
Le gustaba correr, pero no tenía experiencia para las pruebas de larga distancia. No obstante, el joven británico Robert Garside, estudiante de psicología en la Universidad Royal Holloway de Londres y oriundo de la localidad de Stockport, Inglaterra, se lanzó a la travesía el 7 de diciembre de 1996. Ese día se comenzó a gestar la increíble proeza de "The Runningman", tal como él mismo se apodó.
Cargando una mochila, el pasaporte, una serie de mapas, una botella de agua, algo de ropa, una pequeña computadora y una cámara de video arrancó la aventura en la plaza Piccadilly Circus, en Londres. Por entonces tenía 28 años y confiaba plenamente en sus condiciones para cumplir con el objetivo de correr entre 40 y 120 kilómetros diarios. Sabía que en todo el trayecto no podía utilizar un medio de transporte, ni siquiera caminar. Solo le permitían volar de un continente a otro. Y también en sus planes contaba con que a medida que conozca diversos sitios su fama se incrementaría y recibiría ayuda económica para los pasajes y otras donaciones.
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Luego de transitar por varios países de Europa, en Pakistán sufrió el primer percance: "Me robaron, cortaron mi tienda con un cuchillo y me quitaron todo. Solo tengo mi ropa y mi pasaporte", contó en un correo electrónico. La hoja de ruta lo llevó a la India, donde en una locación lo apedrearon y en otro pueblo hasta lo corrieron con un hacha. Aquella etapa fue el peor pasaje. Tenía decidido abandonar. De hecho, desistió momentáneamente. Pero tras recapacitar durante varios días, resolvió reiniciar el viaje.
El camino continuó -ya en 1998- por China, donde tuvo peor suerte: al no tener la documentación requerida, fue arrestado por 30 días de cárcel. Y lo deportaron. ¿Qué pasó después? Dijo que le dieron un día para irse del país, por lo que tuvo que correr "158 kilómetros en un día".
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De ahí llegó hasta Hong Kong, voló a Japón y siguió hacia Australia. Su caso ya había llamado la atención de los medios de comunicación. A mediados de 1999 llegó el turno de trasladarse a Sudamérica. Estuvo por Argentina a fines de junio. Con calzas y musculosa negra circuló por el Obelisco, ante la mirada de asombro del resto.

En varios tramos del trayecto, Garside contó con aliados de carrera. En Nepal, un español le proporcionó compañía a través de las elevaciones de más de cinco mil metros de altura en el Himalaya. Un ciclista y un médico se les unieron en Australia durante 900 kilómetros. Y en Francia un perro trotó a su lado por más de 30 kilómetros. En tanto que en Venezuela conoció a Endrina Pérez, de 23 años, que se sumó a acompañarlo durante buena parte de la osadía.
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A pesar de la barrera del idioma, con ella enlazaría una relación que, tiempo más tarde, consumarían con el matrimonio y el nacimiento de una hija. Juntos partieron a Estados Unidos. Pero en el medio, el peligro persistió: en Panamá y México quisieron robarle, llegando a apuntarlo con armas. Por esto, debió pasar noches resguardado en las inmediaciones de las estaciones de policía.

Tras dar vueltas por el país norteamericano, agotado, acortó el plan original. No fue por África y la Antártida, como era la idea primaria. Por lo que retomó el paso por Europa hasta terminar en Nueva Delhi, en junio de 2003. Fueron cinco años y ocho meses, 29 países, 48 mil kilómetros y más de 50 pares de zapatillas. Pasó calor, pasó frío, pasó hambre, pasó noches con miedo. Pero había llegado a su fin. A partir de allí, Garside debió lidiar con otros asuntos: los custionamientos sobre la veracidad de la hazaña.
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Entre otros reproches le achacaron la falta de conocimiento de su nombre en la comunidad de expertos (poniendo en duda sus capacidades) y que su novia venezolana haya sido capaz de correr a la par durante 10 jornadas consecutivas. Por otra parte, hubo quienes aseguraron que toda la primera etapa por Europa no existió y, en su paso por Brasil, testigos afirmaron que lo vieron en una fiesta en Río de Janeiro cuando supuestamente se dirigía a la jungla amazónica.

Para el corredor se trataba de acusaciones sin sustento. Eran producto de la envidia, decía convencido. La discusión había tomado alcance nacional en Inglaterra, a tal punto que su perfil en Wikipedia estuvo temporalmente bloqueado debido a disputas entre editores anónimos.
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A dos semanas de culminar el viaje, un canal de televisión local le propuso filmarlo corriendo 200 kilómetros en un lapso de 24 horas para comprobar sus milagrosas capacidades. Garside aceptó, pero aunque en principio calificó el desafío como sencillo no pudo completarlo: no pasó de los 115 kilómetros. ¿Qué adujo? Que no había tenido tiempo suficiente de preparación y, además, que correr por la pista de atletismo era una actividad monótona, aburrida, muy disímil a lo que vivió en su experiencia.

Tras una suntuosa cosecha de críticas, en marzo de 2007 consiguió su cometido: oficializaron la travesía en el libro Guinness de los récords. Los recibos de la tarjeta de crédito y las más de 300 grabaciones de video del viaje pudieron más que cualquier polémica.
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De acuerdo a los funcionarios cumplió con los requisitos para certificar la gesta: finalizar en el mismo lugar donde empezó, cruzar una vez el Ecuador, pisar al menos cuatro continentes, cubrir una distancia total que exceda la longitud del Trópico de Capricornio (más de 37 mil kilómetros) y documentar cada etapa del viaje.
De ahí en más su nombre se perdió, al menos públicamente, porque en el afamado ejemplar quedó y quedará grabado como el del primero en ser capaz de dar la vuelta al mundo corriendo.
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