
Las bacterias que sobreviven a los antibióticos sin volverse resistentes representaron durante décadas un misterio para la microbiología. La resistencia bacteriana, que neutraliza directamente el efecto del fármaco, tiene un largo historial de investigación. Pero existe otro fenómeno más silencioso: la tolerancia, por la cual algunas ralentizan sus funciones al mínimo, esperan a que el antibiótico desaparezca y reanudan su crecimiento. Cómo opera ese mecanismo a nivel molecular era, hasta ahora, una incógnita.
Investigadores del Hospital de Investigación Infantil St. Jude, en Memphis, Tennessee, dieron un paso concreto en esa dirección. El equipo identificó, en modelos animales, una estrategia molecular que permite a la bacteria Streptococcus pneumoniae —una de las principales causantes de neumonía, meningitis e infecciones en el torrente sanguíneo— entrar en un estado temporal de tolerancia ante los antibióticos.
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El mecanismo involucra cambios en la regulación del ARN, el material genético que funciona como intermediario entre los genes y las proteínas que fabrican las células. Cuando ese sistema se altera, una proporción de las bacterias logra apagar sus procesos celulares, esquivar el daño del tratamiento y reanudar su crecimiento una vez que el antibiótico se retira, según los resultados publicados en la revista Cell Host & Microbe.

El hallazgo tiene implicaciones directas para el tratamiento de infecciones graves, especialmente en niños con cáncer u otras afecciones que debilitan las defensas del organismo. En esos pacientes, las infecciones por S. pneumoniae son particularmente difíciles de controlar y pueden derivar en complicaciones severas.
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“Poder atacar las poblaciones bacterianas que son refractarias al tratamiento con antibióticos es absolutamente crítico“, afirmó Jason Rosch, doctor en ciencias y autor principal del estudio, del Departamento de Interacciones Huésped-Microbio de St. Jude, en el comunicado de prensa.
Cómo sobreviven sin volverse resistentes
El fenómeno que describieron los investigadores del el Hospital de Investigación Infantil St. Jude no responde a una mutación individual de una bacteria particularmente “fuerte”, sino a una lógica de población. Ante la presión del antibiótico y del sistema inmune del huésped, el conjunto de bacterias no reacciona de manera uniforme: la mayoría muere, pero un subgrupo minoritario adopta un estado de baja actividad que le permite resistir el tratamiento y, una vez eliminado el fármaco, retomar el crecimiento.
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En el campo de la biología evolutiva, ese mecanismo se conoce como bet-hedging —o “apuesta distribuida”—, una estrategia de supervivencia por la cual una población divide sus respuestas ante el estrés para aumentar las probabilidades de que al menos una fracción sobreviva. Es el equivalente bacteriano de “no poner todos los huevos en la misma canasta”.
“Es esencialmente una estrategia de supervivencia basada en la población”, explicó Rosch en el comunicado de prensa. “Si todas las células respondieran al antibiótico de la misma manera, la población tendría menos probabilidades de sobrevivir. En cambio, encontramos que mientras la mayoría moría, un pequeño subconjunto sobrevivía transitoriamente a la exposición al antibiótico e impulsaba el recrecimiento una vez finalizado el tratamiento”, agregó.
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Para llegar a esas conclusiones, el equipo diseñó un modelo de evolución experimental en ratones con tres estados inmunológicos distintos: animales con defensas intactas (sin modificación del sistema inmunitario), otros sin neutrófilos —glóbulos blancos cuya función principal es combatir infecciones bacterianas (neutropenia)—, y un tercer grupo sin macrófagos, células inmunitarias cuya función es fagocitar (engullir y destruir) microorganismos y restos celulares (depleción de macrófagos). Posteriormente, sometieron a la bacteria a 10 antibióticos de diferentes clases.

