Qué ocurre cuando la casa deja de ser un refugio para la salud mental de los niños

El consumo problemático, el duelo, la enfermedad y otras crisis familiares pueden quebrar las funciones de cuidado. Muchos chicos crecen en estado de alerta, pendientes de los adultos y obligados a sostener cargas que no les corresponden, cuyas marcas pueden persistir durante años

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Los niños que crecen con adultos con consumos problemáticos desarrollan un estado constante de alerta e hipervigilancia. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuando yo era chica, todas las noches me sentaba junto a la ventana y miraba hacia la esquina por la que debía aparecer mi papá. Necesitaba verlo desde una cuadra antes. Observaba cómo caminaba, cómo se movía, si caminaba rápido, lento o tambaleante. En esos pocos metros intentaba descifrar qué nos esperaba esa noche, aunque no me sirviera para nada.

En aquel momento desconocía palabras como hipervigilancia, angustia anticipatoria o inversión de los cuidados. Aunque tenía incorporado un kit de supervivencia mental, para mí, para mi hermano y mi mamá.

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En el consultorio he recibido a muchos niños y niñas que crecen en ese mismo estado de alerta. Las sustancias pueden ser distintas —alcohol, cocaína, marihuana, psicofármacos utilizados compulsivamente—, pero en sus relatos se repite una experiencia: la vida familiar comienza a organizarse alrededor del consumo y de las transformaciones que produce en el adulto encargado de cuidar.

Los niños y niñas aprenden a reconocer el ruido de una llave, la forma de apoyar los pies, el volumen de la voz, una respiración, una mirada o una demora. Señales que para otras personas pasarían inadvertidas adquieren un “valor premonitorio”. Les permiten anticipar el estado del adulto y calcular cómo comportarse. Cada uno sabe cuándo conviene hablar, esconderse, distraer a un hermano o permanecer lo más invisible que se pueda.

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Una mujer en camisa azul claro abraza a una niña rubia con una expresión de temor en sus ojos, quien mira directamente a la cámara.
La psicóloga Sonia Almada señala que la sociedad y los adultos deben responsabilizarse de devolver el derecho a la infancia. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cuerpo y el psiquismo se sobreadaptan a vivir preparados para la urgencia. Incluso durante los períodos de calma conservan la tensión de quien espera que algo ocurra en cualquier momento. La tranquilidad se vuelve un intervalo frágil y un privilegio que pocas veces pueden permitirse, y este estado puede acompañar a lo largo de toda la vida.

Los consumos problemáticos atraviesan todas las clases sociales. En las familias con menos recursos, la situación puede volverse todavía más compleja cuando faltan redes que puedan cuidar, tratamientos accesibles o un lugar seguro al cual recurrir. En las familias con mayores recursos, el consumo puede permanecer durante mucho tiempo encubierto por una vida que continúa funcionando hacia afuera: el trabajo, la escuela, las rutinas y los compromisos. Esa apariencia vuelve más difícil reconocer lo que ocurre dentro de la casa y los niños y niñas pasan inadvertidos cargando con ese peso imposible.

La ausencia en los cuidados tampoco tiene siempre la forma de un abandono visible. A veces el adulto está presente y, sin embargo, no se encuentra psíquicamente disponible. La seguridad material y la seguridad afectiva son experiencias diferentes.

Primer plano de una niña con cabello oscuro. La niña tiene las manos abiertas cubriendo su rostro, que está en sombra. Viste una camiseta gris. Fondo oscuro.
El secreto familiar sobre la adicción profundiza el daño psíquico de los niños y dificulta la búsqueda de ayuda.

En la ficción hay varios ejemplos también. En la novela “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Țîbuleac, la autora muestra con crudeza poética este desgarro. Mika, una pequeña niña, muere de manera inesperada, su hermano mayor, Aleksy, tiene ocho años. La pérdida destruye a la familia. La madre queda durante meses en un estado casi catatónico, aferrada a los guantes de la niña muerta, y rechaza a Aleksy cada vez que intenta acercarse. El padre, que ya bebía antes de la tragedia, intensifica el consumo de alcohol hasta pasar los días embriagado y finalmente abandona a la familia.

Mientras cada adulto queda absorbido por su propia devastación, el hijo se pierde. Aleksy crece sintiéndose ignorado, rechazado y culpado por haber sobrevivido. Ese desamparo se transforma con los años en una violencia dirigida hacia los demás y hacia sí mismo.

He asistido en terapias familiares y vinculares a procesos de resignificación de estos momentos complejos que atraviesan muchas familias. Cuando se pone en palabras la adicción, el rechazo, la distancia y se explica que muchas de las conductas vividas dentro del hogar tienen una explicación profunda, resulta en un alivio reparador de parte del daño.

