
El tiempo se presenta como un factor tan determinante como la dieta y el ejercicio en la salud cerebral, según un artículo publicado por el Centro para el Envejecimiento Cerebral Saludable de la UNSW Sydney (CHeBA) en The Lancet Healthy Longevity.
Susanne Röhr, profesora asociada, autora principal y experta en determinantes sociales de la salud, sostuvo en el estudio que “hasta un 45% de los casos de demencia en todo el mundo podrían prevenirse si se eliminan los factores de riesgo modificables”. Sin embargo, advirtió que la denominada “pobreza de tiempo”, constituye una barrera oculta que impide a muchas personas adoptar hábitos protectores para el cerebro.
“El tiempo es un determinante social poco reconocido de la salud cerebral y es potencialmente tan importante como la educación o los ingresos para el riesgo de demencia”, afirmaron los autores.
Röhr subrayó que “si bien se sabe que los factores del estilo de vida como el sueño, la actividad física, la nutrición y la interacción social favorecen la salud del cerebro, todos ellos requieren un recurso fundamental: el tiempo”.

La investigación detalló cómo las largas jornadas laborales, las responsabilidades de cuidado, la sobrecarga digital y las desventajas socioeconómicas generan una pobreza de tiempo que afecta de manera desproporcionada a los grupos más vulnerables, profundizando las desigualdades sanitarias y limitando las oportunidades para desarrollar hábitos saludables.
El profesor Perminder Sachdev, codirector y coautor de CHeBA, planteó la necesidad de un cambio de paradigma en la prevención de la demencia.
“Las políticas y la investigación sobre la salud cerebral se han centrado en gran medida en el cambio de comportamiento individual”, afirmó. Advirtió también que, “a menos que se les proporcionen a las personas los recursos temporales necesarios para aplicar estas recomendaciones, corremos el riesgo de dejar atrás a quienes más lo necesitan. Así como los gobiernos actúan sobre la desigualdad de ingresos, nosotros debemos actuar sobre la inequidad temporal”.
“La inequidad temporal abarca la falta de tiempo para el descanso, los ritmos biológicos desalineados, el ocio fragmentado y la invasión del tiempo personal por parte del trabajo o las demandas digitales”, explicaron los autores.

Los investigadores reclamaron reformas políticas y laborales que promuevan la “justicia temporal”, es decir, medidas que protejan y redistribuyan el tiempo para garantizar el acceso universal a una buena salud mental.
Entre las propuestas figuran la flexibilidad laboral, el derecho a desconectar, guarderías asequibles, inversión en transporte público y planificación urbana orientada a reducir los tiempos de desplazamiento.
La profesora asociada Simone Reppermund, coautora del estudio, enfatizó la necesidad de cuantificar el tiempo real requerido para el cuidado cerebral. “Nuestra evidencia sugiere que se requiere al menos 10 horas diarias solo para actividades esenciales para la salud cerebral, como dormir, comer, hacer actividad física y socializar”.
La investigadora señaló que, para muchas personas en situaciones desfavorecidas o con responsabilidades de cuidado, “esto simplemente no es posible en las condiciones actuales”. Por ello, concluye que “abordar la pobreza de tiempo es esencial si realmente queremos prevenir la demencia”.

Según los investigadores, los factores a nivel micro (individual), medio (relacional y organizacional) y macro (sistémico) que configuran la experiencia, el uso y la disponibilidad del tiempo de las personas, relevantes para la salud cerebral, son los siguientes:
- Factores a nivel macro: Políticas y gobernanza. Infraestructura y planificación urbana. Estructuras culturales y de género. Sistemas económicos. Tendencias globales y digitalización.
- Factores a nivel medio: Trabajo y desplazamientos. Responsabilidades familiares y de cuidado. Tecnología y herramientas. Normas sociales.
- Factores a nivel micro: Factores sociodemográficos. Factores cognitivos y psicológicos. Estilo de vida y rutina. Identidad y agencia.

A modo de ejemplo, los investigadores citan el caso de las mujeres, que a lo largo de sus vidas, realizan una parte desproporcionada del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado junto con el empleo remunerado, a menudo con escaso control de horarios y una alta exposición a funciones precarias o de tiempo parcial. “El acceso inadecuado a servicios asequibles de cuidado infantil, cuidado de ancianos o ayuda remunerada reduce aún más el tiempo discrecional en muchos países”, agregaron.
Y completaron: “Los horarios apretados e impredecibles se traducen en restricción y fragmentación del sueño (p. ej., cuidado nocturno), menores oportunidades de actividad física, comidas apresuradas y mala calidad de la dieta, reducción del tiempo social y de ocio, y estrés crónico. Todos estos mecanismos están, a su vez, vinculados a una mala salud cerebral".
Los autores sostuvieron que la investigación debe ir más allá del “recuento de minutos para examinar cuándo, cómo y bajo qué condiciones transcurre el tiempo y cómo las intervenciones redistribuyen los recursos temporales".
Finalmente, instaron a establecer políticas para restaurar la autonomía a lo largo del tiempo y proteger el tiempo dedicado al cuidado cerebral, respetando las diversas temporalidades en diferentes culturas y contextos. “Reducir el riesgo de demencia no solo implica promover hábitos saludables, sino también garantizar el tiempo y las oportunidades suficientes para adoptar y mantener dichos hábitos”, concluyeron.
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