
Dolor o molestia abdominal, calambres, hinchazón, gases, diarrea, constipación o una alternancia entre ambos pueden alterar la rutina de quienes conviven con síndrome de intestino irritable (SII). Los nuevos criterios de Roma V, las pautas elaboradas por expertos que definen los síntomas, la frecuencia y la duración necesarios para diagnosticar trastornos de la interacción intestino-cerebro, cambian la forma de diagnosticar este trastorno y reducen las exigencias sobre la frecuencia de los síntomas, con el objetivo de contemplar mejor los cuadros que llegan a la consulta médica.
La quinta versión de los Criterios de Roma fue presentada en 2026 en Gastroenterology en el artículo “Disorders of Gut-Brain Interaction and the Rome V Process”. El trabajo resume siete años de revisión de estudios y consenso de especialistas de la Fundación Roma, el organismo internacional que actualiza estas definiciones aproximadamente cada década.
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El síndrome de intestino irritable (SII) es uno de los trastornos digestivos más frecuentes y se caracteriza por dolor o molestia abdominal junto con alteraciones del tránsito intestinal. Según se detalla en una nota reciente de Infobae, la International Foundation for Gastrointestinal Disorders estima que afecta a cerca del 10 % de la población mundial. Sus episodios pueden incluir calambres, distensión, gases y cambios en la frecuencia o el aspecto de las heces, con diarrea, constipación o una alternancia entre ambas, y pueden afectar la calidad de vida.
Mayo Clinic señala que el dolor y la hinchazón suelen relacionarse con la evacuación. También pueden aparecer sensación de vaciamiento incompleto o mucosidad en las heces. Se trata de un cuadro crónico que requiere un manejo sostenido, aunque solo una parte de los pacientes presenta síntomas graves. Según la institución, no produce lesiones en el tejido intestinal ni incrementa el riesgo de cáncer colorrectal.
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Además de reincorporar la molestia abdominal como un síntoma válido, Roma V establece que el dolor o malestar debe aparecer al menos tres días por mes durante los últimos tres meses. La actualización reemplaza el umbral más alto que había fijado Roma IV y que, según los autores, dejaba fuera a pacientes con síntomas clínicamente relevantes.
El SII puede causar dolor, distensión y cambios en las evacuaciones
En la Argentina, cerca de uno de cada diez adultos cumple con criterios para el síndrome de intestino irritable, uno de los trastornos de la interacción intestino-cerebro más frecuentes y una causa habitual de consulta en gastroenterología.
El cuadro puede incluir dolor abdominal o calambres vinculados con la evacuación, distensión, gases y cambios en la forma o la frecuencia de las heces. Algunas personas presentan diarrea; otras, constipación; y un tercer grupo alterna ambos síntomas. También pueden aparecer sensación de evacuación incompleta o mucosidad en las heces.
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El SII es una condición crónica, aunque la intensidad de sus manifestaciones varía. La mayoría de las personas no presenta síntomas graves y puede lograr un mejor control mediante cambios en la alimentación, los hábitos cotidianos y el manejo del estrés.

Roma IV, publicada en 2016, había limitado el criterio diagnóstico al dolor y exigía que apareciera al menos un día por semana. El nuevo consenso reincorpora el término “molestia” porque algunos pacientes no describen su experiencia como dolor, aunque los síntomas afecten sus actividades o su calidad de vida.
El cambio también baja la frecuencia mínima: el dolor o la molestia deben presentarse tres días al mes, en vez de una vez por semana. El grupo de especialistas que elaboró Roma V sostuvo que el criterio anterior redujo la prevalencia estimada de SII de alrededor del 10 % al 4 %.
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Para los autores, la exigencia más alta permitió identificar casos con síntomas más intensos, pero dejó fuera a personas con manifestaciones compatibles que consultan y pueden requerir tratamiento.
El dolor continuo orienta hacia otras causas de malestar abdominal
Roma V precisa que el dolor o la molestia vinculados con el SII no deben ser continuos. Esa aclaración busca diferenciarlo de otros cuadros, como el síndrome de dolor abdominal de origen central, en el que el malestar puede persistir de forma constante.
La consulta médica también es importante porque no todos los síntomas intestinales corresponden a un SII. La pérdida de peso sin explicación, el sangrado rectal, la diarrea nocturna, la anemia por deficiencia de hierro, los vómitos inexplicables o un dolor que no mejora al evacuar o expulsar gases requieren una evaluación profesional para descartar otras enfermedades.
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Según Mayo Clinic, el SII no causa lesiones en el tejido intestinal ni aumenta el riesgo de cáncer colorrectal. Sin embargo, los cambios persistentes en los hábitos evacuatorios no deben atribuirse de forma automática a este diagnóstico.
Los criterios clínicos amplían la evaluación en el consultorio
Roma V diferencia los criterios destinados a la investigación de los que se usan en la práctica clínica. En el consultorio, los especialistas podrán considerar con mayor peso la característica de los síntomas y el impacto que tienen sobre las actividades diarias.
Los llamados criterios clínicos de Roma permiten que la frecuencia sea menor que el umbral utilizado en estudios científicos si el cuadro resulta molesto, interfiere con la vida cotidiana o lleva a una persona a pedir ayuda. También sugieren que, en general, ocho semanas pueden ser suficientes para avanzar con una evaluación, sin exigir los seis meses de duración que se usaban como referencia en versiones anteriores.
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El diagnóstico sigue requiriendo una revisión de los antecedentes y de las señales de alarma. Según el perfil del paciente, el médico puede decidir si son necesarios estudios complementarios.
La interacción entre intestino y cerebro es parte del enfoque actual

