
Eran las 6.30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Laura se despertó sobresaltada: "Por la hora, algo malo había pasado". La voz, del otro lado, era la de un policía que decía justamente eso: "Algo le pasó a su abuela". Laura pensó que la habían matado para robarle la pensión, corrió 10 cuadras hasta su casa y sintió alivio cuando la vio viva. Pero Rosa se acercó a ella, la agarró del antebrazo y le dijo al oído: "Me violó". Era febrero de 2014 y Rosa tenía 88 años.
En el barrio Villa Bonich, en San Martín, la conocen como "Doña Rosa". Tiene 3 hijos, 6 nietos y 4 bisnietos, y en ese entonces aún trabajaba como modista. Era viuda y vivía sola, y en esa misma casa había criado, sin ayuda, a sus hijos.
"Fue como a las 4 de la mañana. El tipo sacó los barrotes de una ventana y entró. Cuando ella vio la sombra, pensó que habían entrado a robarle la plata de la pensión, así que la tiró a un costado de la cama. Pero el hombre le pegó un cachetazo, empezó a buscar la plata y como no la encontró, se le tiró encima. La violó y le lastimó mucho los brazos", cuenta a Infobae Laura Delprato, una de sus nietas. Rosa dijo que "había sido un hombre de más de 30 años, morocho y gordo, y que estaba todo transpirado". Contó también que, cuando se fue de su casa, salió desesperada a la calle y que los autos le hacían señas de luces pero no paraban.

Su familia la llevó al Hospital Diego Thompson, en San Martín. "Nos hicieron esperar más de tres horas con ella en ese estado, no se podía higienizar porque le tenían que hacer un hisopado. Y cuando nos atendieron tuvo que contar lo mismo como cinco veces: a la toxicóloga, al forense, al ginecólogo. Ella es una señora grande, tenía mucha vergüenza, yo no podía entender cómo no se juntaban y la hacían contar todo una sola vez". Así, le hicieron el hisopado y una médica escribió en una receta la medicación que tenían que comprarle para evitar el contagio de una enfermedad de transmisión sexual.
"Me fui a mi casa con ella a bañarla, la tuve que bañar yo porque todavía le temblaban las piernas. Y en eso llega mi papá de la farmacia más destrozado de lo que estaba. El medicamento (se llama Kaletra) costaba en ese entonces 5.400 pesos". Laura se desesperó porque la médica les había dicho que tenían que comprarlo rápido. Había una explicación para tanto apuro: si pasan más de 48 horas desde la violación, la efectividad de la pastilla se reduce a un 58%, según datos del Ministerio de Salud.

Fue una amiga y no un médico quien le dijo que existía un protocolo para víctimas de violaciones y que fuera a buscar el medicamento al Hospital Zubizarreta. El protocolo existe y, justamente, ordena a los hospitales "disponer del kit de medicamentos (anticoncepción, profilaxis de VIH e ITS y vacunas)" y "crear las condiciones para que el relato del hecho sea realizado solamente una vez". Que el protocolo no se cumpla no es un dato menor: según las últimas estadísticas del ministerio de Seguridad de la Nación, se denuncian alrededor de 3.500 violaciones al año. Faltan, en esa cifra, todas las mujeres que no se animan a denunciar.
Rosa fue a vivir con uno de sus hijos, después con Laura y luego con su hermana. "Pero ella quería volver a su casa, con su parra, sus plantas, su hora de la siesta. Nos dimos cuenta que con ayuda del psicólogo había superado la violación pero no estar en su casa le estaba matando la cabeza", sigue Laura, que es diseñadora de interiores y tiene dos hijos chicos.
Al tiempo llegó la notificación: la causa había sido cerrada. "No me extrañó porque no habían conservado las pruebas. La Policía había trabajado sin guantes, habían puesto las sábanas en cajas de cartón y todo el mundo había entrado a la casa. El tipo había dejado pelos y había sangre, porque mi abuela lo mordió, pero nada de eso se había preservado". Entonces, para que ella pudiera seguir con su vida, la familia decidió reforzar las rejas, comprarle un teléfono nuevo, dejarla volver a su casa e ir a visitarla una vez por día.
"Pero cuando estábamos llegando a fin de año, diez meses después, pasó otra vez lo mismo", sigue. Rosa dijo que fue el mismo hombre pero que, esta vez, había llegado en bicicleta y sin intenciones de robar. "Entró, la violó y se fue". De esa segunda denuncia pasaron más de dos años. También quedó en la nada.
Laura pasó años sin hacer pública la "tragedia familiar" -así la llama- para no exponer a su abuela. Pero esta semana leyó la historia de una mujer de Estados Unidos, también de 88 años, que logró salvarse de ser violada gracias a una mentira: le dijo a su agresor que tenía HIV y que la misma enfermedad había matado a su marido. Su abuela, que ahora cumplió 91 años, no tuvo la suerte de tener semejante ocurrencia.
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