La Universidad de Harvard desafía una de las ideas más arraigadas sobre la mente humana: la creencia de que imaginar es proyectar imágenes perfectas y detalladas en nuestro “cine interior”. Según Tomer Ullman, profesor asociado de psicología en esta institución, la imaginación funciona más como un sofisticado “videojuego mental” que como una copia fiel de lo real.
En vez de reproducir escenas completas, la mente construye modelos flexibles, armando primero conceptos generales y sumando detalles solo cuando el contexto lo exige.
El modelo fragmentario de la imaginación
A diferencia de la concepción tradicional que equipara imaginar con proyectar imágenes completas, los estudios recientes describen la imaginación como un proceso segmentado. Ullman y la coautora Halely Balaban señalan que las personas estructuran jerárquicamente los elementos de sus pensamientos antes de considerar atributos como colores o posiciones exactas. Por ejemplo, al pedir a alguien que imagine a una persona entrando en una sala y tirando una pelota de una mesa, pocos evocan de inmediato el color de la pelota o el aspecto de la habitación.
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La estructura jerárquica de la imaginación establece primero las bases conceptuales —persona, sala, pelota, mesa— y luego define las relaciones espaciales. Los detalles visuales como género, color o postura permanecen en reserva y solo se agregan si la situación lo requiere.
El investigador de Harvard enfatiza que este mecanismo no restringe la creatividad, sino que la potencia. “Nuestras imaginaciones son en realidad fragmentarias y borrosas, y no están completas”, afirma Ullman.
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La mente evita la sobrecarga: solo procesa detalles específicos cuando resultan indispensables. De este modo, el funcionamiento mental se asemeja a los motores gráficos de animación, que priorizan la estructura general y procesan detalles solo cuando la narrativa los demanda.
Comprensión conceptual vs. imágenes visuales

Si alguien imagina tres duendes saltando en una cama elástica, rara vez genera una imagen precisa y colorida. Más que ver una fotografía mental, interpreta la idea y comprende la escena aunque no exista nitidez visual interna. Predomina una comprensión conceptual, flexible y eficaz para crear nuevas secuencias imaginadas.
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La creencia de que la imaginación es un “cine interior” tiene raíces antiguas. Platón ya postulaba que imaginar equivalía a sellar una imagen en arcilla, como una reproducción fiel de lo percibido. Aunque la ciencia superó esta visión, según la Universidad de Harvard, persisten vestigios: muchos aún creen que pueden recordar o crear imágenes idénticas a sus recuerdos, cuando en realidad el pensamiento opera sobre modelos flexibles y actualizables.
La influencia de la informática y el concepto de “evaluación perezosa”
La informática influyó decisivamente en la visión contemporánea. Ullman introduce el concepto de “evaluación perezosa”, tomado de la computación, para describir la economía de recursos de la mente. “Es una evaluación perezosa, pero no en sentido negativo, sino como economía de recursos”, indica.
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Bajo este modelo, la mente procesa solo la información indispensable en cada momento. Si se pide imaginar una fresa, la mayoría dirá que es roja, pero probablemente no habrá generado una imagen clara del color, sino que sabe por experiencia que las fresas suelen ser rojas.
El paralelismo con la creación de videojuegos y películas animadas resulta esclarecedor. Al diseñar un escenario, los creadores establecen primero estructuras y movimientos principales; los detalles y colores se definen después, según lo requiera la narrativa. Así, pueden modificar elementos visuales sin rehacer la escena entera, aprovechando la potencia de un modelo conceptual base.
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Afantasía: pensar sin imágenes mentales
Uno de los mayores desafíos para la visión clásica proviene del estudio de la afantasía, una condición neurológica en la que las personas no generan imágenes visuales mentales. Durante años se discutió su existencia, pero investigaciones actuales han validado el fenómeno. Ullman y Balaban sostienen que, en estos casos, la fase visual del pensamiento está ausente, aunque la estructura conceptual sigue operativa.
La afantasía brinda ejemplos claros: si se pide a una persona con esta condición que cuente las ventanas de su casa, lo hace sin formar imágenes mentales. Quienes no tienen afantasía suelen recurrir a un recorrido visual, mientras que los afectados contabilizan los objetos basándose en la estructura conceptual. Ullman sostiene que “la tarea de contar ventanas no requiere visualizar; el trabajo esencial lo realiza la estructura no visual del pensamiento”.
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Esta observación desafía la creencia de que las imágenes mentales resultan indispensables para tareas cognitivas complejas. Para la Universidad de Harvard, a menudo es la red conceptual previa la que dirige la acción, relegando las imágenes visuales a un rol secundario.
El debate científico actual en psicología y neurociencia integra estos hallazgos y reformula las preguntas centrales sobre la imaginación y la visualización mental. Los estudios recientes aportan evidencias que obligan a reconsiderar el papel de las imágenes internas y la diversidad de experiencias imaginativas entre personas.
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Desde la perspectiva renovada de la Universidad de Harvard, incluso cuando percibimos imágenes vívidas en nuestra mente, es la estructura conceptual subyacente la que sostiene realmente nuestras capacidades imaginativas y da sentido a la interpretación y la acción ante el mundo.
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