
Carole Hooven, bióloga evolutiva y experta en testosterona, dedicó su carrera a investigar cómo esta hormona influye en las diferencias biológicas y conductuales entre hombres y mujeres.
En una conversación con Peter Attia para el podcast The Drive, Hooven analizó los mecanismos de la diferenciación sexual y las implicancias sociales y culturales de comprender, o negar, estas realidades.
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Testosterona: motivaciones personales y origen del interés científico
Hooven relató en The Drive podcast que su interés por la testosterona y las diferencias sexuales nació de crecer con tres hermanos mayores y notar patrones de comportamiento distintos entre ellos y ella.
Ese interés se amplió al viajar y observar cómo diferentes culturas estructuran los roles sexuales. Su experiencia estudiando chimpancés en Uganda terminó de orientarla hacia la biología evolutiva, al ver que las diferencias de sexo en estos animales, especialmente en energía y agresión,se asemejan a las humanas.
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Para la bióloga evolutiva, la testosterona constituye el nexo explicativo entre humanos, chimpancés y otros mamíferos: “Los machos tienen niveles mucho más altos que las hembras, y esto ayuda a comprender por qué los sexos son diferentes”.
Biología de la diferenciación sexual
Hooven subrayó que, en humanos, la determinación sexual depende de los cromosomas, aunque el sexo no se define únicamente por ellos. “Lo que realmente define el sexo es el tipo de gameto que el organismo está diseñado para producir: esperma o huevo”, explicó.
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Describió el proceso embrionario: “Hasta la quinta o sexta semana, los embriones XX y XY resultan casi idénticos. El gen SRY en el cromosoma Y desencadena la diferenciación de las gónadas hacia testículos, que después producen testosterona”.
La hormona, sintetizada por las células de Leydig, favorece el desarrollo de los conductos internos masculinos y, mediante la enzima 5-alfa-reductasa, se transforma en dihidrotestosterona (DHT), necesaria para la masculinización de los genitales externos.
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“Sin DHT, un individuo XY puede nacer con genitales externos femeninos; sin embargo, en la pubertad desarrollará características masculinas debido a la acción de la testosterona”, explicó Hooven, quien subrayó que estos casos permiten comprender el impacto de pequeñas mutaciones genéticas.
Diferencias conductuales y agresión
Desde una perspectiva evolutiva, afirmó que “la testosterona regula el desarrollo neural y la diferenciación entre sexos, lo que explica por qué niños y niñas no son iguales”. Aunque los niveles hormonales en la infancia temprana son parecidos, las diferencias conductuales surgen de la exposición prenatal a la hormona durante fases críticas del desarrollo.
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“Los niños suelen jugar de forma más brusca y competitiva, mientras que las niñas prefieren juegos enfocados al cuidado”, indicó la bióloga, subrayando la raíz biológica de estas tendencias, también observadas en otros mamíferos, pero aclarando que la socialización y el entorno las pueden modular.

Respecto a la agresión, distinguió estilos masculino y femenino: “Los varones suelen ser más directos y físicos, mientras que las mujeres muestran agresión indirecta, como la exclusión social o la difamación”.
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Afirmó que los hombres están sobrerrepresentados en crímenes violentos, pero que la agresión femenina no es necesariamente menos dañina, sino que se manifiesta de otras maneras.
Cultura, entorno moderno y pulsiones biológicas
Hooven reflexionó sobre la interacción entre el entorno moderno y los impulsos ancestrales. “Estamos diseñados para buscar alimentos calóricos y competir por estatus, pero hoy esos impulsos pueden volverse desadaptativos”, explicó en The Drive podcast.
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La agresión masculina, señaló, se canaliza en ocasiones a través de deportes y competencias ritualizadas. “Los hombres tienden a buscar logros específicos e invierten horas en perfeccionar habilidades, como ocurre en el el deporte. Esto refleja una adaptación evolutiva relacionada con la competencia por recursos y parejas”, argumentó.

Sobre la cultura, advirtió que negar las diferencias biológicas entre sexos genera consecuencias que deben abordarse con evidencia y compasión. “La cultura puede amplificar o atenuar tendencias biológicas, pero no puede eliminarlas por completo”, defendió Hooven.
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Terapia hormonal y experiencia personal
Hooven compartió su vivencia tras atravesar una menopausia quirúrgica, que la llevó a iniciar terapia hormonal. “Todo cambió después de la cirugía: mi cabello se cayó, mi libido desapareció. Incluso con bajos niveles hormonales, el impacto fue enorme”, relató.
Actualmente, utiliza testosterona, estrógeno y progesterona, y considera que la terapia mejoró su bienestar en combinación con ejercicio de fuerza. “Mi experiencia personal me mostró el impacto real de las hormonas en el bienestar”, declaró.
Sobre la terapia de reemplazo hormonal en hombres, advirtió acerca del riesgo de su uso en jóvenes y la necesidad de regulación: la testosterona puede ser adictiva y afectar la fertilidad permanentemente, sobre todo en edades tempranas. Subrayó la importancia de evaluar cada caso en particular y priorizar abordajes no farmacológicos cuando sea posible.
Narrativas culturales, masculinidad y controversias
La bióloga manifestó su preocupación por las narrativas que niegan las diferencias biológicas y por la desvalorización de la masculinidad. “Estoy escribiendo un libro sobre la masculinidad y las consecuencias de negar las diferencias sexuales”, adelantó.

También alertó sobre la crisis de la masculinidad y el retroceso de los hombres en ámbitos como la educación, lo que exige un análisis integrador entre biología y cultura. “Si creemos que hombres y mujeres están igualmente interesados en todas las áreas, ignoramos diferencias reales con implicancias sociales”, sostuvo.
Defendió la necesidad de un debate informado y compasivo: “La biología no es destino. La variabilidad es enorme y es perfectamente normal no ser típico de tu sexo. Comprender la ciencia ayuda a aceptar la diversidad y enfrentar la realidad con empatía”.
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