
El estado emocional de una madre no solo influye en su propio bienestar, sino que también puede impactar en el desarrollo mental de sus hijos. Durante los primeros años de vida, cuando el cerebro está en pleno crecimiento, el contexto afectivo se vuelve especialmente importante.
En ese marco, una investigación reciente de la Agency for Science, Technology and Research (A*STAR) de Singapur señala que las emociones maternas durante la crianza temprana inciden de forma directa en el desarrollo cognitivo y conductual de los niños en edad preescolar.
El estudio distingue dos dimensiones que suelen confundirse: por un lado, la presencia de ansiedad o depresión; por otro, el bienestar emocional positivo, que incluye estados como la calma, el optimismo y la seguridad personal.
La influencia materna en el desarrollo infantil
Uno de los aportes centrales del estudio es que estos dos factores no son opuestos ni equivalentes. Es decir, no estar deprimida o ansiosa no implica necesariamente experimentar bienestar emocional. Esta distinción resulta clave para entender por qué algunos niños no presentan dificultades conductuales, pero tampoco desarrollan plenamente sus capacidades cognitivas.
Los investigadores analizaron a 328 pares de madres e hijos, en el marco del proyecto Growing Up in Singapore Towards Healthy Outcomes (GUSTO), siguiendo su evolución hasta los cuatro años y medio, una etapa crítica previa al ingreso escolar. Los resultados, publicados en JAACAP Open, muestran que la salud mental materna influye a través de dos caminos diferentes.

Por un lado, la llamada “vía de riesgo” indica que la ansiedad o depresión materna suele asociarse con estilos de crianza menos efectivos, ya sea excesivamente rígidos o demasiado permisivos. Esto puede traducirse en mayores problemas de conducta en los niños.
Por otro lado, la “vía de beneficio” revela que las madres con alto bienestar emocional tienden a adoptar un estilo de crianza equilibrado, caracterizado por la combinación de afecto y límites claros.
Este enfoque no solo favorece la estabilidad emocional de los niños, sino que también potencia habilidades cognitivas como el lenguaje, el razonamiento matemático y las funciones ejecutivas —capacidades que permiten planificar, concentrarse y regular el comportamiento.
Crianza y desarrollo: el rol del equilibrio
El trabajo identifica tres estilos principales de crianza. El autoritarismo, basado en el control estricto y la baja calidez; el permisivismo, que prioriza la cercanía emocional pero carece de normas consistentes; y la autoridad parental, que combina afecto con límites claros y explicados.
De estos modelos, solo la autoridad parental se asocia de forma consistente con mejores resultados cognitivos y emocionales en los niños. Este estilo requiere, en gran medida, que la madre disponga de recursos emocionales suficientes para sostener la paciencia, la coherencia y la capacidad de acompañar el aprendizaje.

Las madres con mayor bienestar emocional —es decir, aquellas que se sienten tranquilas, seguras y con una visión positiva— tienen más probabilidades de ejercer este tipo de crianza. En cambio, cuando predominan el estrés o la angustia, sostener ese equilibrio se vuelve más difícil.
En este punto, los investigadores introducen un concepto relevante: el de madres “funcionales pero no florecientes”. Se trata de mujeres que no presentan síntomas clínicos de ansiedad o depresión, pero cuyo nivel de bienestar emocional es bajo. En estos casos, aunque se evitan efectos negativos, los niños no alcanzan los beneficios cognitivos asociados a un entorno emocional positivo.
Implicancias para políticas públicas y familias
Para evaluar el impacto de estos factores, los niños participaron en pruebas estandarizadas que midieron inteligencia, vocabulario, razonamiento numérico y funciones ejecutivas. Los resultados mostraron una tendencia clara: aquellos criados en entornos con alto bienestar emocional materno obtuvieron mejores desempeños en todas las áreas.
En contraste, los hijos de madres con mayores niveles de angustia presentaron más dificultades conductuales, lo que puede interferir indirectamente en el aprendizaje y la adaptación escolar.
La profesora asociada Helen Chen, del Hospital de Mujeres y Niños KK, destacó la importancia de estos hallazgos en contextos donde predominan estilos de crianza más rígidos. “Este estudio proporciona argumentos sólidos para apoyar a las madres en la adopción de un estilo de cuidado más equilibrado, que combine calidez y límites claros”, afirmó.

Los resultados no solo aportan evidencia científica sobre la crianza, sino que también plantean desafíos para las políticas públicas. Tradicionalmente, los sistemas de salud mental se enfocan en detectar y tratar trastornos como la depresión o la ansiedad. Sin embargo, este trabajo sugiere que promover el bienestar emocional positivo podría tener efectos adicionales y duraderos en el desarrollo infantil.
Por su parte, la doctora Michelle Kee, autora principal, señaló que es necesario ampliar el enfoque: no solo reducir el malestar, sino también fomentar condiciones que permitan a las madres “florecer” emocionalmente. Esto incluye apoyo social, educación en crianza y entornos que favorezcan la estabilidad y el equilibrio emocional.
El impacto del clima emocional en el desarrollo infantil temprano
En los primeros años de vida, el desarrollo infantil no depende únicamente de estímulos educativos formales. Factores más sutiles, como el clima emocional del hogar, pueden marcar diferencias significativas.
El estudio de A*STAR refuerza una idea cada vez más respaldada por la ciencia: el bienestar emocional de quienes cuidan no es un aspecto secundario, sino un componente central del desarrollo.
Promover la calma, la confianza y la estabilidad en las madres no solo mejora su calidad de vida, sino que también sienta las bases para que los niños aprendan, se adapten y desarrollen todo su potencial.
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