
A los siete años, Steeven Lara aprendió lo que muchos adultos nunca llegan a entender: el peso de cuidar a otros. Su madre, el único pilar de la familia, salía temprano a trabajar y le confiaba cincuenta colones—equivalentes a seis dólares—para que él, siendo un niño, administrara la comida y el día de sus hermanos.
“Mi mamá me decía: ‘Steeven, voy a ir a trabajar. Te dejo acá cincuenta colones para que puedas darle de comer a tus hermanos’”. Mientras los demás jugaban, Steeven cocinaba frijoles y café, barría la casa y vigilaba el reloj esperando a que su madre regresara agotada, pero siempre luchadora.
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Así, entre rutinas de supervivencia y la sombra de un padre ausente, creció Steeven. La vida le impuso responsabilidades antes de tiempo. A los catorce años, después de conseguir un permiso especial para trabajar en un restaurante de comida rápida, pensó que al fin podría ayudar a su madre a mejorar la situación en casa.
Sin embargo, tras tres meses de recibir su primer salario, su madre y su padrastro murieron en un accidente. “Nuestra vida ahí se derrumbó. Yo era un niño cuidando niños”, recuerda. De golpe, el adolescente se encontró solo, a cargo de tres hermanos que todavía creían en la magia y los juegos.
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La familia extendida, lejos de ser refugio, se convirtió en un escenario de disputas y ausencia. Nadie quiso asumir la tutela ni ofrecer un hogar. Su padre, desde Estados Unidos, mantuvo la distancia y el recuerdo de un abandono que marcó a todos. Una de sus hermanas fue llevada a Estados Unidos siendo aún pequeña y allí vivió años de maltrato antes de lograr independizarse y formar su propia familia.
Supervivencia, trabajo y estudios tras la tragedia
Con el tiempo contado y los recursos siempre al límite, Steeven organizaba los días como un pequeño adulto. Preparaba desayunos, inventaba meriendas con lo poco que había en la despensa y calculaba cada dólar para que sus hermanos pudieran ir a la escuela en microbús y no les faltara lo esencial.
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Si el dinero no alcanzaba, recurría a la tienda del vecino y pedía fiado hasta cien dólares para cubrir la comida o algún antojo de sus hermanos, confiando en que el siguiente pago del restaurante le permitiría saldar la deuda. “Yo hacía horas extras y hasta días que no me tocaba ir a trabajar para sacar más dinero y que me alcanzara para que ellos pudieran estudiar, que no nos faltara la comida”.

El trabajo en el restaurante era exigente, pero también era su salvación. Ciento ochenta dólares quincenales, más lo que lograba reunir en propinas y horas extra, eran el presupuesto familiar. Había días en que las lágrimas le ganaban mientras atendía una mesa o recordaba que ya no podría compartir los triunfos ni las tristezas con su madre. “Yo lloraba y decía: ‘No es justo’. Cuando yo empezaba a trabajar y que iba a ser el apoyo para mi mamá, más lo que mi mamá ganaba íbamos a tener una mejor vida. Y hoy ya no puedo compartir con mi mamá tantas cosas”.
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Aun así, nunca dejó de estudiar. Terminó el bachillerato, se formó como periodista y, con esfuerzo, llegó a ser presentador de televisión en El Salvador. Durante años, combinó el trabajo en los medios con el cuidado de sus hermanos y la administración del hogar.


