
Un estudio de la Universidad de Pittsburgh sugiere que la dopamina más baja al comienzo de la adolescencia puede impulsar “conductas de riesgo” como el consumo experimental de alcohol, cannabis, nicotina y otras sustancias, y que ese patrón tiende a disminuir con la edad a medida que madura el sistema cerebral de recompensa, según Medical Xpress.
El trabajo, publicado en Nature Communications, analizó a más de 800 adolescentes y reunió más de 6.000 evaluaciones repetidas a lo largo de varios años sobre consumo autoinformado de alcohol y drogas, impulsividad y capacidad para controlar conductas impulsivas, además de estudios cerebrales anuales realizados durante hasta nueve años.
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Los hallazgos cuestionan la idea extendida en la investigación sobre adolescencia de que una dopamina más alta implica una mayor propensión al riesgo. La nueva evidencia apunta en sentido contrario para una parte de los adolescentes y plantea el uso de mediciones no invasivas de dopamina cerebral para orientar futuras investigaciones sobre quiénes podrían necesitar más apoyo en esa etapa del desarrollo.
Ashley Parr, profesora asistente de investigación en psiquiatría de la Escuela de Medicina de Pitt y autora principal del estudio, explicó: “Nuestros resultados sugieren que, para algunos adolescentes, asumir riesgos puede actuar como una forma de ‘poner en marcha el sistema’ cuando la biología de recompensa relacionada con la dopamina es más baja al comienzo de la adolescencia”.
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Parr añadió: “Este hallazgo supone un gran cambio para el campo porque muchas personas asumirían que una mayor actividad de dopamina estaría vinculada con un mayor consumo de sustancias”.

Más dopamina, menos consumo: qué encontró el estudio
El equipo encontró que los adolescentes con niveles más bajos de dopamina en el sistema cerebral de recompensa tenían más probabilidades de probar sustancias que aquellos con niveles más altos. A medida que esos jóvenes crecieron y su sistema dopaminérgico maduró, su consumo tendió a disminuir.
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El estudio también observó que la mayoría de los adolescentes que experimentan con sustancias no desarrollan un trastorno por consumo en la adultez. En conjunto, el consumo de la cohorte descendió después de los años universitarios.
Los investigadores trabajaron con datos del National Consortium on Alcohol and Neurodevelopment in Adolescence and Young Adulthood (NCANDA-A), que permitió seguir cambios en los niveles de dopamina antes, durante y después de que se establecieran patrones de consumo. Ese diseño diferenció este trabajo de muchos estudios centrados en adultos, que suelen medir la dopamina después de años de exposición a sustancias.
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Esa estrategia permitió examinar si las diferencias vinculadas con la dopamina preceden a las conductas de consumo, en lugar de reflejar solo los efectos acumulados del uso de sustancias con el tiempo.
Para estimar el contenido de dopamina, los científicos analizaron escáneres cerebrales con una técnica que mide el hierro en el tejido cerebral como indicador indirecto de esa sustancia. Esa metodología fue desarrollada por Bart Larsen, entonces investigador posdoctoral y hoy en la Universidad de Minnesota, en el laboratorio de Beatriz Luna, autora sénior del estudio y profesora de psiquiatría en Pitt.
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El “pico juvenil”: una fase normal del desarrollo
Los participantes no siguieron una única trayectoria. Algunos mostraron un consumo bajo o mínimo, mientras que otros encajaron en un patrón descrito como “pico juvenil”: un aumento más temprano del consumo en la adolescencia seguido por una caída hacia la mitad de la década de los 20 años.
Ese grupo de “pico juvenil” presentaba niveles de dopamina significativamente más bajos que todos los demás grupos, incluidos quienes siguieron aumentando su consumo con el tiempo y quienes consumían sustancias en la adultez. Cuando los integrantes de ese grupo crecieron, sus niveles de dopamina aumentaron de manera constante y rápida, al mismo tiempo que descendió el consumo.
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Parr dijo: “La pregunta clave es quién continúa y quién intensifica su consumo hasta la adultez”.
La investigadora agregó: “Al seguir a los adolescentes a lo largo del tiempo, pudimos identificar marcadores cerebrales y conductuales tempranos que ayudan a distinguir una experimentación temporal y típica del desarrollo de patrones que pueden señalar un mayor riesgo a largo plazo”.
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El estudio no midió la conducta en redes sociales, aunque los investigadores señalaron que los entornos digitales rápidos y altamente reforzantes podrían activar procesos de recompensa relacionados. Según el portal, informes recientes muestran que hoy menos jóvenes consumen sustancias que en el pasado, y que la participación en redes sociales podría funcionar como una vía alternativa de búsqueda de recompensa. Los patrones diferenciados de toma de riesgos identificados en el estudio podrían usarse en el futuro para estudiar otras formas de búsqueda de recompensa, incluida la conducta en redes sociales.
Luna dijo: “Asumir riesgos es una parte normal de ser adolescente, y para la mayoría de los chicos es una fase que alcanza un pico y luego se suaviza”. Luna añadió: “Los padres pueden ayudar orientando ese impulso hacia experiencias nuevas y gratificantes en espacios sociales positivos como los deportes en equipo, para que los adolescentes busquen esa ‘recompensa’ en lugares más saludables”.
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