
Robert Kiyosaki, autor de Rich Dad, Poor Dad (“Padre Rico, Padre Pobre”)—uno de los libros de finanzas personales más vendidos en la historia—, declaró públicamente estar endeudado por 1.200 millones de dólares. La revelación generó un frenesí mediático instantáneo: ¿cómo podía el gurú del dinero estar al borde de la quiebra? La respuesta, como casi todo en la vida de Kiyosaki, es más compleja, más contradictoria y más fascinante de lo que cualquier titular podría sugerir.
El número en cuestión no representa una deuda personal en el sentido convencional. Según Kim Kiyosaki, ex esposa y socia comercial del autor, los 1.200 millones de dólares corresponden a la deuda total de un grupo de inversores inmobiliarios, distribuida entre unas 1.500 unidades de departamentos. La porción personal de Kiyosaki dentro de esa cifra sería, en todo caso, una fracción: dado que afirma percibir unos 3 millones de dólares anuales, su deuda individual podría estimarse entre 30 y 60 millones de dólares. “Técnicamente, sí, tenemos toda esa deuda”, reconoció Kim, “pero está respaldada por activos reales.”
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La aclaración no disminuye el impacto retórico del anuncio, que fue deliberado. “Le encanta decir cosas que impactan”, admitió Kim. Y Kiyosaki, fiel a su estilo, usó el escándalo como una lección más de su filosofía de inversión: en el mundo de los bienes raíces, la deuda no es el enemigo sino la herramienta. Lo que importa no es cuánto se debe, sino si los bancos siguen prestando. “Los banqueros nunca pidieron una libreta de calificaciones”, dijo Kiyosaki durante una entrevista a Vanity Fair en su residencia de Phoenix, Arizona.

Una vida construida sobre contradicciones
La historia de Robert Kiyosaki no puede contarse sin comenzar por Hilo, en la isla grande de Hawái, donde nació en 1947 como nieto de inmigrantes japoneses. Fue el mayor de cuatro hermanos en una familia que vivió la historia del siglo XX desde un rincón del Pacífico: el tsunami de 1960 que arrasó parte de la ciudad y mató a varios compañeros de clase; las pruebas nucleares de julio de 1962, cuyo destello tiñó el horizonte de blanco, rojo y negro desde la ventana del comedor de los Kiyosaki; y la llegada, ese mismo verano, de los primeros voluntarios del recién creado Cuerpo de Paz de Estados Unidos, a cuyo centro de formación en Hilo fue convocado el padre de Kiyosaki, Ralph Kiyosaki, primer superintendente de educación japonés-americano del estado.
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Ralph era, en todos los sentidos, un hombre distinguido. Educador de carrera, administrador público respetado, candidato a vicegobernador en las elecciones de 1970 junto al republicano Samuel King. Perdieron esa contienda, y los golpes que siguieron fueron devastadores: el fallecimiento del abuelo de Kiyosaki tres meses después, y el de su madre —quien murió a los 49 años— un mes más tarde. “Lo dejó de rodillas”, recordó Tenzin, la hermana del autor. “No creo que se haya recuperado del todo.”
Durante las dos décadas siguientes, Ralph encontró trabajo con dificultad. Su hijo lo observó con una mezcla de amor y alarma. “Observar a papá en sus últimos años me dio una visión del futuro”, escribió Kiyosaki más tarde. “Allí estaba: un hombre altamente educado, trabajador, socialmente responsable, en apuros al final de su vida.” Ralph murió en 1991. Su hijo no estaba a su lado; su hija Tenzin sí.
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La guerra de Vietnam y la búsqueda del sentido
Antes de convertirse en escritor, Kiyosaki fue piloto de helicóptero artillado en Vietnam. Mató a “mucha gente”, según sus propias palabras, y casi muere cuando su aeronave cayó al océano tras un aparente acto de sabotaje por parte de otro estadounidense. Al volver a Hawái, se encontró desorientado. “La mayoría de las mujeres en mi vida en ese momento eran chicas de guerra y prostitutas”, escribió en Rich Brother, Rich Sister, el libro que escribió junto a su hermana Tenzin. Pasó por la programación neurolingüística, las regresiones a vidas pasadas y el sexo tántrico sin encontrar respuestas.
