Por qué los expertos proponen entrenar el olfato desde la infancia

El investigador Will Tullett planteó incorporar actividades para reconocer y describir aromas en la escuela y el hogar, con posibles aportes a la memoria, la alimentación y el bienestar emocional

Una niña y un niño están agachados frente a plantas de lavanda y menta en un jardín con arbustos de colores.
El olfato en la infancia cumple un papel en la memoria, la percepción y el reconocimiento del entorno desde los primeros años de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Durante los primeros años de vida, los sentidos cumplen una función central en la forma en que los chicos conocen el entorno, organizan experiencias y construyen referencias sobre lo que los rodea. Todos intervienen en ese proceso de manera simultánea, aunque no siempre reciben la misma atención en los ámbitos educativos y familiares. En el caso del olfato, su presencia suele ser más silenciosa, pero está asociada a la memoria, la identificación de señales del ambiente y distintas respuestas emocionales.

Esa dimensión empieza temprano. Distintos trabajos sobre desarrollo sensorial en la infancia señalan que participa en la exploración cotidiana y en la relación con el mundo desde edades muy tempranas. También puede aportar información relevante para reconocer objetos, alimentos y situaciones, además de integrarse con otras formas de aprendizaje y percepción.

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En ese marco, la propuesta de enseñar a los niños a prestar más atención a los olores y a desarrollar un lenguaje para describirlos introduce un tema poco frecuente en la conversación pública sobre bienestar y crianza. Según Will Tullett, en una entrevista a The Guardian, una mejor educación olfativa podría mejorar el bienestar y ampliar la comprensión del entorno.

El olfato, entre el bienestar cotidiano y una habilidad poco entrenada

Capacidad de oler, olfato, anosmia, nariz y olores (Imagen Ilustrativa Infobae)
La educación olfativa puede incorporarse en la escuela primaria, la secundaria y el hogar como una práctica cotidiana de atención a los olores (Imagen Ilustrativa Infobae)

Will Tullett, investigador de la Universidad de York, planteó que el olfato merece una atención más sistemática en la educación de chicos y adolescentes. De acuerdo con la nota en The Guardian, el especialista advirtió que la capacidad de distinguir aromas puede verse afectada por cambios en el entorno contemporáneo, entre ellos la contaminación y la expansión de fragancias sintéticas en productos y espacios de uso diario.

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Sostuvo que hoy muchos objetos y ambientes fueron despojados de sus olores originales y luego “reodourizados” con perfumes artificiales. En ese contexto, afirmó que todavía no está claro qué efecto puede tener esa proliferación de fragancias sintéticas sobre la capacidad de las personas para diferenciar olores.

A partir de ese diagnóstico, el investigador propuso una forma de educación olfativa que no se limite al ámbito especializado. Indicó que ese entrenamiento podría empezar en la escuela primaria y secundaria, y también desplegarse en el hogar. La idea central, de acuerdo con su planteo, es incorporar el uso consciente del olfato como una práctica cotidiana, del mismo modo en que se ejercitan otras capacidades de observación y descripción.

Entre los ejemplos que mencionó, Tullett comparó ese aprendizaje con la práctica de los sommeliers, que amplían su repertorio olfativo a través de la exposición repetida a distintos aromas. Según desarrolló, oler más productos y prestar atención a sus diferencias ayudaría a construir un vocabulario más amplio para describir experiencias sensoriales y establecer comparaciones entre ellas.

El científico también vinculó esa capacidad con situaciones concretas de la vida diaria. Afirmó que puede aportar información útil para evaluar la frescura de los alimentos y tomar decisiones que no dependan únicamente de la fecha de vencimiento. En esa línea, relacionó el entrenamiento del olfato con temas de seguridad alimentaria y sostenibilidad, al considerar que puede influir en la forma en que se interpreta el estado de ciertos productos.

Niño con suéter de lana que se inclina hacia varias flores de lavanda en un jardín arbolado.
Tullett sostuvo que entrenar el olfato ayuda a construir un vocabulario para describir aromas y comparar experiencias sensoriales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otro de los ejes de su argumento fue la relación entre olor y salud emocional. Según indicó en The Guardian, diversos estudios han mostrado una conexión estrecha entre los olores, la capacidad de disfrutarlos y el bienestar general, mientras que la pérdida del olfato suele aparecer asociada a depresión, ansiedad y otros síntomas.

El olfato puede aumentar la participación infantil

La idea de que el sentido puede ocupar un lugar más activo en la infancia también aparece en investigaciones recientes sobre aprendizaje. Un estudio publicado en la revista Early Child Development and Care observó la lectura compartida de libros con superficies aromáticas entre diez díadas de adultos y niños en sus hogares. De acuerdo con ese trabajo, la interacción con libros de rascar y oler permitió identificar formas específicas de participación olfativa durante la lectura.

Las autoras Natalia Kucirkova e Ida Bruheim Jensen analizaron cómo adultos y chicos activaban el olfato mientras leían juntos y propusieron una tipología para describir ese intercambio. Según explicaron, las conductas observadas incluyeron olfatear, inhalar de forma intensa y dispersar el aroma con la mano o los dedos, en un marco de interacción multisensorial donde también participaron la vista, el tacto y el movimiento corporal.

Primer plano de la nariz y la piel de una persona con poros visibles y pecas claras.
los estímulos olfativos aumentan la participación y que la identificación de olores mejora entre los 3 y los 6 años (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otro trabajo, publicado en Educational Open Research, exploró esa misma relación en formato digital. El experimento incluyó a 65 niños noruegos de 4 y 5 años y comparó la lectura de libros digitales con y sin estimulación olfativa. Según indicó ese artículo, la participación infantil fue significativamente mayor en la condición con estímulos olfativos, con una diferencia estadísticamente significativa y un tamaño de efecto grande.

A la vez, una investigación publicada en Pediatric Research sobre la prueba U-Sniff mostró que el rendimiento en la identificación de olores aumenta entre los 3 y los 6 años y que, a partir de los 4 años, esa herramienta puede distinguir de forma fiable entre función olfativa normal y anosmia. Según el estudio, la edad, la identificación visual de imágenes y la capacidad de atención influyen en ese desempeño, lo que refuerza la idea de que el olfato forma parte del desarrollo infantil y puede evaluarse de manera sistemática.

En conjunto, estas investigaciones trazan un escenario que dialoga con la propuesta de Tullett. Por un lado, muestran que el sentido participa en experiencias de lectura, atención e identificación desde la primera infancia. En ese punto, la educación olfativa aparece menos como una receta cerrada que como una invitación a incorporar una capacidad cotidiana que, hasta ahora, tuvo un lugar menor en la conversación sobre infancia y bienestar.

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