Uno de ellos también lo encontraron en la calle y dicen que anda bien. El otro se lo regaló la dueña de uno de los perros que pasea Johana todas las tardes por Buenos Aires. Les falta una mesa y algunas sillas.

Julio y Johana son venezolanos y están empezando de cero. Llegaron al país hace ocho meses. Son dos de los aproximadamente 130 mil venezolanos que llegaron a la Argentina en el último tiempo (en total, se habla de un éxodo de 3 millones de personas, distribuidas en todo el mundo).

Su camino, como el de cada migrante, no fue fácil. Eligieron venir en avión desde Manaos, Brasil. Eso significó atravesar el país entero de norte a sur y salir por una de las fronteras más calientes, la de Santa Elena, donde las comunidades indígenas de los pemones sostuvieron enfrentamientos sangrientos contra las fuerzas de seguridad bolivarianas. Pero Julio y Johana cruzaron, para su fortuna, hace ocho meses, cuando por ahí todavía no reinaba la violencia que hoy sí.

Una vez en el país comenzó el segundo raid: el de conseguir un futuro. Llegaron con el único objetivo de juntar dinero para comprar algunos pasajes más. No para ellos sino para Helen Verónica (12) y Jeremías Moisés (13), sus dos hijos, que quedaron al cuidado de la abuela materna en Caracas.

En Buenos Aires se encontraron con fortunas y desgracias. Desgracias: una inflación galopante, trabajos inestables, no tener lugar para dormir. Fortunas: conocer gente que de pronto puso en marcha una maquinaria para ayudarlos. Fue lo que pasó cuando Julio conoció a Agustín Ortega, un joven argentino. Le contó su situación y Agustín, conmovido, se puso en contacto con Gonzalo Erize, fundador de la Fundación Saun, que se dedica a empoderar a quienes quieren cambiarle la vida a alguien.

A través de Saun y de Agustín consiguieron el monoambiente (que está recién pintado justamente por Agustín y por Julio, fue una changa y luego charlaron con la dueña y se convirtió en la casa de en la que viven). También a través de Agustín Julio consiguió un trabajo un poco más estable que los que tuvo en este tiempo, y desde Saun están juntando fondos para conseguir el dinero para traer a sus hijos. Además, sortean una remera de Argentina firmada por Leo Messi como parte de la campaña. Quien quiera aportar, lo puede hacer en este link. Quien quiera conocer su historia, la puede leer a continuación. Quien quiera conocer de cerca Venezuela simplemente abra los ojos: ahí están, en su barrio, en su esquina, miles deseosos de recordar su patria.

-¿Por qué se fueron de Venezuela?
Julio: La situación estaba muy crítica, al punto de que con mi sueldo y algunos trabajitos extra ya ni siquiera podíamos comprar la comida. Entonces pedimos prestado dinero a amigos para venir, por eso esa travesía por tierra, porque fue el modo más económico que encontramos. Nos vinimos nosotros primeros porque no sabíamos a qué nos íbamos a enfrentar, no podíamos traer a los niños y hacerlos pasar por esta experiencia. La idea era llegar y con un dinero que juntemos mandarles el pasaje. Abrirnos camino acá, alquilar un departamento y traerlos, ese era el plan.

-¿Con cuánto dinero salieron de Caracas?
Julio: Con 300 dólares. Los guardamos todos para llegar acá. Y teníamos algunos bolívares que nos permitieron los traslados por tierra dentro de Venezuela.

-¿Cómo es viajar por tierra por Venezuela?
Johana: Teníamos mucho miedo y angustia. Dormimos en algunas casas de familiares para despedirnos, pero pasamos por lugares que son muy peligrosos. Había mucha escasez de dinero en efectivo y era muy turbio todo lo que veíamos. Afortunadamente pasamos sin problemas, pero la frontera es una situación de mucha tensión.

-¿Recuerdan el día en que decidieron dejar Venezuela?
Johana: Sí. Desde el primer momento en que yo como madre no podía abastecer las necesidades básicas de mis hijos. Ya no podía, era difícil. Entonces me dio mucho terror el hecho de que pudiéramos llegar a una posición de no alimentarlos. Y tuve que tomar una decisión porque se trataba de mis hijos, ya no era yo sola.

(AP Photo/Eduardo Verdugo)
(AP Photo/Eduardo Verdugo)

-¿Ellos quieren venir para acá?
Johana: Todos los días. Necesitan vernos a nosotros, quieren cambiar de vida. Todos los días en su mente de niños sienten la angustia de lo que le está pasando a su país. Me dicen que quieren tener otra realidad.