El quiebre llegó en un seminario en Waikiki dirigido por Werner Erhard, creador del programa de transformación personal conocido como EST, cuyos métodos de choque psicológico eran tan controvertidos como eficaces para algunos. Kiyosaki encontró allí una revelación que describiría durante décadas: “Soy un mentiroso. Soy un mentiroso y un tramposo. Por eso siempre estaba en problemas.”
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El segundo hito llegó en 1981, en una conferencia en Lake Tahoe donde conoció al filósofo y arquitecto R. Buckminster Fuller, inventor de las cúpulas geodésicas y exponente de un pensamiento utópico sobre la energía, los recursos y el potencial humano. Kiyosaki describe ese encuentro con un fervor casi religioso: cada vez que Fuller hablaba, “era como si algo explotara dentro de mí. Una bola de fuego que giraba por dentro, y empezaba a llorar.” Fuller le formuló una pregunta que lo marcó: “¿Cuál es tu propósito en la vida?” Kiyosaki respondió que quería enriquecerse. Fuller lo reprendió. “Es un desperdicio de una mente brillante”, le dijo. “Ve y haz lo que Dios quiere que se haga.” La misión de Kiyosaki quedó redefinida: no enriquecerse a sí mismo, sino enseñar a otros cómo hacerlo.

El libro que traicionó —y honró— a un padre
Rich Dad, Poor Dad, publicado en 1997 de forma independiente, estructuró ese propósito en torno a una premisa narrativa que Kiyosaki describe como una revelación instantánea: tenía dos padres, uno rico y uno pobre. El padre rico era Richard Kimi, propietario de una cadena hotelera en Hawái que incluía el Waikiki Biltmore, cuya identidad Kiyosaki mantuvo en secreto hasta 2018. El padre pobre era Ralph.
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La decisión de retratar a su propio padre como un ejemplo de lo que no se debe hacer generó una fractura familiar que Kiyosaki reconoce sin eufemismos: “Me odiaron por eso”. Sus hermanos quedaron consternados. La ironía más dura es que Kimi, el supuesto héroe del libro, apenas tuvo presencia real en su vida: Tenzin dice nunca haberlo conocido, y Kiyosaki admite no haber asistido a su funeral. Fue Ralph quien, cuando su hijo quiso lanzar un negocio de billeteras con velcro en los años 70, tomó una segunda hipoteca sobre su casa para prestarle 100.000 dólares. Kimi no le dio nada.
El libro fue redactado a partir de 600 páginas de material disperso en archivos y disquetes. Sharon Lechter, coautora que figura en las ediciones originales aunque fue posteriormente removida de los créditos tras una larga disputa legal, seleccionó los mejores fragmentos y los organizó en seis lecciones distribuidas en diez capítulos. Desde su publicación, Rich Dad, Poor Dad ha vendido más de 44 millones de ejemplares y fue traducido a al menos 43 idiomas. Su primera edición fue distribuida por Amway, la empresa de marketing multinivel, antes de ser reimpresa por Warner Books tras una aparición de Kiyosaki en The Oprah Winfrey Show en la primavera de 2000.
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El método de la deuda y sus críticos
La filosofía financiera de Kiyosaki puede resumirse en tres principios: invertir en activos que generen flujo de caja positivo, evitar los impuestos con todas las herramientas legales disponibles, y asegurarse de cobrar primero en cualquier acuerdo. Su aplicación práctica a lo largo de los años incluye pozos de petróleo, minas de oro, ganado Wagyu —“No mato al ganado. Vendo el semen. Así hay flujo de caja y flujo de semen”, le dijo a un periodista— y, sobre todo, bienes raíces.
