
El organismo sostiene una vigilancia permanente frente a virus, bacterias, células dañadas y posibles tumores. Según un informe publicado por Science Focus, esa red de defensa reúne cerca de dos billones de células inmunitarias y supera un kilogramo de peso.
Su funcionamiento condiciona la respuesta a infecciones, el control de células anómalas y parte de los mecanismos vinculados al envejecimiento.
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La clave no reside en elevar indefinidamente las defensas ni en reducir toda reacción inflamatoria. El sistema inmunitario necesita una actividad ajustada a cada amenaza, ya que la inflamación puede proteger al cuerpo frente a una lesión o infección, aunque su persistencia durante años se asocia con enfermedades cardíacas, cáncer y demencia.
La inflamación crónica altera el equilibrio de las defensas
La inflamación aguda cumple una función concreta. Las células inmunitarias llegan al área afectada, actúan ante el daño y se retiran cuando el tejido recupera su estado habitual. Ese mecanismo permite contener infecciones y reparar lesiones.

El problema aparece con la inflamación crónica, una activación persistente y de baja intensidad que suele aumentar con la edad. Esa situación puede desviar recursos del sistema inmunitario y reducir su capacidad para identificar células deterioradas, senescentes o con alteraciones que podrían derivar en cáncer.
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Las células senescentes también intervienen en ese proceso. Con el paso del tiempo, se acumulan y liberan sustancias que favorecen la respuesta inflamatoria. El resultado es un circuito en el que la inflamación dificulta su eliminación y su presencia sostiene la inflamación.
El científico y biólogo Andrew Steele señaló que mantener un peso saludable podría ayudar a limitar ese fenómeno, dado que el tejido adiposo parece vinculado con la inflamación persistente.

La actividad física también figura entre los factores relevantes: los músculos activos liberan moléculas con efectos antiinflamatorios, mientras que el sedentarismo se asocia con señales inflamatorias.
Las infecciones dejan efectos que pueden acumularse
Las infecciones provocan una reacción defensiva necesaria, aunque una elevada carga de enfermedades a lo largo de la vida podría tener consecuencias posteriores.
El experto citó un estudio sobre adultos que crecieron en períodos de alta mortalidad infantil. Quienes estuvieron expuestos a una mayor circulación de enfermedades infecciosas registraron una mortalidad más alta en la vejez.
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Uno de los virus bajo estudio es el citomegalovirus (CMV). Muchas personas lo contraen sin advertir síntomas relevantes y el microorganismo permanece en el organismo. Puede reactivarse cuando aumenta el estrés o disminuye la capacidad defensiva.

La persistencia del CMV exige atención continua por parte de ciertas células inmunitarias. Con los años, esa dedicación puede desplazar otras funciones y acelerar el envejecimiento de las defensas.
Un trabajo realizado en California indicó que las personas con mayores niveles de anticuerpos contra el virus tuvieron un 40% más de probabilidad de morir durante la década siguiente que aquellas con niveles menores.
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La vacunación contra la gripe y el coronavirus, el lavado frecuente de manos, una correcta cocción de alimentos y el uso de mascarilla en escenarios de alto riesgo figuran entre las medidas preventivas mencionadas.

La higiene bucal también aparece como un componente de ese cuidado: cepillado e hilo dental reducen la presencia de bacterias perjudiciales en la boca y podrían vincularse con un menor riesgo de enfermedades cardíacas y demencia.
El timo pierde capacidad desde edades tempranas
El timo, ubicado detrás del esternón y delante del corazón, produce linfocitos T, células centrales para la respuesta adaptativa frente a infecciones y cáncer. Su actividad disminuye de manera progresiva desde etapas tempranas de la vida y, después de la pubertad, parte de su tejido funcional es reemplazado por grasa.
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A los 30 años, el grado de involución es variable: muchas personas todavía conservan tejido tímico detectable, aunque su capacidad para producir nuevos linfocitos T ya se redujo de forma considerable respecto de la infancia.
Estudios por tomografía detectaron tejido tímico residual en buena parte de los adultos de entre 30 y 39 años, pero su presencia no equivale necesariamente a una función inmunitaria plena.

Los científicos investigan tratamientos con terapia génica, fármacos que actúan sobre el gen FOXN1 y células madre para restaurar o reemplazar parte de esa función.
También existen ensayos iniciales con combinaciones hormonales y metformina en hombres de entre 51 y 65 años. Mientras esas estrategias avanzan, el ejercicio mostró resultados de interés.
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La médula ósea concentra nuevas estrategias de investigación
La médula ósea produce las células que dan origen a las distintas familias inmunitarias. Con la edad, puede inclinarse hacia la formación de células mieloides, vinculadas con una respuesta rápida e inespecífica, en detrimento de las células linfoides, entre ellas los linfocitos B y T.
Investigadores probaron anticuerpos dirigidos contra células madre envejecidas con esa tendencia mieloide. En ratones mayores, el procedimiento restableció parte del equilibrio inmunitario y mejoró la respuesta frente al virus Friend después de la vacunación.

Otra línea de trabajo bloqueó la interleucina-11 (IL-11), una molécula que promueve inflamación. Los ratones que recibieron ese tratamiento en la mediana edad vivieron un 25% más que otros animales del estudio.
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Los trasplantes de médula ósea, usados desde hace décadas para tratar cánceres sanguíneos, también abrieron preguntas sobre un posible reinicio del sistema inmunitario. Por ahora, su uso implica riesgos que impiden aplicarlo en personas sanas, aunque los estudios en animales evalúan alternativas menos agresivas.
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