
Una investigación publicada en Gut aportó pruebas de cómo una dieta rica en grasas puede favorecer el cáncer colorrectal al alterar el microbioma intestinal y aumentar la producción de ácidos biliares secundarios.
El hallazgo suma una explicación biológica al aumento de este tumor y muestra qué puede ocurrir dentro del colon cuando ese patrón alimentario se sostiene en el tiempo.
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Por qué los alimentos grasos pueden elevar el riesgo de cáncer colorrectal
El punto central del estudio es que la grasa no actúa de manera aislada ni solo por su vínculo con el aumento de peso. Su efecto también depende de los cambios que provoca en el intestino.

Una alimentación alta en grasas y baja en fibra favorece ciertas bacterias intestinales que modifican compuestos producidos por el organismo. Ese proceso genera un ambiente que estimula la proliferación de células del colon. Cuando las células se dividen más veces, aumentan las posibilidades de que se acumulen errores en el ADN, y eso puede facilitar el desarrollo tumoral.
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El trabajo coloca así al microbioma intestinal como una pieza clave para entender por qué la dieta occidental aparece de manera reiterada entre los factores asociados con este cáncer.
Qué descubrió la investigación

Los autores se propusieron demostrar una relación causal y no solo una asociación. Hasta ahora, distintos estudios observacionales habían detectado que ciertos ácidos biliares secundarios eran más frecuentes en personas con cáncer colorrectal, pero faltaba probar si podían participar de forma directa en la promoción del tumor.
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Para responder esa pregunta, los investigadores combinaron ensayos en cerdos con predisposición genética al cáncer colorrectal, modelos de ratones con microbiota controlada, organoides de colon humano y análisis metagenómicos en cohortes humanas.
El ácido desoxicólico, conocido como DCA, apareció como uno de los compuestos centrales del mecanismo. En los modelos experimentales, su aumento estuvo acompañado por mayor proliferación celular y por una carga tumoral más alta.
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Cómo intervienen los ácidos biliares en este proceso

El proceso comienza en el hígado. Cada vez que se consumen grasas, el organismo produce ácidos biliares primarios para ayudar a descomponerlas y absorberlas. La mayor parte se reabsorbe, pero una fracción llega al colon.
Allí intervienen bacterias intestinales capaces de transformar esos ácidos biliares primarios en secundarios. Entre ellos aparece el ácido desoxicólico, que en este estudio quedó asociado con un aumento de la proliferación de las células epiteliales del colon.
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Ese dato es relevante porque la multiplicación celular sostenida incrementa el riesgo de mutaciones. Con el tiempo, la acumulación de fallas en la replicación genética puede favorecer la aparición y el crecimiento de tumores. El estudio describe así una cadena concreta entre dieta alta en grasas, metabolismo bacteriano y riesgo de cáncer.
El papel clave del microbioma intestinal

La investigación también refuerza la idea de que no todas las bacterias del intestino tienen el mismo efecto. Los autores se concentraron en microorganismos con actividad 7α-deshidroxilante, conocida como 7αDH, capaces de convertir ácidos biliares primarios en secundarios.
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Entre ellos apareció Clostridium scindens, junto con bacterias emparentadas, como una de las especies vinculadas con esta vía. En los análisis de muestras humanas, los genes asociados con esa transformación se detectaron con más frecuencia en personas con cáncer colorrectal.
El microbioma intestinal funciona en este caso como un intermediario entre lo que se come y la respuesta biológica del colon. Esa observación ayuda a entender por qué dos personas pueden tener exposiciones parecidas a ciertos alimentos, pero no desarrollar el mismo riesgo.
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Qué mostraron los experimentos en animales y en muestras humanas

En cerdos con predisposición genética al tumor, la dieta occidental agravó el fenotipo del cáncer colorrectal y elevó los niveles de DCA. Los investigadores observaron además una mayor proliferación de células en el revestimiento del colon. Ese efecto se redujo con colestiramina, un fármaco que secuestra ácidos biliares.
En ratones, el equipo añadió bacterias 7αDH positivas, entre ellas Clostridium scindens y Extibacter muris, a comunidades intestinales definidas. Los animales con esas bacterias produjeron más DCA y desarrollaron una mayor carga tumoral en modelos de cáncer inducido por vía química y genética.
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La investigación sumó además análisis metagenómicos de más de mil personas con y sin cáncer colorrectal. Los operones bacterianos bai, ligados a esta vía metabólica, aparecieron con mayor frecuencia en las heces de pacientes con la enfermedad, lo que reforzó la consistencia del hallazgo.
Por qué este hallazgo importa en un contexto de aumento de casos en menores de 50

