
Vivir bien o vivir mucho: las mujeres mayores de 50 prefieren disfrutar antes que sumar años, según revela un estudio con más de 6.000 personas en Inglaterra. La investigación, que analizó seis dimensiones de las preferencias de salud en adultos de mediana edad y mayores, encontró que las mujeres se inclinan claramente por la calidad de vida por encima de la longevidad, mientras que los varones tienden a priorizar la duración de la vida y a confiar más en sus médicos para tomar decisiones.
Ese contraste no es el único que surge del análisis. A medida que avanza la edad, también cambian las actitudes frente al riesgo y los tratamientos novedosos: las personas de 75 años o más se muestran más conservadoras y más dispuestas a dejar en manos de los profesionales las decisiones sobre su atención. Con todo, el estudio advierte que la diversidad de respuestas fue tan amplia que no permite trazar el perfil de un “paciente mayor típico”.
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Los resultados surgen de un estudio publicado en la revista PLOS One, elaborado por investigadores de la University of East Anglia, University College London, la Universidad de Manchester y el Institute for Fiscal Studies. El trabajo aporta pruebas en un momento en que los sistemas sanitarios impulsan cada vez más la toma de decisiones compartida, una modalidad en la que médicos y pacientes evalúan juntos las opciones de tratamiento según los valores y prioridades de cada persona.

Nicholas Steel, profesor de la Norwich Medical School de University of East Anglia, afirmó que las mujeres tuvieron una probabilidad significativamente mayor de priorizar la calidad de vida por encima de la duración, y una menor inclinación a querer que los médicos tomaran decisiones por ellas. También indicó que fueron más cautelosas frente a los riesgos y menos proclives a probar tratamientos experimentales, según el comunicado de prensa.
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Qué investigó el estudio y por qué importa
El análisis se apoyó en datos de la English Longitudinal Study of Ageing, una encuesta de largo plazo sobre envejecimiento en Inglaterra que viene recopilando información desde 2002. El paper indica que los investigadores examinaron respuestas de 6.098 personas a partir de cuestionarios completados durante 2016 y 2017. La edad promedio fue de 66 años y el 52% de la muestra correspondió a mujeres.
Los autores buscaron describir cómo se distribuyen ciertas preferencias generales de salud, una información distinta de la que surge cuando se pregunta por una enfermedad puntual. Para eso relevaron seis áreas: aversión al riesgo (inclinación a evitar situaciones inciertas o peligrosas); orientación hacia el futuro (el peso que cada persona da a las consecuencias de largo plazo por sobre el bienestar inmediato); prioridad entre calidad o duración de la vida; valoración de la función corporal frente a la apariencia; apertura a tratamientos experimentales y preferencia por dejar las decisiones terapéuticas al médico.
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Ese enfoque parte de una preocupación concreta: identificar las preferencias de cada paciente lleva tiempo, algo difícil de resolver en consultas breves o en situaciones clínicas complejas. Conocer tendencias generales puede ofrecer una guía inicial, aunque —como subrayan los propios autores— no sustituye la conversación individual.
Diferencias entre mujeres, varones y grupos de edad
Uno de los hallazgos centrales del estudio fue la brecha por sexo. El trabajo concluye que las mujeres mostraron una mayor tendencia que los varones a preferir calidad de vida antes que extensión de la vida, a evitar riesgos y a rechazar tratamientos experimentales. Además, fueron menos propensas a delegar en el médico las decisiones sobre su atención.
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En sentido inverso, el comunicado de prensa señala que los varones se mostraron más inclinados a entregar el poder de decisión a los profesionales y menos dispuestos a poner la calidad de vida por delante del mero hecho de vivir más tiempo. Esa diferencia no implica que todas las personas de un mismo grupo piensen igual, pero sí marca una tendencia estadística dentro de la muestra analizada.

La edad también apareció como un factor. Las personas de 75 años o más tuvieron mayor probabilidad que quienes estaban entre los 50 y los 64 años de evitar riesgos, rechazar tratamientos experimentales y dejar las decisiones terapéuticas en manos del médico, según el paper. Además, ese grupo etario privilegió el buen funcionamiento corporal, cuya referencia apunta a cómo responde el cuerpo en la vida cotidiana, por encima de la apariencia física.
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Steel señaló, según el comunicado de prensa, que quizás el hallazgo más sorprendente fue la enorme diversidad de opiniones registradas. Las respuestas se distribuyeron a lo largo de todo el rango de opciones disponibles para la mayoría de las preguntas, lo que muestra que no existe un enfoque único válido para las preferencias sanitarias de los adultos mayores.
Por qué el hallazgo no define a un “paciente típico”
Aunque el estudio detectó patrones por edad, sexo y nivel educativo, el paper y el comunicado de prensa insisten en que las preferencias fueron muy diversas. Las personas con menos oportunidades educativas resultaron más proclives a dejar las decisiones de tratamiento en manos de sus médicos. Oby Enwo, investigadora de la Norwich Medical School de la University of East Anglia y coautora del trabajo, afirmó que ese resultado subraya la necesidad de analizar cómo lograr que la toma de decisiones compartida llegue a todos por igual, según el comunicado de prensa.
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Paola Zaninotto, profesora de Estadística y Epidemiología en University College London, coautora del estudio y subdirectora de la English Longitudinal Study of Ageing, sostuvo que las opiniones variaron de manera muy amplia y que por eso resulta importante que los profesionales conversen con sus pacientes sobre lo que más les importa, en lugar de partir de supuestos, según el comunicado de prensa.
El paper llega a una conclusión similar con un lenguaje más técnico: “Las diferencias sistemáticas por sexo y edad ofrecen un punto de partida útil para indagar las preferencias sanitarias en un entorno clínico con poco tiempo, pero no pueden reemplazar preguntar por las preferencias individuales”. Los datos pueden orientar una primera aproximación, mas no sirven para cerrar de antemano qué querrá cada paciente.
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La toma de decisiones compartida, una práctica en la que profesionales y pacientes evalúan juntos beneficios, riesgos y prioridades personales, aparece así como uno de los puntos de fondo de la investigación. Según se detalla en el estudio, ese modelo busca combinar la mejor evidencia disponible con los valores de cada persona. El nuevo trabajo no propone reemplazar esa conversación por categorías demográficas, sino facilitarla en un escenario de envejecimiento poblacional y consultas cada vez más complejas.
Más allá del estudio, Steel subrayó: “Mientras la edad, el sexo y la educación pueden ofrecer pistas útiles sobre las preferencias sanitarias, los deseos de cada paciente siguen siendo únicos”.
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