El trabajo abarcó aproximadamente 20.000 generaciones bacterianas bajo la presión simultánea de los fármacos y el sistema inmune del huésped. A pesar del aumento progresivo de las dosis en siete de los 10 esquemas, las poblaciones bacterianas no fueron erradicadas. Las bacterias sobrevivían sin desarrollar resistencia clásica, lo que orientó la investigación hacia mecanismos alternativos de supervivencia.
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El estudio también indagó por qué la resistencia convencional no aparecía con más frecuencia. La respuesta, según se detalla en el trabajo, es que muchas mutaciones de resistencia que funcionan en el laboratorio resultan contraproducentes dentro del organismo vivo: vuelven a la bacteria más lenta y más vulnerable al sistema inmune.
Ese costo biológico actúa como un filtro evolutivo que canaliza a la población bacteriana hacia la tolerancia —una estrategia menos costosa— en lugar de la resistencia. La excepción que confirma la regla fue la rifampicina, único antibiótico ante el cual sí surgieron mutaciones de resistencia clásica, porque en ese caso el costo biológico es mínimo.
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El rol del ARN en la tolerancia bacteriana

El mecanismo molecular detrás de esa respuesta involucra cambios en la regulación del ARN —ácido ribonucleico, el mensajero que lleva las instrucciones genéticas desde el ADN hacia la maquinaria que produce proteínas—. Los análisis de célula única realizados por el equipo revelaron mutaciones en rny, que codifica una proteína conocida como RNasa Y, la cual actúa como andamiaje del “degradosoma”, el complejo celular encargado de degradar el ARN. En términos simples, ese complejo funciona como el sistema de limpieza del ARN dentro de la bacteria: decide qué mensajes genéticos se conservan y cuáles se destruyen.
Cuando el antibiótico ataca a las bacterias sin mutaciones, el estudio describe un proceso que denomina "colapso transcripcional“: la bacteria intenta compensar el daño produciendo ARN de manera descontrolada, pero termina acumulando moléculas fragmentadas e inútiles que aceleran su muerte.
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Las mutaciones en rny, en cambio, invierten esa lógica. Según se detalla en el trabajo, las bacterias mutantes activan una degradación rápida y selectiva de su propio ARN ante el estrés: en lugar de colapsar en el caos, desactivan sus funciones de forma ordenada y preservan un núcleo de mensajes genéticos de alta calidad que les permite mantenerse en un estado de hibernación funcional.

Lo que el análisis de célula única reveló con precisión fue que esa estrategia no es homogénea dentro de la población mutante. El trabajo identifica dos subpoblaciones: una mayoría que entra en ese estado quiescente de bajo ARN, y una minoría —de alrededor del 12% de las células— que mantiene un perfil transcripcional casi idéntico al estado basal sin estrés, lista para retomar el crecimiento de inmediato.
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Cuando el antibiótico se retira, ambas subpoblaciones contribuyen a la recuperación: la minoría se divide, mientras la mayoría sale del estado latente y se reprograma. El estudio describe ese proceso de reactivación como un “reinicio ribosomal”: al retomar la actividad, las bacterias mutantes priorizan la reconstrucción de los ribosomas —las fábricas de proteínas de la célula— antes que cualquier otro proceso, lo que les permite acelerar su retorno al crecimiento exponencial.
Según el comunicado de prensa de St. Jude, el hallazgo aporta nuevas perspectivas sobre cómo se desarrollan las infecciones persistentes y podría orientar estrategias para mejorar la efectividad de los antibióticos existentes.

“Creo que esto realmente nos abre los ojos al hecho de que las bacterias tienen muchas más estrategias para evadir los antibióticos de lo que actualmente apreciamos. El tratamiento con antibióticos puede fallar incluso en ausencia de resistencia tradicional, y esto revela la importancia de los mecanismos de tolerancia que permiten a las bacterias persistir", afirmó Rosch en el comunicado de prensa.
Un dato adicional que surge del estudio refuerza la relevancia clínica del hallazgo: las mutaciones en rny no confieren tolerancia a un único antibiótico, sino a múltiples clases. El estudio muestra que variantes seleccionadas bajo presión de fluoroquinolonas también protegieron a las bacterias frente a betalactámicos —antibióticos que actúan inhibiendo la síntesis de la pared celular bacteriana, como la penicilina y sus derivados— y glucopéptidos —otro grupo que bloquea la construcción de esa misma pared por una vía distinta, como la vancomicina—.
Esa tolerancia cruzada sugiere que la bacteria no desarrolló una defensa específica contra cada fármaco, sino que accedió a un programa general de tolerancia al estrés activado por la modulación del ARN.
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