
Marcelo Vallejo hizo trabajos de pintura, de jardinería, vendió revistas en los trenes y fue operario en una línea de montaje de una automotriz. Los viernes a la noche se juntaba con otros compañeros a tomar alcohol. Terminaba de madrugada en una villa comprando cocaína. Era víctima de su pasado. Su testimonio es literal. Se lo confiesa a David Jackson, que es inglés y psicólogo, arriba de un escenario. Ambos están actuando de sí mismo: relatan su vida, atados a un guión, en Campo minado, la obra teatral que confunde en tiempo y espacio a veteranos de la Guerra de Malvinas.

Ahora le cuenta sus secretos, pero Marcelo odiaba a David. Ahora se abrazan, pero Marcelo también quería matar a Lou Armour, quien -36 años antes- combatió del otro lado de la trinchera. Su rol de combate fue apuntador de mortero pesado 120. Estuvo en el Monte William, a siete kilómetros del pueblo, con un grupo de 18 soldados (volvieron 17) del 13 de abril al 20 de junio de 1982.
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Marcelo pidió combatir en Malvinas. Se postuló, no espero que le llegara ninguna citación inoportuna. Durante 45 días le llovieron bombas. Pero cuando estaba en combate, cuenta, "nunca se nos pasó por la mente que íbamos a perder. Nosotros queríamos ganar. Sentíamos que estábamos defendiendo la soberanía". Su caso, tal vez, sea inspirador. El conflicto se le encarnó. La guerra lo transformó. Le quitó el porvenir y lo despojó del entusiasmo.

Campo minado interpela ese quiste perturbador. Se pregunta qué es un veterano, si un héroe, un sobreviviente o un loco. Lo estudia, lo explora y lo desmenuza, sin intérpretes que actúen emociones: personas que cuentan quiénes son y qué hizo la guerra con ellos. Indaga en sus recuerdos, en sus miserias y en su sensibilidad.
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En la escena se enlazan las biografías personales de seis combatientes, tres defensores de cada bandera. El peso simbólico de Malvinas atraviesa el drama, pero la obra es una representación genérica de los efectos de las guerras en los soldados. Los veteranos se conjugan para sanar las grietas nacionalistas y se individualizan para abordar los diferentes modos de asimilar un conflicto bélico.
Marcelo, quien parece conservar la guerra en sus rasgos, es hoy campeón de triatlón.
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David transcribió códigos por radio en la guerra y hoy es el oído retórico de otros veteranos en su consultorio de psicólogo.
Lou fue tapa de los diarios argentinos del 3 de abril cuando el desembarco argentino del día anterior lo tomó como prisionero: hoy es profesor de niños con problemas de aprendizaje.
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Gabriel Sagastume fue un soldado mediocre: no quería matar a nadie ni quería estar ahí, pero con miedo, por el más puro instinto de supervivencia, disparó una vez su fusil, temblando y con los ojos cerrados, porque un gringo (él los llamaba así) se había acercado a su trinchera; hoy Gabriel es un jubilado que trabajó de abogado penalista.
Rubén Otero tenía 19 años cuando sobrevivió al hundimiento del Buque General Belgrano y hoy con 55 presume ser baterista de Get Back Trío, una banda tributo a los Beatles que ganó un premio para tocar en Liverpool.
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Sukrim Rai fue uno de esos Ghurka de la mitología bélica pero nunca mató a nadie, que llevó su cuchillo a varias guerras y que lo dejó de usar para ser guardia de seguridad.
Hoy son otros. Se quieren, sin recelos ni obsecuencia. Sus familias se conocen. Adoptaron el ritual de los actores que celebran el final de cada función en un bar o un restaurante. "A veces nos comportamos como niños. Nos divertimos. Somos más que amigos, honestamente", dice David. "Nosotros les decimos 'british', les cantamos 'el que no salta es un inglés' y ellos se ríen", revive Rubén. La obra, coinciden, es sanadora.
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"A veces pienso en todo el tiempo que viví con esa bronca que no me dejaba disfrutar de mi familia, de mis hijos, de la vida. Veía un chico con una remera con la bandera inglesa y me amargaba el día. Así como te lo digo. Me arruinaba". La voz de Marcelo parece que se estruje y en sus ojos todavía permanece el pesar de los días tristes."En mi casa si cantaban una canción en inglés los trataba de traidores, así que imaginate lo que fue sentarme delante de ellos".
Ellos: los ingleses, los veteranos de guerra que antes quiso matar y que hoy abraza en una sesión de fotos, donde Rubén lleva una remera con la leyenda "las Malvinas son argentinas" y grita: "Sacanos la foto a nosotros, no a estos piratas".
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"Al principio había rechazado la propuesta porque todavía sentía mucho rencor contra los ingleses, no quería saber nada. Pero creía que era una oportunidad para contar el sacrificio que hicieron los soldados argentinos. La obra me sirvió mucho. Me saqué los fantasmas, entendí que detrás de ese enemigo había un ser humano como yo". Su experiencia se derramó en otros argentinos que combatieron en Malvinas: "Creo que hace un tiempo atrás no se hubiese podido hacer esta obra porque las heridas seguían abiertas. Pero después de tantos años, las heridas se cierran. Y eso que me pasó a mí, les pasó a muchos veteranos que invité: venían con banderas y con ganas de gritar cosas, y después de terminar la obra se acercaban a los ingleses y los abrazaban. La obra cura".

