
Muchos adultos que crecieron en hogares difíciles cargan una promesa íntima: no van a criar a sus hijos como lo hicieron con ellos. La intención suele ser genuina, pero el cambio no siempre llega como se imagina.
El psiquiatra y psicoanalista Grant Hilary Brenner planteó que la “transmisión intergeneracional” de la crianza no se reprodujo, en la mayoría de los casos, por maldad o por falta de amor, sino por ceguera aprendida: patrones incorporados temprano que operaron fuera de la conciencia y reaparecieron, sobre todo, bajo estrés o en escenas cotidianas de conflicto.
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En un artículo The Intergenerational Transmission of Parenting, publicado en Psychology Today, Brenner describió cómo esas huellas tempranas se convirtieron en un “guion interno” que guió gestos, tono de voz, reacciones automáticas y expectativas. La persona pudo estar convencida de que “hace todo distinto” y aun así repitió una parte del clima emocional que vivió en su infancia, incluso cuando los hechos externos cambiaron (mejor nivel material, ausencia de violencia física o más presencia en el hogar).
El punto central, según el autor, fue que el pasado no se heredó solo como recuerdos: también quedó incorporado como formas de percibir, defenderse y vincularse. Y esos recursos —útiles para sobrevivir en un ambiente hostil o imprevisible— pudieron volverse un obstáculo cuando se intentó criar con mayor disponibilidad afectiva.
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Tres patrones que repiten la crianza sin que lo notes

Comparación. El primer patrón aparece cuando el adulto se mide frente a sus padres y concluye que “salió mejor”. Puede ser cierto en aspectos básicos: hay provisión, no hay golpes, hay más estabilidad. Pero, según Brenner, el riesgo es que ese “piso” se convierta en “techo”: el estándar se reduce a no repetir lo peor y se pierde de vista lo que también faltó.
En el texto, el autor apuntó a señales concretas: dificultad para ser amable o comprensivo en momentos de tensión, falta de ternura sostenida e incapacidad de sintonizar con el mundo del niño desde su punto de vista. En esa comparación, además, puede instalarse un punto ciego sutil: el adulto no registra “cómo se ve” y “cómo suena” para el hijo. Un gesto serio, una mirada fría o un tono cortante pueden volverse intimidantes sin que el padre o la madre lo advierta.
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Negación. El segundo patrón se estructura alrededor del “no”: no gritar, no beber, no desaparecer, no hacer lo que hicieron conmigo. El autor sostuvo que esa identidad negativa no siempre construye alternativas. El espacio que deja esa consigna (“no repetir”) puede llenarse con irritación, perfeccionismo, impaciencia, obligación o conductas compensatorias: por ejemplo, dar mucho en lo material o en lo práctico, pero sin ofrecer calidez, apoyo o aceptación.
Brenner añadió otro punto relevante: algunos adultos proyectan sobre sus hijos exigencias duras con las que se forzaron a crecer, porque en su infancia no contaron con sostén emocional (y a veces tampoco material).
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Evitación. El tercer patrón, que el autor describió como el más profundo en términos estructurales, es la evitación del rol parental. La persona puede “funcionar” como proveedor o como organizador del hogar, pero le cuesta habitar el lugar de “mamá” o “papá” como vínculo emocional. En parte, porque no tiene un modelo interno claro de lo que ese rol implica; y, sobre todo, porque no sabe que no lo tiene. El concepto clave aquí es la ausencia de una experiencia temprana “suficientemente segura”: sin ese piso, la idea de parentalidad queda fragmentada. Según Brenner, muchas personas arman su modo de criar con piezas sueltas tomadas de otros cuidadores: docentes, familiares, padres de amigos. Y aun así pueden construir mucho si tienen tiempo, condiciones y apoyo.
Qué dice la evidencia: mentalización, trauma y funcionamiento reflexivo parental

Para explicar por qué la repetición no dependió solo de voluntad, Brenner apeló a un concepto que funcionó como bisagra entre psicología clínica y crianza: el funcionamiento reflexivo parental. En términos simples, es la capacidad de sostener en mente la experiencia interna propia (lo que siento, temo o espero) y, al mismo tiempo, la del hijo (qué puede estar sintiendo, necesitando o interpretando). Cuando esa capacidad estuvo debilitada por experiencias no elaboradas, la transmisión ocurrió “por ausencia de conciencia”, no por decisión.
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El autor citó investigaciones que conectaron esa transmisión con procesos como la mentalización y la regulación emocional de los padres. Un trabajo en Child Abuse & Neglect examinó efectos intergeneracionales del maltrato infantil y el rol de la regulación emocional y la mentalización en la continuidad de patrones de crianza. En paralelo, un estudio en Psychiatry Research: Neuroimaging exploró correlatos neurobiológicos del funcionamiento reflexivo parental, al analizar la activación cerebral ante estímulos en video de díadas madre-hijo y su vínculo con historia de trauma y trastorno por estrés postraumático.
Esa evidencia no implicó que “todo estuvo determinado” ni que la repetición fuera inevitable. Lo que sugirió —en línea con el planteo clínico de Brenner— es que el cambio suele requerir algo más que fuerza de voluntad: hace falta desarrollar conciencia de los disparadores, reconocer el propio estilo automático y construir respuestas alternativas.
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