
El estrés, presente en la vida diaria, no siempre representa una amenaza para la salud. Un equipo de la Universidad de Stanford, dirigido por Firdaus S. Dhabhar, ha demostrado que la duración e intensidad del estrés son factores decisivos para que este actúe como aliado o enemigo del sistema inmunológico.
Según el análisis publicado en Immunology at Standford University, el estrés crónico debilita las defensas y favorece enfermedades, mientras el estrés agudo fortalece la inmunidad y mejora la respuesta ante infecciones, heridas y vacunas.
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La diferencia entre estrés agudo y crónico resulta esencial para comprender su efecto sobre la inmunidad.

El agudo, que dura minutos u horas, activa mecanismos fisiológicos diseñados evolutivamente para la supervivencia, como la respuesta de lucha o huida. Por el contrario, el crónico, que se extiende durante semanas o meses, altera el equilibrio hormonal y genera una serie de efectos nocivos.
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El equipo de Stanford destaca que la clave está en la duración de la respuesta biológica. En ese sentido, una revisión publicada en 2025 en Molecular Biology Reports sostiene que el estrés agudo puede fortalecer temporalmente la función inmunológica movilizando células de defensa, mientras que el crónico tiende a suprimir la inmunidad y aumentar el riesgo de infecciones y enfermedades inflamatorias.
Mecanismos biológicos del estrés agudo y su influencia inmunitaria
Numerosos estudios en humanos y animales han analizado cómo el estrés agudo mejora la respuesta inmunitaria. Durante episodios breves de tensión, el organismo redistribuye con rapidez los leucocitos —células encargadas de la defensa— desde los órganos de reserva hacia la sangre y tejidos periféricos como la piel y las mucosas.
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Este proceso, facilitado por hormonas como la adrenalina, noradrenalina y cortisol en concentraciones fisiológicas, prepara al cuerpo para responder eficazmente a heridas o infecciones.
Una revisión clínica publicada en Journal of Clinical Medicine (2025) detalla cómo el estrés, al activar los ejes hormonales, inicialmente puede mejorar la capacidad de defensa del cuerpo ante agentes externos, pero una exposición prolongada termina por desajustar el equilibrio inmunitario y predisponer a enfermedades autoinmunes o infecciosas.
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En tanto, una revisión publicada por Firdaus Dhabhar en Immunologic Research (2024), advierte que el estrés agudo y de corta duración puede estimular la respuesta inmunológica y reforzar las defensas del organismo, mientras que el crónico, mantenido en el tiempo, conduce a una supresión de la inmunidad y al aumento del riesgo de enfermedades. El autor remarca que este mecanismo genera una mayor vigilancia inmunológica y una activación más robusta de linfocitos, macrófagos y células dendríticas.

Durante el estrés agudo aumenta la producción de citocinas, proteínas que regulan la actividad inmunitaria. Se observa un incremento de moléculas como interleucina-6 (IL-6), factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) e interferón gamma (IFN-γ), que colaboran para una respuesta más eficaz ante patógenos.
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Además, experimentar un estado de estrés agudo al aplicarse una vacuna o al someterse a una cirugía favorece la memoria inmunológica y puede acelerar la recuperación, como demuestran tanto experimentos en animales como estudios clínicos en humanos.
Consecuencias del estrés crónico y aplicaciones clínicas
El estrés crónico produce el efecto opuesto: niveles elevados de hormonas del estrés alteran el ritmo circadiano del cortisol y reducen la capacidad para movilizar células inmunes, impactando en la eficacia de vacunas, cicatrización de heridas y resistencia a infecciones y cáncer.
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El informe de Stanford advierte que el estrés extendido puede suprimir la producción de citocinas protectoras y aumentar la actividad de células que inhiben la inmunidad, facilitando la aparición de tumores y enfermedades autoinmunes.
Algunos estudios con animales sugieren que, en circunstancias muy puntuales, el estrés crónico podría atenuar enfermedades autoinmunes al frenar respuestas inflamatorias excesivas. Sin embargo, los autores del trabajo enfatizan que estas observaciones no deben extrapolarse ni utilizarse como recomendación en humanos, dado que los riesgos superan los posibles beneficios.
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Las implicaciones clínicas de estos descubrimientos son variadas. En el entorno quirúrgico, se ha verificado que los pacientes con una respuesta inmunitaria adaptativa durante la operación tienden a recuperarse antes.

En vacunación, inducir un estrés agudo controlado —como mediante ejercicio moderado previo— puede potenciar la eficacia de las vacunas. El ejercicio regular, realizado de manera moderada y constante, resulta clave para mantener el sistema de respuesta al estrés en óptimas condiciones y reducir el impacto negativo del estrés sostenido.
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Estrategias de afrontamiento y factores individuales
Para maximizar los efectos positivos del estrés agudo y reducir los perjuicios del crónico, los expertos de Stanford aconsejan una estrategia integral basada en hábitos saludables y recursos psicosociales. Factores individuales como genética, edad, género, tipo de apoyo social y estilo de vida influyen en la percepción y gestión del estrés.
La resiliencia —capacidad de recuperarse de situaciones difíciles— es fundamental para amortiguar los efectos nocivos del estrés prolongado. El informe destaca que mecanismos de afrontamiento efectivos, apoyo social sólido y actitudes como la gratitud y la compasión resultan potentes amortiguadores psicosociales frente al estrés crónico.

El documento subraya la conveniencia de personalizar las estrategias de manejo del estrés. Actividades como la meditación, el yoga, el contacto con la naturaleza, la música o el arte pueden ser eficaces según cada individuo. El objetivo consiste en reducir la exposición a situaciones de estrés sostenido, ampliar los períodos de descanso y optimizar la respuesta ante episodios de tensión breve.
Aunque aún queda mucho por investigar sobre la conexión entre estrés e inmunidad, los investigadores de Stanford confirman que el estrés, lejos de ser enemigo absoluto, puede convertirse en un aliado de la salud si se maneja adecuadamente. Aprovechar los efectos beneficiosos del estrés agudo puede contribuir a fortalecer la inmunoprotección y el bienestar general, concluye el trabajo de Firdaus Dhabhar.
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