Julio: La vida allá es un poco hostil. No tienen muchas opciones por lo económico y por la seguridad. Y por lo poco que hemos conocido Buenos Aires hay muchas opciones. Y nos sentimos mucho más seguros acá que allá.

-¿Qué extrañan de Venezuela?
Johana: Extraño todo lo hermoso que hizo que este ser humano esté aquí. Mi esencia es completamente venezolana. Mi pueblo, mi gente… Extraño mis arepas, mi música, mis olores. Mi familia, mi vida de cada fin de semana, reunirnos. Extraño caminar por la calle y conocer a alguien de repente y hacerse amigo y ya a la semana estar invitándolo para el sancocho de la abuela.

Julio: Extraño a mi madre. Nuestra cultura, como la de cada quien, es única. A veces nos sentimos extraños porque la forma de ser de los argentinos es diferente. Ni mejor ni peor, pero diferente. Nos agarran de sorpresa cosas en las relaciones laborales, de amistad… Y uno recuerda que cuando está en casa hay un lenguaje común. De todas formas, Argentina nos ha acogida de una forma hermosa. Hemos conseguido manos amigas de mucha gente solidarizada con la situación de Venezuela.

-¿En qué cosas de la vida cotidiana notaron por primera vez la crisis?
Julio: Hay cosas que uno daba por sentado, como por ejemplo ir a tomarse un café. Parece trivial, pero es algo que pinta la cultura venezolana. Era muy normal decir vamos a tomarnos un café. Ibas a una esquina cualquiera y todo el mundo tenía para comprarse un café, hasta los mendigos tenían para café. Era demasiado barato. Ya eso no es posible. Tomarse un café en los últimos meses que estuve ahí era un lujo. Un lujo terrible, para gente que tenía muchísima plata. Incluso comprar el café para hacerlo en la casa se volvió un lujo.

-¿Cuánto cobrabas en Venezuela?
Julio: Cuando me vine yo cobraba 4 dólares por mes. Siendo profesional. Es decir, el mío no era el sueldo mínimo (NdR: el sueldo mínimo actual en Venezuela es de 6 dólares). Pero hace cuatro o cinco años con mi sueldo me alcanzaba para vivir. Tenía un auto, me compré una moto…

-Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo, dijo que los venezolanos migran por moda. Y está la idea de que solo migran los opositores, pero yo he visto que no es así. ¿Cuáles son sus ideas políticas? ¿Qué piensan del chavismo?
Julio: Evidentemente Diosdado Cabello dice esas cosas de una manera estratégica, política. Respecto a lo otro, siempre vas a ser opositor cuando tu pensamiento es crítico respecto a lo que otro está haciendo como gobernante. En ese sentido muy bienvenida la oposición. No la oposición venezolana, con la que yo nunca me he identificado porque me parece que son tan ineptos, ineficientes y corruptos como el mismo gobierno. Yo no me inscribo en una categoría política, me inscribo en una categoría humana. Creo en la justicia, en la igualdad, en la libertad, en ayudar al que lo necesita, y para siempre seré así. Estuve con simpatía con el chavismo hasta que yo (porque no soy el dueño de la verdad), sentí que estábamos ayudando a la gente. Hasta ese momento en el que yo sentí que era así, apoyé eso. Y apoyaría cualquier cosa que tuviera ese sentido de humanidad. Ese es mi pensamiento. Y trabajé en pro de eso cuando sentí que en mi país el gobierno estaba haciendo eso. En la medida en que tú estás a favor del pueblo, yo estoy a favor de tí. En la medida en que estás en contra del pueblo y empiezas a perjudicarlo y hacerlo sufrir y generar pobreza e injusticia, no puedo estar más a favor.

Nicolás Maduro (AFP)
Nicolás Maduro (AFP)

-¿Cómo fueron sus primeros días en Buenos Aires?
Johana: Llegar a Buenos Aires fue muy difícil. Yo nunca había vivido un invierno por ejemplo. Llegué sin mis hijos, sin mi familia, en situación de inmigrante, y a un invierno que no conocía. Fue muy duro. Emocionalmente fue un quiebre. De repente sentí que era como un error, sentí que no debí haberlo hecho, no debí haber tomado esa decisión.

Julio: Estar sin dinero, sin abrigo, sin casa… Cuando uno tiene dinero lo resuelve fácil: se va a un hotel con calefacción, se compra un abrigo, y ya no hay invierno… Pero sin dinero, sin casa y sin abrigo es más difícil. Un amigo nos permitió dejar las maletas en su casa. No podíamos quedarnos con él porque ya había tenido problemas por recibir a otra venezolana. Entonces no teníamos dónde quedarnos y no queríamos gastar el poco dinero que teníamos. Finalmente mi amigo nos permitió quedarnos a escondidas en un ático, en el piso. No teníamos ningún reparo, entraba el viento por todos lados, hacía un frío terrible. Y a la semana logramos conseguir un cuarto en un departamento y ahí pudimos reposar un poco, angustiados por haber invertido la plata en eso. Y comenzamos a buscar trabajo.