La actualización también consolida el abandono de la expresión “trastornos gastrointestinales funcionales”. Roma V utiliza trastornos de la interacción intestino-cerebro, una denominación que busca evitar la idea de que los síntomas son imaginarios o que responden solo a causas psicológicas.
La causa exacta del SII no se conoce. Entre los mecanismos que se estudian aparecen las contracciones intestinales, la sensibilidad aumentada del aparato digestivo, alteraciones en la comunicación entre el cerebro y el intestino, cambios en la microbiota, infecciones gastrointestinales previas y factores de estrés.
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El estrés no causa por sí solo el síndrome, pero puede empeorar o volver más frecuentes los síntomas. Algunos alimentos y bebidas también pueden actuar como desencadenantes en determinadas personas, entre ellos productos lácteos, trigo, legumbres, bebidas gaseosas o comidas que producen gases.
El tratamiento depende de los síntomas y de su impacto cotidiano
El abordaje puede incluir ajustes en la dieta, identificación de desencadenantes, actividad física y estrategias para reducir el estrés. Cuando los síntomas son más intensos, el profesional puede indicar medicamentos para la diarrea, la constipación o el dolor, además de acompañamiento psicológico o tratamientos conductuales centrados en el eje intestino-cerebro.
El consenso de Roma V propone que el manejo no se limite a contar días con dolor o molestias. La intensidad de los síntomas, su efecto sobre la vida cotidiana y las condiciones asociadas deben formar parte de la evaluación de cada paciente.
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El documento también revisó a quiénes dejan afuera los criterios rígidos

El artículo de Drossman, Chang y Tack advierte que los criterios diagnósticos estandarizados son útiles para reunir grupos comparables en estudios y ensayos clínicos, pero pueden resultar demasiado estrictos para la atención cotidiana. En una investigación internacional citada por los autores, con más de 50.000 participantes, el 41,4 % cumplía los criterios para al menos un trastorno de la interacción intestino-cerebro y otro 25 % tenía síntomas gastrointestinales sin alcanzar una categoría diagnóstica.
Ese último grupo presentó peor calidad de vida relacionada con la salud, además de mayores niveles de ansiedad, depresión y uso de servicios de salud que quienes no tenían síntomas digestivos. A partir de esos datos, Roma V recomienda usar criterios clínicos más flexibles en la práctica asistencial, siempre con una evaluación que permita descartar otras causas cuando sea necesario.
El consenso también señala que estos trastornos pueden superponerse. Un paciente puede tener síntomas en más de una zona del aparato digestivo o cumplir criterios para más de un diagnóstico, una situación que se asocia con mayor impacto en la vida diaria. Por eso, los autores proponen que la atención no se limite a una etiqueta diagnóstica y considere factores clínicos, biológicos, psicológicos y sociales.

El yoga, un complemento para aliviar los síntomas del SII
Una revisión sistemática publicada en la revista Comprehensive Physiology evaluó las pruebas disponibles sobre el uso del yoga para el manejo del síndrome de intestino irritable. Según una nota reciente de Infobae, el trabajo encontró que las personas que practicaban esta disciplina registraban menos síntomas digestivos y menores niveles de ansiedad y depresión.
El posible efecto se vincula con el eje intestino-cerebro, la red de comunicación bidireccional entre el aparato digestivo y el sistema nervioso central. Esa interacción ayuda a entender por qué el estrés puede desencadenar o agravar el dolor, la distensión y otros malestares intestinales.
El yoga combina movimiento, respiración controlada y atención plena. De acuerdo con la Sociedad Americana de Fisiología, esos elementos pueden favorecer la activación del sistema nervioso parasimpático, asociado con el estado de descanso y digestión. Los autores de la revisión advirtieron que todavía se necesitan más estudios para precisar qué tipos de práctica, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo pueden aportar beneficios sostenidos.
Por ese motivo, los hallazgos ubican al yoga como una alternativa complementaria dentro del manejo del SII, sin reemplazar la evaluación médica ni los tratamientos indicados para cada paciente.
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