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El cerebro infantil explica por qué una rabieta no es mala conducta

La reacción desproporcionada ante un no o un cambio de planes responde a una desregulación neurofisiológica, no a una decisión consciente, y por eso la presencia serena de los padres resulta clave

Ilustración de niño pequeño llorando, mejillas rojas, sentado en el suelo de un supermercado. Sobre su cabeza, un cerebro infantil artístico con destellos y ondas.
Las rabietas infantiles son la manifestación visible de una reacción neurobiológica que comienza antes del estallido emocional (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cuando un niño se desploma llorando en el supermercado o estalla en gritos en medio del parque, lo que sus padres presencian es solo la fase final de un proceso más profundo.

Las rabietas infantiles son la manifestación visible de una reacción neurobiológica que, tal como explica Jennifer Delgado en la revista Ser Padres, comienza mucho antes de que el estallido se haga evidente. Entender qué sucede en el cerebro del niño ayuda a evitar que la situación se descontrole.

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Qué sucede en el cerebro infantil antes y durante una rabieta

La secuencia de una rabieta inicia en el sistema emocional, donde la amígdala —estructura central del sistema límbico— detecta amenazas y activa respuestas emocionales rápidas. En los niños pequeños, se da de forma reactiva.

Como recogen estudios de Joseph LeDoux citados por Delgado, este órgano puede activarse ante estímulos cotidianos si el cerebro infantil los percibe como frustrantes o impredecibles. Cuando el niño no obtiene lo que desea, la amígdala interpreta esa situación como una “amenaza emocional”, lo que desencadena la respuesta de estrés.

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Las rabietas son una conducta habitual entre los niños de dos y tres años de edad. (Infobae)
El eje hipotálamo-hipófisis-adrenal libera cortisol y adrenalina durante la rabieta infantil y limita la capacidad de pensar con claridad (Infobae)

Al mismo tiempo, el cuerpo pone en marcha el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, responsable de liberar cortisol y adrenalina. El niño entra en un estado de supervivencia: el corazón se acelera, los músculos se tensan y la capacidad de pensar con claridad se ve limitada. En ese punto, la corteza prefrontal —región encargada de la autorregulación y el control de impulsos— debería intervenir, pero en los pequeños esta zona aún está en desarrollo.

Investigaciones como las de Nitin Gogtay y su equipo, mencionadas en el artículo, muestran que esa región no madura completamente hasta la adolescencia. El resultado es un desequilibrio: el “freno” cerebral aún no está listo, mientras que el “acelerador” emocional funciona a pleno rendimiento.

En una rabieta infantil, la amígdala toma el control ante la frustración y activa una cadena de respuestas emocionales y de estrés, mientras la corteza prefrontal —aún inmadura— carece de la capacidad suficiente para regular esas emociones, lo que explica la intensidad y la dificultad de frenarlas en los primeros años de vida.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Jennifer Delgado explica en Ser Padres que las rabietas no son mal comportamiento, sino un estado de desregulación neurofisiológica (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por qué no es mal comportamiento

Las rabietas no deben interpretarse como una elección deliberada ni como un signo de mala educación. Según detalla Jennifer Delgado en Ser Padres, lo que ocurre es un estado de desregulación neurofisiológica: el cerebro del niño está aprendiendo a gestionar emociones intensas y todavía no ha desarrollado las herramientas necesarias para hacerlo.

Por eso, detrás de una reacción aparentemente desproporcionada —como un berrinche por un cambio de planes o por escuchar un “no”— hay un cerebro que no está preparado para regular su frustración.

Esta perspectiva modifica la visión tradicional de la rabieta, alejándola de la idea de desobediencia o provocación. El niño no elige portarse mal, sino que su sistema nervioso aún no sabe calmarse solo. Por este motivo, la intervención adulta es fundamental para ayudarle a recuperar la calma y modelar cómo gestionar lo que siente.

La prevención de las rabietas infantiles incluye anticiparse al cansancio, el hambre, la sobrestimulación y los cambios bruscos de actividad
La prevención de las rabietas infantiles incluye anticiparse al cansancio, el hambre, la sobrestimulación y los cambios bruscos de actividad

El papel de los adultos en la corregulación

Cuando el sistema nervioso infantil se desborda, la presencia calmada del adulto actúa como un regulador externo. Jennifer Delgado subraya en Ser Padres que la corregulación efectiva implica acompañar afectivamente al niño, modelando respuestas emocionales y transmitiendo serenidad. Esto puede lograrse a través de un tono de voz bajo, validación emocional y muestras de afecto, como un abrazo si el menor lo permite.

La función del adulto es servir de “ancla” para estabilizar al niño en pleno estado de híper irritabilidad. Sin esa figura de referencia, el pequeño carece de los recursos necesarios para volver a la calma por sí mismo, ya que su sistema nervioso aún no ha aprendido a autorregularse de manera autónoma.

Una niña aparece en primer plano con la cabeza escondida en sus rodillas, sentada en el suelo. Al fondo su madre aparece sentada en el sofá con semblante enfadado
La corregulación emocional del adulto ayuda a que el niño recupere la calma con tono de voz bajo, validación emocional y afecto (Magnific)

Cómo prevenir las rabietas

La prevención, indica Delgado, es mucho más eficaz que la corrección. Existen tres estrategias para reducir la aparición de rabietas:

  • Anticiparse a los desencadenantes: las rabietas rara vez surgen de la nada. Factores como el cansancio, el hambre, la sobrestimulación o los cambios bruscos de actividad disminuyen la capacidad de autorregulación y aumentan el riesgo de explosión emocional. Mantener horarios regulares, respetar los tiempos de descanso y reducir estímulos en momentos clave puede evitar que el cerebro infantil llegue al punto de saturación.
  • Preparar el cerebro antes del conflicto: el niño tolera mejor los cambios cuando puede preverlos. Avisarle con tiempo y emplear límites concretos y visuales —por ejemplo, “cuando termine este cuento, apagamos la luz”— disminuye la sorpresa y la frustración, reduciendo la activación de la amígdala.
  • Entrenar la frustración en pequeñas dosis: no toda frustración es negativa. Permitir que el niño enfrente pequeñas decepciones —como esperar unos minutos para obtener algo o aceptar un “no” razonable— fortalece los circuitos cerebrales relacionados con la regulación emocional.

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