
Tomar decisiones importantes bajo presión es parte de la vida cotidiana. Desde responder preguntas en un examen hasta enfrentar una entrevista laboral, muchas situaciones combinan nerviosismo con plazos ajustados.
Sin embargo, un estudio reciente sugiere que el estrés, por sí solo, no es necesariamente el principal obstáculo para decidir bien. El verdadero problema aparece cuando la tensión emocional se combina con la urgencia de actuar rápido.

La investigación, realizada por científicos de la Universidad de Melbourne, analizó cómo responden las personas cuando deben elegir bajo distintos niveles de exigencia. Los resultados muestran que el desempeño se mantiene estable cuando hay estrés sin límite estricto de tiempo, pero se deteriora de manera marcada cuando ambas presiones actúan al mismo tiempo. Los resultados fueron publicados en la revista Communications Psychology.
Cómo se evaluó el efecto del estrés en las decisiones
Para estudiar este fenómeno, los investigadores reclutaron a 42 voluntarios y los sometieron a la Prueba de Estrés Social de Trier, un procedimiento ampliamente utilizado para generar estrés psicológico en condiciones controladas. En una primera etapa, los participantes debían preparar un breve discurso y presentarlo frente a dos observadores con actitud neutral, que grababan la exposición sin ofrecer comentarios. Luego, resolvían cálculos matemáticos en voz alta, con la consigna de volver a empezar cada vez que cometían un error.

En una segunda sesión, considerada de control, se eliminaban los factores de tensión: no había observadores ni exigencias sociales, y las tareas se realizaban en un ambiente más relajado. Durante todo el proceso se midieron respuestas fisiológicas como niveles de cortisol,una hormona que el cuerpo libera ante situaciones de estrés y que prepara al organismo para reaccionar, además de la dilatación de las pupilas y manifestaciones emocionales, lo que permitió confirmar que el estrés inducido era real y significativo.
Qué tipo de decisiones debían tomar
Tras las tareas iniciales, los voluntarios debían resolver una serie de problemas conocidos como decisiones de “embalaje bajo restricciones”. Este tipo de ejercicios se parece a situaciones cotidianas, como elegir productos con un presupuesto limitado o planificar actividades antes de una fecha límite. En cada caso, los participantes evaluaban si una combinación de elementos cumplía con ciertos criterios de peso y valor, todo dentro de un tiempo máximo determinado.

En total, cada persona enfrentó 72 decisiones, algunas con plazos amplios y otras con tiempos muy ajustados. Esto permitió comparar el rendimiento cuando solo había estrés emocional, cuando solo existía presión temporal y cuando ambas condiciones se combinaban.
El resultado más llamativo fue que el estrés, sin límite estricto de tiempo, no redujo de forma significativa la calidad de las decisiones. El desempeño fue muy similar al observado en la situación de control. En cambio, cuando la tarea exigía rapidez, la precisión cayó de manera abrupta.
En los ejercicios donde había que identificar una opción correcta, el porcentaje de aciertos descendió del 83% al 57%, un nivel cercano al azar. Esto indica que no es el estrés por sí mismo el que interfiere, sino la combinación de nerviosismo con la necesidad de responder de inmediato.

Los análisis de rastreo ocular mostraron además que, en estas condiciones, las personas observaban más elementos, pero dedicaban menos tiempo a cada uno. Esto sugiere una exploración más superficial de la información disponible, lo que aumenta la probabilidad de pasar por alto detalles relevantes.
Un sesgo hacia la respuesta negativa
Otro hallazgo fue la tendencia a rechazar opciones válidas cuando había dudas. Bajo estrés y prisa, los participantes respondían con mayor frecuencia que una solución no era correcta, aun cuando sí lo era. Esta actitud refleja un sesgo conservador, posiblemente vinculado a la sensación de no tener tiempo suficiente para evaluar todas las alternativas.

Este comportamiento puede tener consecuencias prácticas en situaciones reales, donde descartar una buena opción por falta de análisis puede ser tan problemático como aceptar una incorrecta.
Qué implican estos resultados para la vida diaria
Los autores del estudio señalan que estos hallazgos ayudan a explicar por qué muchas personas cometen errores en contextos evaluativos, aun cuando dominan el contenido o la tarea. Exámenes, entrevistas laborales y presentaciones públicas suelen combinar carga emocional con plazos breves, un escenario que potencia los fallos.
Reconocer este patrón puede servir para diseñar mejores entornos de evaluación y para entrenar estrategias que reduzcan el impacto de la urgencia, como técnicas de manejo del tiempo o ejercicios de control de la ansiedad. También puede contribuir a comprender por qué algunas decisiones tomadas bajo presión no reflejan realmente las capacidades de una persona.
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