Gabriel, a diferencia de Marcelo, nunca odió lo "británico". "En la guerra pensaba que estaba peleando contra los tipos que inventaron la música que a mí me gustaba, a los Beatles, los Rolling, Pink Floyd, Led Zeppelin. Para mí esos eran los ingleses, el rock. Era una cultura que admiraba".
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Sin embargo, Rubén identificaba el mismo resquemor que había en Marcelo en los veteranos que presenciaban la obra. "Terminan entendiendo que estuvimos en el mismo lío de un lado y del otro, pero que todos la pasamos mal. No porque ellos hayan ganado están felices, tienen las mismas tristezas y las mismas broncas que nosotros".
Las formas de procesar el recuerdo de la guerra los diferencia. "Ahí arriba somos nosotros. No me permito contar mi historia actuándola, porque estoy hablando en representación de mis compañeros caídos. Y eso no se puede actuar", confiesa Marcelo.
Rubén, que había rechazado la invitación a participar del proyecto porque desde que volvió de Malvinas no quería saber más nada de experiencias ("quería que mi vida fuese una meseta hasta que llegue el final, ya viví todo lo que nunca quise haber vivido"), recurre a una técnica para contar su relato: "Hago un ejercicio para no meterme mucho en la historia, porque sino me quiebro y no la puedo contar. Vas a ver que estoy hablando y que por momentos me callo. Hago de cuenta que Rubén se sube a una nube y cuenta lo que a Rubén lo fue pasando en el Belgrano. Hay momentos que me caigo de la nube adentro del Belgrano. Ese es el momento en que me callo. Hago fuerza, salgo, subo y lo sigo contando".

David Jackson tiene la boina verde que le dieron cuando se recibió de Royal Marine. Sabe que es el estereotipo del enemigo para los veteranos y que el combate es contra los prejuicios: "Cuando ven la obra, cuando nos ven juntos, cuando ven cómo nos unimos, esos preconceptos se van".
Admite que en las charlas que da en colegios, hospitales y ante activistas por la paz nunca percibió ese rencor. "La respuesta fue siempre positiva. Es muy emocionante. Hubo momentos en los que me quebré y lloré. Pensé que me iban a ver como enemigo y no fue así. Porque la guerra fue entre países y no entre personas".
"La obra no es sobre esta guerra, cuenta lo que la guerra le hace a las personas y cómo tienen que vivir con eso el resto de sus vidas. En Francia, alguien se acercó a nosotros y terminó llorando. Nos contó que su abuelo había luchado en la Segunda Guerra Mundial. En Polonia, vino uno y me dijo 'gracias' porque por fin había entendido lo que sintió su papá cuando combatió en la misma guerra. Es lo mismo para los argentinos, los británicos, los franceses, los polacos. Es una historia sobre la humanidad", describe David.

Campo minado se estrenó en 2016 en el Festival de Brighton, Inglaterra. Se presentó en 25 ciudades de países como Grecia, Chile, Alemania, Portugal, Bélgica o Francia. Pero en Argentina la contienda es diferente. Lo saben todos. Los argentinos porque sienten el compromiso de representar a los veteranos del público y homenajear a los caídos, y los británicos porque conocen la dimensión de Malvinas en el patrimonio cultural del país. "La guerra no está en nuestra sangre, está en la suya. Los recuerdos de las Falkands no están en el Reino Unido. Los recuerdos de Malvinas acá están en todas partes", define David.

Intentan no hablar de la guerra ni de la soberanía. Todos repiten que respetan la posición del otro sin doblegar el pensamiento propio.
Para resumir su visión, Rubén repasa, en diálogo con Infobae, las últimas líneas de su libreto: "Durante 35 años solo me acordaba de la guerra cuando se acercaba el 2 de abril y me llamaban para dar charlas en los colegios. Desde que empezamos la obra, me acuerdo de la guerra todos los días. Durante los ensayos, entre los veteranos no discutimos el problema de la soberanía de las islas. Nosotros decimos que las Malvinas son argentinas. Ellos dicen que los isleños son ingleses".
Lo dice en su remera y lo repite en el grabador. "Las Malvinas son argentinas. Nosotros pensamos muy diferente que eso, pero eso no quita que podamos seguir conviviendo juntos. Nunca les voy a decir que las Malvinas son de ellos. Ni loco, antes me muero. Tampoco esperan que yo se los diga, pero yo sí espero que ellos las reconozcan argentinas".

Campo minado avanza como si fuese un diario de guerra y narra, con fina dedicación, la historia de Malvinas sin partidismos ni fanatismos.
Reconstruye la guerra con el paradigma del soldado, del veterano.
Es Lou Armour con la potencia de su voz quien despide la obra con la Guerra de las Islas Malvinas proyectándose en su cuerpo, en su micrófono y en la pantalla de atrás. David Jackson está en la guitarra, Gabriel Sagastume en la segunda guitarra, Marcelo Vallejo toca el bajo y Rubén Otero, la batería.
Lou canta y pregunta si "alguna vez viste a un amigo prenderse fuego, si alguna vez viste a alguien ahogarse en un mar helado, si alguna vez visitaste la tumba de un amigo con su madre, si mataste alguna vez a una persona".
Cuando termina de preguntar, el público siempre se levanta y los aplaude.
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