Cuándo un niño está listo para salir con amigos sin supervisión de un adulto

Atención al entorno, buen juicio ante imprevistos y responsabilidad son los criterios que una experta en desarrollo infantil propone evaluar antes de ceder más autonomía

Ilustración de tres niños con bicicletas y una pelota caminando por una acera arbolada, mientras una mujer los mira desde la puerta de una casa.
Una investigación publicada en la revista Paediatrics & Child Health sostiene que los menores se desarrollan a ritmos diferentes (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La posibilidad de que los niños de alrededor de 12 años salgan con sus amigos sin la supervisión de un adulto depende de su madurez, de las condiciones del entorno y de acuerdos familiares, no de una edad fija. Así lo plantea un artículo de Michelle Andrews Luke, docente de Psicología Educativa de la Universidad de Melbourne, publicado en The Conversation y recogido por Phys.org.

La situación suele surgir durante las vacaciones escolares, cuando los menores piden ir al parque, al patio de recreo o a locales cercanos. Según describe la autora, la pregunta típica que lanzan los chicos es: “Todos mis amigos van. ¿Puedo salir con ellos?”. Para madres, padres y cuidadores, esa primera petición puede generar dudas sobre si el hijo está preparado para desplazarse o jugar sin compañía adulta.

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Andrews Luke sostiene que cada niño se desarrolla a un ritmo diferente y que la madurez no es igual en todos los casos. Por eso, según explica, no existe una edad ideal fija para que los chicos estén con compañeros fuera de casa sin supervisión, más allá de que la pregunta suela aparecer alrededor de los 12 años.

La autonomía ofrece oportunidades para decidir y afrontar imprevistos

Niños jugando al fútbol, en bicicleta y consultando un reloj en un parque con vegetación, viviendas y un cruce peatonal al fondo.
La salida de los niños sin supervisión de un adulto depende de la madurez individual y los acuerdos familiares antes que de una edad fija (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las actividades independientes pueden contribuir al bienestar de los niños, según plantea la autora en el artículo. Contar con libertad para reunirse con amigos les permite explorar su entorno, tomar decisiones y responder ante dificultades inesperadas, experiencias vinculadas con el desarrollo de la autonomía, la confianza y la capacidad de recuperación frente a los problemas.

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Actividades al aire libre como andar en bicicleta, de acuerdo con el texto, permiten a los chicos aprender a manejar situaciones de riesgo moderado e incertidumbre, lo que podría reducir sus probabilidades de desarrollar ansiedad. Además, la autora cita investigaciones sobre niños cuyos padres permitían que jugaran y se desplazaran por sus vecindarios, que indican que esa libertad puede ayudar a consolidar amistades y a construir un sentido de comunidad.

La independencia, sin embargo, no implica dejar de lado la evaluación adulta. El planteo de Andrews Luke es que las familias consideren tanto las capacidades del menor como las circunstancias concretas de cada salida antes de tomar una decisión.

La seguridad vial y los extraños concentran las inquietudes de los padres

Ilustración en acuarela de una niña con mochila frente a un paso peatonal, un semáforo, bicicletas aparcadas y un parque al fondo.
La libertad para reunirse con amigos y resolver imprevistos reduce las probabilidades de desarrollar ansiedad en la infancia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aunque muchos cuidadores reconocen las ventajas de una mayor autonomía, persiste la preocupación por los peligros que pueden aparecer fuera del hogar. Una encuesta realizada en Nueva Zelanda en 2019, publicada en International Journal of Environmental Research and Public Health, consultó a más de 2.000 padres sobre el juego con riesgo, las salidas sin compañía adulta y los obstáculos para permitir una vida más independiente a sus hijos.

Las inquietudes principales que relevó ese trabajo fueron la seguridad vial, por el riesgo de accidentes de tránsito, y el denominado “peligro de los extraños”, referido a la posibilidad de que los niños se encuentren con adultos que representen una amenaza.

Frente a esas dudas, el primer paso que recomienda la autora es conversar con el hijo o la hija. Una pregunta posible es “¿qué te hace sentir preparado para salir por tu cuenta?”. La respuesta, según explica, puede ayudar a los adultos a valorar cómo percibe el menor sus propias responsabilidades y límites.

Tres aspectos permiten medir la preparación de un niño

Ilustración de un niño caminando por la acera con un teléfono celular, dos amigos al fondo y dos adultos en el pórtico de una casa.
Una encuesta realizada en Nueva Zelanda identificó a la seguridad vial y a los desconocidos como los principales temores de los padres (Imagen Ilustrativa Infobae)

La preparación puede evaluarse a partir de varios aspectos. El primero es si el menor presta atención a lo que ocurre alrededor y reconoce posibles peligros. Por ejemplo, señala la autora, debe poder advertir la llegada de una tormenta y entender que necesita buscar refugio.

También es necesario considerar su capacidad de juicio ante hechos inesperados. El artículo propone el caso de que se pinche la rueda de la bicicleta: la cuestión es si el chico podría pensar con claridad y resolver la situación, o pedir ayuda de forma adecuada.

La responsabilidad constituye el tercer punto central, ya que las familias pueden preguntarse si el niño cumple instrucciones, si es confiable para regresar a la hora acordada y si respetará los límites fijados. Estos elementos, según plantea Andrews Luke, ofrecen una base más concreta que la edad para decidir sobre una salida sin adultos.

Los acuerdos y los recorridos cercanos permiten ampliar la confianza de forma gradual

Ilustracion en acuarela de un niño y sus padres en la cocina con un mapa, una hoja de normas, un telefono y una mochila sobre la mesa.
El diálogo sobre las razones para salir solos permite a los adultos evaluar la noción de responsabilidad del menor (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando los cuidadores consideran que el menor está listo, pueden fijar reglas claras. Entre ellas, establecer una zona determinada, definir una hora de regreso y pedir que avise si llegará tarde. Otra posibilidad es acordar que permanezca junto a sus compañeros durante toda la salida.

La autora sugiere comenzar por actividades próximas al hogar, como caminar hasta un parque y volver. Si la experiencia funciona y se fortalece la confianza entre ambas partes, los trayectos pueden durar más tiempo o realizarse en lugares más alejados.

También resulta útil prever con el niño qué hacer ante un inconveniente, si requiere ayuda o necesita comunicarse con su familia. Aunque las primeras experiencias sin supervisión directa pueden resultar intimidantes para los adultos, Andrews Luke concluye que el tiempo con amigos sin acompañamiento puede contribuir a que los menores crezcan, se desarrollen y prosperen.

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