
Dos personas pueden recibir el mismo diagnóstico de esclerosis múltiple y, aun así, vivir recorridos muy distintos. Una puede tener brotes de visión borrosa, hormigueos o fatiga intensa y luego recuperarse parcialmente. Otra puede notar una pérdida progresiva de fuerza, equilibrio o movilidad que le dificulta caminar varias cuadras, subir escaleras o sostener una jornada laboral completa.
Esa diferencia es una de las preguntas centrales para médicos, pacientes e investigadores. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 1,8 millones de personas viven con esclerosis múltiple en el mundo. La enfermedad ocurre cuando el sistema inmunitario ataca el cerebro y la médula espinal, y puede afectar funciones cognitivas, emocionales, motoras, sensoriales o visuales.
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Un estudio del Instituto de Neurociencias de los Países Bajos aporta una posible explicación para esa diversidad de trayectorias. La investigación halló que la esclerosis múltiple no sigue un único proceso biológico, sino combinaciones distintas de inflamación, lesiones y reparación del tejido nervioso que se asocian con su gravedad y velocidad de progresión.

El análisis se basó en 287 cerebros de personas con la patología donados al Netherlands Brain Bank. Según informó la Real Academia Neerlandesa de Artes y Ciencias (KNAW), se trata de la mayor cohorte de esclerosis múltiple bien caracterizada disponible en la actualidad. Los resultados fueron publicados en la revista científica Acta Neuropathologica.
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En términos simples, el hallazgo sugiere que la enfermedad puede estar impulsada por distintos “motores” según cada persona. En algunas predomina la inflamación; en otras, pesa más la dificultad para reparar la mielina; y en otras, varios procesos se superponen al mismo tiempo.
La mielina es la capa protectora que recubre las fibras nerviosas y permite que las señales viajen con rapidez y precisión. Puede pensarse como el plástico que cubre un cable eléctrico. Si ese recubrimiento se daña, la comunicación se vuelve más lenta o irregular. En la esclerosis múltiple, el problema no depende solo de cuánto se destruye esa cubierta, sino también de cuánto logra reconstruirla el cerebro.
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Las cuatro claves biológicas que analizaron los investigadores
Los primeros autores, Lukas Lütje y Alida Chen, del grupo de Huitinga, examinaron si existían patrones diferenciados de daño cerebral y reparación del tejido. Para eso, el equipo centró el análisis en cuatro características patológicas observadas en los cerebros donados.
La primera fue la inflamación alrededor de los vasos sanguíneos, una señal de actividad inmunitaria localizada. La segunda fueron las agrupaciones de células inmunitarias en el cerebro. Estas concentraciones reflejan que determinadas defensas del sistema nervioso se activan en zonas donde hay daño.

El tercer rasgo fueron las lesiones crónicas activas de borde amplio. Se trata de áreas dañadas cuya periferia mantiene señales de actividad persistente, como si la lesión no estuviera completamente “apagada” o cicatrizada. Según el estudio, este tipo de marca se vinculó con indicadores de mayor gravedad.
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El cuarto elemento fue la capacidad de remielinización, es decir, la posibilidad de reconstruir la mielina. Si la reparación resulta efectiva, el sistema nervioso puede recuperar parte de su comunicación. En caso de fallar o quedar incompleta, las señales tienden a degradarse con mayor facilidad.
El resultado mostró que esas características no aparecían de forma uniforme entre los donantes. Sus combinaciones se asociaron con distintos patrones de actividad de las lesiones, reparación del tejido y severidad de la enfermedad.
El trabajo refuerza así una idea central: la esclerosis múltiple no opera como una sola vía que avanza igual en todos los pacientes. Más bien, funciona como una red de procesos que pueden combinarse de manera distinta en cada cerebro.
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Qué patrones se asociaron con una evolución más grave
Uno de los vínculos más claros apareció en las lesiones crónicas activas de borde amplio. Las personas que las presentaban tenían más probabilidades de haber tenido formas más graves de la enfermedad.
Según KNAW, esas lesiones funcionaron como un predictor estructural sólido de los cursos clínicos más severos y de progresión más rápida. Dicho de otro modo, no eran una marca aislada en el tejido, sino una señal relacionada con trayectorias más agresivas.

El estudio también halló que una baja capacidad de reparación de la mielina se vinculó con daño tisular crónico, extendido e irreversible. Ese resultado distingue los procesos de deterioro persistente de los episodios agudos. En este trabajo, la menor remielinización no se asoció con brotes aislados, sino con daño cerebral duradero.
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La diferencia puede entenderse con una comparación sencilla. Si un camino se rompe por una tormenta, puede repararse y volver a funcionar. Pero si el arreglo nunca llega o queda incompleto, el deterioro se acumula y cada nuevo tránsito empeora la superficie. Algo similar ocurre con la mielina: cuando el tejido no logra repararse bien, el daño puede volverse más persistente.
La inflamación alrededor de los vasos sanguíneos también se vinculó con un perfil más inflamatorio de la enfermedad. En esos casos, los investigadores observaron mayor actividad inmunitaria dentro del cerebro.

Las agrupaciones de células inmunitarias se relacionaron con una mayor proporción de lesiones activas. Sin embargo, los autores no detectaron diferencias clínicas tan claras entre quienes tenían o no este rasgo. Esto muestra que no todos los cambios visibles en el tejido tienen el mismo peso para anticipar la evolución de la enfermedad.
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Al combinar patología, genética e información clínica, el equipo pudo identificar rasgos específicos de cada donante. Esos perfiles ayudan a explicar por qué la esclerosis múltiple puede avanzar de manera tan dispar entre individuos.
Cómo influye la genética en el daño cerebral
El estudio también encontró asociaciones entre variantes genéticas y ciertos patrones de inflamación o lesión cerebral. Las variantes conocidas por elevar el riesgo de esclerosis múltiple fueron más frecuentes en personas con inflamación alrededor de los vasos sanguíneos y con agrupaciones de células inmunitarias en el cerebro.
Además, una variante ya vinculada con progresión más rápida apareció con mayor frecuencia en personas con lesiones de borde amplio. Para los investigadores, este cruce entre genética, inflamación y daño refuerza la idea de que la enfermedad no avanza por un solo mecanismo, sino por combinaciones que cambian de una persona a otra.
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El trabajo corresponde a investigación básica y no implica una aplicación inmediata en la consulta médica. El próximo paso será encontrar biomarcadores capaces de detectar estos patrones en personas vivas, mediante técnicas de imagen de alta resolución o análisis de fluidos biológicos.
Si esas herramientas se desarrollan, podrían ayudar a seguir la evolución de la enfermedad y a orientar tratamientos más ajustados al mecanismo predominante en cada paciente. Por ahora, el aporte principal del estudio es ofrecer una base biológica para entender por qué la esclerosis múltiple puede avanzar de manera tan distinta entre personas con el mismo diagnóstico.
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