El trabajo llevará tiempo, pero el reconocimiento devuelve coherencia a fragmentos, validación a sentimientos ignorados y la esperanza de recuperar el vínculo.

Adolescente sentado en escaleras de un pasillo escolar, abrazando una mochila azul con el rostro parcialmente oculto. Se observan casilleros al fondo.
Los niños y niñas se ubican en un segundo plano, obligados a convivir con el miedo, el silencio y responsabilidades adultas

No hablar de lo que pasa dentro de una familia ante una tragedia, enfermedades o consumos profundiza el daño psíquico. El secreto ocupa un lugar central. Muchas familias niegan, minimizan o disfrazan el consumo y las pérdidas. Muchas no saben cómo enfrentarlo, otras son inconscientes de lo que les está pasando.

Los niños y niñas más pequeños perciben que existe algo de lo que está prohibido hablar, aunque nadie haya formulado esa prohibición. Cuando son más grandes callan por vergüenza, por temor a las consecuencias y también por amor. Intentan proteger la imagen de la mamá o del papá. Evitan invitar amigos, inventan explicaciones, limpian rastros. Disimulan y simulan otra vida, como pequeños actores.

En esos vínculos conviven el amor, el miedo, la bronca, la necesidad y la esperanza. Un niño puede temer la llegada de su padre y, al mismo tiempo, esperar que llegue; enojarse con su madre y protegerla frente a los demás; desear alejarse y sentirse culpable por hacerlo. Contar lo que sucede puede sentirse como una traición hacia la misma persona de la que necesita protegerse. También puede aparecer el miedo a ser separado de su familia y a que la revelación provoque algo todavía peor.

Los lugares, los roles y las funciones se pervierten. Niñas y niños cuidan a sus hermanos, contienen al adulto, esconden llaves, revisan medicamentos, evitan discusiones o se ocupan de que la casa siga funcionando. En psicología llamamos parentificación a esta inversión de las responsabilidades, en la que los hijos terminan asumiendo tareas materiales y emocionales que corresponden a los adultos. Profundicé sobre este fenómeno en esta columna.

En una escena de la vida cotidiana, una madre señala a su hija, que responde con una mirada de frustración. Este momento representa un desafío en el proceso de crianza, mostrando cómo el enojo puede surgir de malentendidos o diferencias de opinión. La fotografía subraya la necesidad de abordar estos conflictos con empatía y buscar soluciones que fortalezcan la relación parental. (Imagen ilustrativa Infobae)
La psicología denomina parentificación al fenómeno donde los hijos asumen responsabilidades emocionales y materiales de sus padres (Imagen ilustrativa Infobae)

La sobreadaptación de un niño es siempre beneficio adultocéntrico y puede ser celebrada por la escuela y por la familia mientras encubre un enorme costo psíquico. Otros niños y adolescentes expresan el dolor mediante dificultades para aprender, irritabilidad, aislamiento, síntomas, problemas de sueño, miedo, agresividad o consumos propios. Cada uno arma con los recursos disponibles una manera de atravesar aquello que excede su capacidad de sostén y elaboración.

Un metaanálisis publicado en la revista Addiction en 2023 reunió 17 estudios y los datos de más de 47.000 participantes. Encontró que crecer con el consumo problemático de la madre o del padre se asociaba con mayores dificultades emocionales y conductuales y con una mayor posibilidad de desarrollar consumos propios. Aquello que durante la infancia permitió sobrevivir a una vida imprevisible puede continuar actuando mucho después, cuando el peligro ya pasó.

Estas experiencias dejan marcas, a veces graves y persistentes. Algunas personas logran elaborar parte de lo vivido cuando encuentran adultos confiables, vínculos estables y espacios de tratamiento. Otras continúan soportando durante años el costo psíquico de su infancia invisibilizada.

La posibilidad de recuperación existe, pero requiere tiempo, recursos y condiciones reales de cuidado.

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Detrás de consumos problemáticos, pérdidas y enfermedades, hay niños y niñas que aprenden a leer señales, callar lo que ocurre y adaptarse a una vida marcada por la incertidumbre (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los dispositivos de atención suelen concentrarse en la persona que consume. Mientras tanto, los hijos e hijas permanecen en un segundo plano, como acompañantes silenciosos de un problema adulto inabordable. Pocas veces reciben un espacio propio donde elaborar el miedo, el enojo, las responsabilidades asumidas y las escenas que continúan habitando su memoria.

Ningún niño ni ninguna niña debería crecer sosteniendo lo que desborda a los adultos, ni acomodar su vida alrededor de sus crisis, sus pérdidas o sus consumos. La infancia es para siempre.

Asumir el cuidado del sistema familiar fragilizado y de los niños atrapados en estas lógicas es responsabilidad de los adultos, las instituciones y de toda la sociedad.

Cuidarlos también es devolverles el derecho a vivir su infancia.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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