La importancia del estudio va más allá del laboratorio. En los últimos años, distintas investigaciones mostraron un crecimiento de los diagnósticos de cáncer colorrectal en adultos jóvenes. Ese cambio llevó a revisar las edades recomendadas para iniciar controles en algunos países.
En una nota previa, Infobae había recogido la preocupación de especialistas de Stanford Medicine, centro académico de medicina de la Universidad de Stanford y de referentes argentinos, que advertían que el aumento no se explica solo por mejores estudios de detección. Entre los posibles factores aparecían la obesidad, la dieta occidental, el sedentarismo y las alteraciones del microbioma.
En ese contexto, el trabajo de Gut aporta una base biológica para una hipótesis que ganaba peso. Sugiere que los cambios alimentarios registrados en las últimas décadas pueden haber modificado el entorno intestinal de una manera que favorece el crecimiento tumoral.
Cuáles son los otros factores de riesgo que ya estaban identificados

La dieta alta en grasas no es el único factor asociado con este cáncer. Organismos internacionales y sociedades médicas ya habían señalado el consumo de carnes rojas y procesadas, el bajo aporte de fibra, el exceso de peso, la inactividad física, el tabaco y el alcohol.
También existen factores no modificables, como la edad, los antecedentes familiares y síndromes hereditarios como el de Lynch. El nuevo estudio no reemplaza ese conocimiento, sino que lo complementa.
La principal novedad es que ofrece una explicación de cómo una parte de la dieta occidental puede traducirse en cambios medibles dentro del colon, con impacto sobre la proliferación celular y el riesgo tumoral.
Qué síntomas no deberían pasarse por alto

El cáncer colorrectal puede no dar señales al inicio. Cuando aparecen síntomas, suelen incluir sangre en las heces, sangrado rectal, cambios persistentes en el ritmo intestinal, diarrea o estreñimiento, dolor abdominal, hinchazón, pérdida de peso inexplicable, fatiga o anemia.
Los especialistas advierten que en personas jóvenes esos signos muchas veces se atribuyen a hemorroides u otros trastornos digestivos frecuentes. Esa demora puede hacer que el diagnóstico llegue en etapas más avanzadas.
Ante síntomas persistentes o antecedentes familiares, la recomendación es consultar con un profesional para evaluar estudios de detección.
Qué implicancias abre para la prevención y futuros tratamientos

Los resultados abren una línea de trabajo sobre estrategias dirigidas al microbioma intestinal o al metabolismo de los ácidos biliares. Entre las hipótesis futuras aparecen intervenciones para modificar bacterias de riesgo o para reducir la exposición del colon a compuestos como el DCA.
Sin embargo, la aplicación clínica de esas posibilidades todavía requiere más investigación. Por ahora, el mensaje principal sigue siendo preventivo.
Reducir el consumo de alimentos grasos y ultraprocesados, aumentar la ingesta de fibra, hacer actividad física y evitar tabaco y alcohol se mantiene entre las medidas más consistentes para bajar el riesgo.
Qué se sabe hoy sobre controles y detección temprana

Las guías de pesquisa varían según el país, la edad y los antecedentes familiares, pero en varios sistemas de salud se recomienda iniciar los controles desde los 45 años en personas con riesgo promedio, y antes cuando existen antecedentes directos.
La colonoscopía continúa como el método más conocido porque permite detectar y extraer pólipos en el mismo procedimiento. También ganaron espacio pruebas como el test inmunoquímico fecal para sangre oculta.
Mientras avanza la investigación sobre la relación entre microbioma intestinal, ácidos biliares y dieta occidental, los médicos sostienen una advertencia constante. Los hábitos saludables pueden reducir el riesgo, pero no reemplazan los controles ni la consulta temprana ante síntomas de alarma.
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