Disputas familiares y resiliencia
El duelo por la pérdida de sus padres se vio ensombrecido por nuevas batallas: la disputa por la herencia de la casa familiar. Tíos y primos, lejos de ofrecer ayuda, exigieron derechos sobre una vivienda humilde que era lo único seguro para cuatro niños huérfanos. “Siempre hemos sido abusados de parte de la familia de mi mamá, por tíos, primos, hermanos y padres abusivos. Hasta lucharon por querernos quitar la única herencia que mi mamá nos dejó, que era la casa”.
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La convivencia fue dura y, a menudo, marcada por el abuso y la incomprensión. Solo algunos tíos se mantuvieron presentes, aunque de forma esporádica. “De los hermanos de mi mamá sí tenemos un tío que es muy bueno, que siempre ha estado pendiente, pero con cositas, porque él también tiene su familia”.
A pesar de la adversidad, Steeven nunca dejó que sus hermanos se sintieran menos. Trabajó jornadas extendidas, organizó los gastos para que no faltara comida ni educación y se aseguró de que todos pudieran terminar sus estudios. “Siempre vivimos solos. Siempre vivimos solos”, afirma. Lo hizo con la convicción de que, aunque el dolor fuera inevitable, la salida siempre era posible si se mantenían unidos y fieles a los valores que su madre les había enseñado. “El esfuerzo y los consejos que mi mamá nos dio en vida, eso traté siempre de replicar”.
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El futuro de los hermanos Lara: logros y nuevos caminos
La hermana mayor de Steeven fue llevada a Estados Unidos siendo aún una niña. Allí pasó por situaciones difíciles, pero logró independizarse, convertirse en policía y formar su propia familia. Más adelante, la violencia y la inseguridad en Soyapango impulsaron a los dos hermanos menores a buscar un futuro lejos de El Salvador.



La llegada a España fue un salto al vacío: viajaron sin contactos, sin familia ni amigos que los esperaran. Se instalaron en una habitación alquilada y sobrevivieron gracias al apoyo económico que su hermana en Estados Unidos les enviaba cada mes para cubrir lo básico: alquiler, comida y algo de ropa. “Sin ningún contacto, o sea, sin ningún contacto de nada”, recuerda Steeven sobre esa etapa. Para poder trabajar y adaptarse, recurrieron a cursos de formación y a las ayudas de organizaciones para migrantes, aprendiendo a moverse en un país nuevo donde todo era desconocido.
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Steeven permaneció en El Salvador unos años más, apoyando a sus hermanos a distancia hasta que finalmente pudo reunirse con ellos en España gracias al arraigo familiar. La hermana menor, que llegó a España siendo adolescente, logró establecerse y ahora dirige un negocio junto a su pareja. El otro hermano también vive en España y trabaja en una empresa privada tras completar varios cursos de formación. Steeven, por su parte, se mantiene cerca de ellos, trabajando en línea para una empresa de comunicaciones y gestionando sus redes sociales mientras espera el permiso de trabajo definitivo.
Steeven reconoce las huellas emocionales que dejó en él la carga de responsabilidades desde tan pequeño. Recibió ayuda psicológica para enfrentar el síndrome del niño abandonado y procesar el duelo, consciente de que la ausencia de sus padres y el tener que convertirse en sostén de la familia influyeron en su carácter y en sus decisiones de vida. Explica que, aunque debió madurar pronto y hacerse cargo de todo lo doméstico y económico, nunca dejó de sentir que también necesitaba el cuidado y la guía de unos padres.
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Por decisión propia, nunca quiso tener hijos: dice que ya vivió ese rol desde muy pequeño. “Mi etapa de padre ya la viví con mis hermanos. Nos limitamos de muchas cosas, pero de lo poquito que teníamos, logramos hacer muchas cosas”.


Hoy, su mayor recompensa es ver a sus hermanos convertidos en adultos responsables y trabajadores. Sus metas ahora pasan por homologar su título universitario, crecer profesionalmente y, quizás, mudarse a México para seguir su carrera en los medios. Pero por encima de todo, valora la paz y la unidad familiar que tanto costó construir.
A quienes atraviesan la orfandad o el abandono, Steeven les deja un mensaje: “No pierdan los valores que papá y mamá enseñaron en casa. No se dejen sucumbir en la depresión, porque habrán noches que no podrán dormir, que les angustie el futuro, porque la depresión es el exceso de futuro, de estar pensando, la ansiedad”. Recomienda no dejarse pisotear por familiares abusivos y nunca perder de vista los sueños. “Dolor sí va a haber, una pérdida, un abandono emocional, pero se puede salir adelante y, y, creo que con mis hermanos lo hemos logrado y hoy estamos aquí en Europa comiendo, tomándonos algo, compartiendo, disfrutando de la vida y enfocados, soñando siempre y siendo profesionales”.
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