
Pese a que existe una vacuna segura y eficaz desde hace décadas, el sarampión no termina de retroceder. En 2024 se registraron alrededor de 11 millones de casos globales y unas 95.000 muertes, en su mayoría niños menores de cinco años, según datos de la Organización Mundial de la Salud. La cobertura vacunal mundial se mantuvo en el 84%, lejos del 95% que la OMS considera necesario para frenar la transmisión, y más de 30 millones de niños permanecieron sin protección suficiente.
Esa brecha se tradujo, desde 2025, en el mayor resurgimiento del virus en América del Norte en tres décadas. Estados Unidos, Canadá y México, con el primero que perdió, en noviembre de 2025, el estatus de erradicación de la enfermedad que mantenía desde 1998. La vacunación, principal herramienta de control, mostró sus límites cuando la adherencia bajó, y las autoridades sanitarias debieron buscar herramientas adicionales.
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Ante ese escenario, una pregunta seguía sin respuesta clara: si un fármaco antiviral podía hacer algo más que aliviar los síntomas de quien ya había enfermado, esto es, si podía cortar la cadena de transmisión e impedir que el virus pasara de un huésped a otro.

Esa hipótesis se puso a prueba en modelos animales de la mano de un equipo del Center for Translational Antiviral Research de la Georgia State University, mediante un candidato terapéutico llamado GHP-88310. Los resultados mostraron que el compuesto, administrado por vía oral tanto de forma preventiva como terapéutica, bloqueó la transmisión del virus por contacto directo y por vía aérea, y redujo en cinco días el período durante el cual los animales infectados podían contagiar a otros. El hallazgo se publicó en la revista Nature Microbiology.
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Un modelo animal para estudiar la transmisión del sarampión
Dado que el virus del sarampión infecta exclusivamente a humanos y no cuenta con un reservorio animal, los investigadores trabajaron con el virus del moquillo canino en hurones, un patógeno de la misma familia que el sarampión, capaz de producir en esa especie una enfermedad de curso similar: fiebre alta, erupción cutánea y una caída abrupta del recuento de linfocitos, las células del sistema inmune que combaten infecciones. En animales sin tratamiento, la infección resulta invariablemente mortal en un plazo de diez a catorce días.
Para reproducir condiciones de transmisión comparables con las que ocurren entre personas, el equipo diseñó dos sistemas de exposición. El primero colocó a animales sanos en convivencia directa con animales infectados, lo que imita la transmisión dentro de un hogar.
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El segundo conectó jaulas separadas mediante un tubo de aire con flujo direccional, recreando el contagio en espacios cerrados como aulas u oficinas, donde las personas comparten el ambiente sin contacto físico. Ese diseño buscó reproducir tanto la propagación entre personas con contacto cercano como la que ocurre entre contactos sociales más distantes que comparten el mismo espacio, según el comunicado de prensa de Georgia State University.
En todos los animales que recibieron GHP-88310 —ya fuera antes de la exposición, poco después de ella o una vez aparecidos los primeros síntomas— la supervivencia fue del cien por ciento, mientras que los no tratados murieron en el transcurso del estudio. Según se detalla en el estudio, los tratados con dosis altas del compuesto, administrado dos veces al día, no desarrollaron viremia detectable —esto es, el virus no llegó a circular por la sangre— ni contagiaron a otros animales a través de las vías respiratorias.
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Cómo actúa el compuesto y qué lo diferencia de versiones anteriores
GHP-88310 pertenece a una clase de antivirales que inhiben la polimerasa viral, el complejo enzimático cuya función es copiar el material genético del virus y producir las proteínas que necesita para multiplicarse. Al bloquear ese mecanismo desde el inicio, el compuesto interrumpe tanto la replicación del genoma como la fabricación de proteínas virales, lo que impide que la infección prospere dentro del organismo.

Un trabajo previo publicado en Science Advances documentó que el compuesto predecesor, GHP-88309, tenía un límite de tolerabilidad inesperadamente bajo en mamíferos: en hurones, dosis elevadas resultaron letales en pocas horas. GHP-88310 surgió de un programa de optimización química para superar ese problema. El resultado fue un compuesto con un margen de seguridad ampliamente superior: en estudios de siete días, dosis muy altas fueron bien toleradas tanto en hurones como en perros beagle, sin alteraciones en los análisis de sangre ni en el peso corporal.
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Además de la mayor tolerabilidad, el compuesto mostró en modelos animales una potencia antiviral superior a la de su predecesor. El virus parainfluenza humano tipo 3 es la indicación primaria para la que se desarrolla GHP-88310, ya que puede causar neumonía grave en personas inmunocomprometidas.
En ratas de algodón infectadas con ese patógeno, el compuesto redujo la cantidad de virus presente en las vías respiratorias a dosis seis veces menores que las requeridas por GHP-88309. Esa combinación amplió lo que los investigadores denominan ventana terapéutica: el rango entre la dosis mínima eficaz y la que genera efectos no deseados.
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Transmisión bloqueada y período de contagio reducido

El contexto explica por qué ese resultado importa. El sarampión tiene un número de reproducción básico de entre 12 y 18, según la OMS: eso significa que una sola persona infectada puede contagiar, en promedio, hasta 18 personas en una población sin inmunidad, lo que lo convierte en uno de los virus más contagiosos que se conocen. Uno de los resultados más destacados del estudio fue que el tratamiento preventivo con GHP-88310 bloqueó por completo la transmisión aérea en el modelo de jaulas conectadas.
“GHP-88310 administrado por vía oral previno completamente la transmisión aérea”, afirmó Carolin Lieber, becaria posdoctoral sénior en el laboratorio de Plemper y primera autora del trabajo, según el comunicado de prensa. Al tiempo que señaló que ese resultado demuestra una potencia antiviral sin precedentes para un inhibidor de la polimerasa viral, la enzima que el virus usa para replicarse.
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El estudio también evaluó qué ocurría cuando el tratamiento se aplicaba a los animales ya infectados, en lugar de a los contactos sanos. Los resultados mostraron que tratar a los animales fuente acortó en cinco días el período durante el cual podían transmitir el virus.
Según el comunicado de prensa, Richard Plemper, autor principal del estudio y director del Center for Translational Antiviral Research del Instituto de Ciencias Biomédicas de esa universidad, ese efecto también alcanza a la dimensión social de la enfermedad: “GHP-88310 usado de forma terapéutica acortó la duración de la enfermedad en nuestro modelo. Si resulta igualmente aplicable en humanos, podría reducir la carga social y económica de las cuarentenas prolongadas y contribuir aún más al manejo de los brotes”.
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Asimismo, destacó que “silenciar los brotes de sarampión con rapidez es esencial para restablecer el control sobre el virus”. La vacunación en anillo —la estrategia que consiste en inmunizar al entorno inmediato de un caso confirmado para cortar la propagación— sigue siendo la herramienta central, y Plemper subrayó que el estudio demuestra que GHP-88310 es apto para complementarla.
Los propios autores marcan con claridad los límites del trabajo. El modo en que el organismo humano absorbe, distribuye y elimina el compuesto aún se desconoce. Tampoco se conoce su tolerabilidad en personas.
La ventana terapéutica establecida en hurones no puede trasladarse directamente a la enfermedad humana, aunque los investigadores apuntan que el sarampión tiene períodos de incubación y de síntomas previos más prolongados que los del moquillo canino, lo que podría dar más margen de tiempo para tratar a los pacientes. Los investigadores informaron que ya preparan el compuesto para pruebas clínicas formales.
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