-Desde que llegaron hasta hoy, ¿cuántos trabajos tuvieron?
Julio: He tenido varios trabajos. Hice como tres o cuatro trabajos de bachero. En algunos casos se le llamaba peón, que era peor que un bachero porque limpias la vereda, limpias el salón, la cocina, el cuarto refrigerado, aparte lavas los platos, entregas el delivery… Y todo lo que salga. Todo por 400 pesos diarios, o algo así. El maltrato es terrible en esos trabajos, hay como una represión castigadora donde uno solo puede hacer silencio. De hecho los compañeros te aconsejan no decir nada porque te echan. Yo soporté todas las humillaciones. No tengo ningún sentimiento de vergüenza por trabajar. El trabajo dignifica y puedo hacer lo que sea. No me importa que allá haya sido profesional o haya trabajado en una oficina, yo puedo limpiar o fregar, no me importa.

Marcha de Venezolanos en Buenos Aires
Marcha de Venezolanos en Buenos Aires

-Estás a una tesis de licenciarte en Filosofía, ¿no?
Julio: Sí, yo dejé la tesis de licenciatura. Estaba por entregarla pero me tuve que venir. Tengo toda mi carrera aprobada de todas formas, y soy especialista en telecomunicaciones graduado en la universidad también en electrónica. Y no tengo ningún reparo cuando un trabajo me da dinero, me da para comer, para pagar la habitación… No hay problema. Me he esmerado en todo. Ahora soy un experto bachero. Jaja. Y también pinté casas. Cargué y descargué camiones de telas. El último trabajo fue una fábrica de espejos en Lanús. Todo lo que salió, lo hice. Pero me echaban de los trabajos sin razón: están bajando las ventas, te vas.

-¿Cuál es el plan para ustedes?
Johana: El objetivo es reunir para poder ofrecerle una calidad de vida más digna a mis hijos en la Argentina. Es decir, primeramente traerlos, y luego darles una vida como la que se merecen. Lo primordial es juntar para los pasajes.

-¿Cuánto salen?
Johana: Más o menos 750 dólares cada pasaje. Y a la abuela tendríamos que traerla para que nos traiga a los niños, no sé si ella se quedará o no. Pero es quien puede viajar con los niños.

-¿Serían tres pasajes entonces?
Julio: Exacto. La verdad es que nos gustaría tener a toda la familia cerca.

-¿Qué sienten al ver todas las novedades de Venezuela desde acá? ¿Qué desean que suceda?
Johana: Un dolor muy grande. No puedo evitar estar conmovida, ya no solo por mis hijos sino por mi pueblo, mi país. Pero algo distinto va pasar en el país, sé que hay un tic tac del reloj que en algún momento va a estallar, sé que estamos en un tiempo muy complejo de Venezuela, no podemos quitar nuestros ojos del país. Está por suceder algo que sé que va a ser doloroso pero que a la larga va a oler a libertad, que es lo que todos los venezolanos que estamos regados por el mundo deseamos. Algunos dicen que no podemos hablar porque estamos fuera del país… Pero somos venezolanos, somos hermanos, y seguimos trabajando, seguimos construyendo, y toda nuestra alma, todo nuestro ser, está allí en Venezuela.

Julio: Yo lo único que deseo es que todo se resuelva de la manera más democrática posible. Que haya la menor violencia posible. Pero que todo se resuelva de la mano de los mismos venezolanos.

-No querrías una intervención extranjera.
Julio: No lo apruebo en lo absoluto, no. Y menos de los Estados Unidos. Quisiera que se resolviera por los mismos venezolanos, que nuestra arma fuera nuestra opinión. Y nosotros estando afuera no nos sentimos a salvo porque estamos ligados a todos los venezolanos, a nuestras familias. Lo que les pase a ellos nos pasa a nosotros.

-¿Qué sueñan para su tierra y su familia?
Johana: Mi sueño es poder regresar a mi país. A mi me gusta conocer países, mezclar mi cultura, pero devolverme siempre a mi tierra. Mi sueño es poder regalarle a mis hijos todo eso hermoso que yo viví durante años, que lo tengo acá, es mi maleta. Poder regalarle a mis hijos una Venezuela hermosa, una Venezuela con libertad, una Venezuela segura, una Venezuela abastecida… Ese. Ese es mi sueño.