El victimismo como identidad y su costo silencioso para la salud mental

Lo que empieza como una respuesta a una herida puede convertirse en un filtro permanente que atribuye el malestar a terceros, reduce el margen de maniobra y favorece cuadros de ansiedad, depresión e impotencia sostenida

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Un locus de control externo sostiene la idea de que la vida depende de otros, del pasado o de la suerte y limita la acción personal - Imagen Ilustrativa Infobae
Un locus de control externo sostiene la idea de que la vida depende de otros, del pasado o de la suerte y limita la acción personal - Imagen Ilustrativa Infobae

El victimismo puede empezar como una reacción comprensible ante una herida real, pero se vuelve un problema cuando pasa a organizar la identidad y la forma de interpretar la vida: todo lo malo ocurre “por culpa de otros” y la capacidad de acción personal queda reducida. En ese punto, el sufrimiento ya no es solo un hecho del pasado, sino un lente permanente para leer relaciones, conflictos y decepciones, con impacto directo en la salud mental.

Desde la psicología, este patrón no aparece como un trastorno en el DSM-5-TR, pero puede entenderse a través de conceptos estudiados: el locus de control (Julian Rotter), la indefensión aprendida (Martin Seligman) y la autoeficacia (Albert Bandura). En conjunto, estas ideas ayudan a explicar por qué algunas personas, aun reconociendo su dolor, quedan atrapadas en una narrativa donde la responsabilidad siempre está afuera y el cambio parece imposible.

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Qué es el victimismo y por qué se vuelve un patrón “invisible”

Infografía de Infobae con título sobre victimismo e identidad. Ilustraciones de una persona, un espejo roto, gafas, flechas, una jaula y símbolos de ansiedad y depresión.
El texto señala que asumir responsabilidad personal no invalida el dolor ni niega que alguien haya sido víctima - (Imagen Ilustrativa Infobae)

El victimismo no es “inventar” el dolor ni negar experiencias duras. El punto que vuelve el patrón peligroso es otro: cuando la persona transforma una herida en el centro de su vida emocional y termina interpretando todo desde la impotencia, la injusticia y la externalización de la responsabilidad.

En esa lógica, el concepto de locus de control es clave. Rotter planteó dos polos: un locus interno, cuando la persona reconoce que decisiones y hábitos influyen en su vida, y un locus externo, cuando casi todo depende de otros, del pasado, de la suerte o de las circunstancias. Si alguien funciona de forma crónica desde un locus excesivamente externo, el resultado suele ser una percepción sostenida de “no puedo hacer nada” y, con el tiempo, menos acción.

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Algo similar describe la indefensión aprendida de Seligman: después de vivir situaciones repetidas en las que siente que no tiene control, una persona puede dejar de intentar cambiar incluso cuando aparecen oportunidades reales. En terapia, este circuito se ve cuando el deseo explícito de cambiar convive con una narrativa que inmoviliza: la queja se vuelve refugio, y asumir responsabilidad se vive como una amenaza (porque implica miedo, duelo, disciplina y decisiones incómodas).

El texto también insiste en una distinción necesaria: reconocer responsabilidad personal no equivale a invalidar el dolor. Se puede haber sido víctima y, al mismo tiempo, evitar que el rol de víctima se convierta en la forma principal de vincularse con uno mismo, con los demás y con la vida.

Señales de mentalidad de víctima y cómo impacta en tu salud mental

Adolescente con sudadera con capucha marrón y jeans rasgados, sentado en un banco de piedra al aire libre, con la cabeza baja y las manos entrelazadas
El victimismo aparece cuando una herida pasa a ser el centro de la vida emocional y todo se interpreta desde la impotencia y la injusticia - Freepik

El victimismo rara vez aparece de manera obvia. Según el artículo, puede disfrazarse de sensibilidad o de historia difícil y expresarse en frases o ideas repetidas como “nadie entiende lo que me pasó” o “no puedo cambiar por mi historia”. Con el tiempo, la persona deja de recordar el sufrimiento como un evento y empieza a usarlo como explicación universal.

Entre las señales que enumera el texto aparecen: sentirse constantemente incomprendida, interpretar la confrontación como ataque, vivir atrapada en el resentimiento, justificar conductas dañinas usando el pasado, repetir relaciones destructivas, depender de validación ajena, permanecer más tiempo en la queja que en la acción y creer que el bienestar depende de que otros cambien primero.

La consecuencia psicológica de ese circuito es que la persona se queda sin margen de maniobra: si el origen del malestar siempre está afuera, también queda afuera la solución. Y esa sensación sostenida de falta de control se asocia —según el artículo— con más ansiedad, depresión y una percepción de impotencia.

En el mismo sentido, se menciona la autoeficacia (Bandura): cuanto menor control percibe una persona sobre su vida, menor capacidad siente para enfrentar cambios, resolver problemas y recuperarse emocionalmente. En la práctica cotidiana, eso puede traducirse en evitación, rumiación, conflictos relacionales y una dependencia creciente de que “algo externo” acomode lo interno.

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