El mecanismo de la deuda que usa Kiyosaki es propio del modelo que algunos llaman el “método Donald Trump”: cuando el valor de una propiedad sube, se pide un préstamo contra ese capital y se trata ese dinero como ingreso libre de impuestos. Cada inversión queda aislada dentro de una sociedad de responsabilidad limitada (LLC). Si una falla, el banco asume la pérdida, no el inversor. “Si todo se va al diablo, habla con mi abogado”, dijo Kiyosaki. “Los cortafuegos: así es como los ricos juegan el juego.”
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Los críticos, sin embargo, apuntan a un historial salpicado de polémicas. En 2008 enfrentó una disputa con Lechter por los derechos de autor del libro. En 2012, Rich Global LLC, que vendía seminarios basados en los principios del libro, declaró la bancarrota después de que un juez ordenara el pago de 24 millones de dólares a un ex socio comercial. Una demanda colectiva contra Rich Dad Education alegó que los seminarios tenían como “único propósito” llevar a los participantes a comprar cursos cada vez más caros, con costos de hasta 64.899 dólares por inscripto; el caso fue desestimado por razones técnicas. Y en las redes sociales, Kiyosaki ha demostrado una llamativa disposición a contradecirse: en junio de 2025 afirmó que “el ascenso del oro acaba de comenzar”; dos semanas después publicó: “Me equivoqué. ¡El oro sigue cayendo!”.
El hombre detrás del gurú
La residencia de Kiyosaki en Phoenix —una fantasía marroquí de adobes oscuros y puerta rosa que adquirió por 4,5 millones de dólares tras su divorcio— dice tanto de él como sus libros. Dentro hay una vitrina con la edición cromada de su libro Capitalist Manifesto: How Entrepreneurs Can Save Capitalism (2021), un juego de mesa llamado Cashflow que diseñó para enseñar alfabetización financiera, y un museo personal con listas de best-sellers enmarcadas, una placa por un millón de reproducciones del podcast de Rich Dad, y fotografías junto a Oprah Winfrey, Boris Johnson y Robert F. Kennedy Jr. Un rincón está dedicado a su etapa en los Marines: una medalla al mérito aéreo, una maqueta de helicóptero, y un cuadro de sí mismo con una chaqueta de vuelo en la que alguien escribió con marcador “Semper Fi” y “MAGA”.
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Con Donald Trump —con quien publicó dos libros, Why We Want You to Be Rich (2006) y Midas Touch (2011)— mantiene una relación de afecto ruidoso. “Lo quiero. Es un imbécil, pero no hay dos Donald Trump”, dice Kiyosaki. Los planes para un tercer libro se frustraron cuando Trump anunció su candidatura presidencial.
A sus 79 años, Kiyosaki sigue viajando y dando conferencias. Kim, que conserva su rol de socia comercial pese al divorcio, le insiste en que se tome un descanso. La respuesta es invariable: “Amo enseñar. Amo enseñar.” La pareja, que no tiene hijos, planea crear una fundación de educación financiera que heredará sus activos cuando mueran.
La sombra del padre
Existe una lectura alternativa de toda la obra de Robert Kiyosaki que no pasa por los balances ni por los juicios: la de un hijo que nunca terminó de procesar a su padre. El propio Kiyosaki escribió en Rich Brother, Rich Sister que quiso “salvar a otros de lo que mi padre estaba enfrentando” y, en algún sentido, salvarlo también a él. En esa lógica, el libro que convirtió a Ralph en símbolo del fracaso financiero no sería una traición sino una forma torcida de rendir homenaje.
Tenzin recuerda que cuando Ralph agonizaba de cáncer de pulmón, en medio del dolor, solo un texto lograba darle “un breve sentido de paz y aceptación”: el poema “The Road Not Taken”, de Robert Frost. Le pedía a su hija que lo leyera una y otra vez. En las páginas iniciales de Rich Dad, Poor Dad, Kiyosaki cita ese mismo poema para justificar su alejamiento del camino que su padre le trazó. No eligió el mismo camino, pero eligió el mismo poema.
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