
La demencia afecta a más de 55 millones de personas en el mundo y cada año se registran cerca de 10 millones de nuevos casos, según la Organización Mundial de la Salud.
En ese contexto, el análisis de la actividad cerebral durante el sueño podría anticipar el riesgo de desarrollar la enfermedad años antes de que aparezcan los primeros síntomas, según una investigación de la Universidad de California, San Francisco (UCSF). El estudio fue publicado en la revista JAMA Network Open.
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Este enfoque se basa en estimar la llamada “edad cerebral” a partir de registros nocturnos. El indicador permite evaluar si el cerebro envejece a un ritmo más acelerado que el resto del cuerpo, una diferencia asociada con mayor probabilidad de deterioro cognitivo en el futuro.

Qué analizan las ondas cerebrales durante el sueño
El trabajo, realizado junto con el Beth Israel Deaconess Medical Center, utilizó un modelo de aprendizaje automático para estudiar 13 características microestructurales —detalles finos en la forma y el comportamiento de las ondas cerebrales— registradas mediante electroencefalograma (EEG), una técnica que mide la actividad eléctrica del cerebro.
Entre los patrones analizados se encuentran las ondas delta —vinculadas al sueño profundo— y los husos del sueño, breves ráfagas de actividad que participan en la consolidación de la memoria. A diferencia de los enfoques tradicionales, que se centran en cuánto se duerme, este análisis observa cómo funciona el cerebro mientras descansa.
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El estudio incluyó a cerca de 7.000 personas de entre 40 y 94 años, sin diagnóstico previo de demencia, con seguimientos que se extendieron entre 3,5 y 17 años.
Uno de los resultados más llamativos fue el papel de la curtosis —un indicador que refleja picos abruptos en la actividad cerebral—, que se asoció con menor riesgo de demencia, en contra de lo esperado. Este tipo de medición permite captar detalles que no aparecen en métricas más generales, como la duración del sueño o sus fases.
La edad cerebral como indicador de riesgo
Según los investigadores, la clave está en comparar la edad cerebral estimada con la edad cronológica. Cuando el cerebro muestra signos de mayor envejecimiento que el esperado, el riesgo de demencia aumenta.
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En concreto, por cada 10 años de diferencia a favor de la edad cerebral, la probabilidad de desarrollar demencia crece alrededor de un 40%.

Por ejemplo, si una persona de 60 años presenta patrones cerebrales propios de alguien de 70, su riesgo de deterioro cognitivo futuro es significativamente mayor.
Esta relación se mantuvo incluso al considerar factores como el nivel educativo, el índice de masa corporal, el tabaquismo, los antecedentes médicos y la predisposición genética.
Durante el seguimiento, cerca de 1.000 participantes desarrollaron demencia, lo que permitió validar la relación entre este indicador y el deterioro cognitivo real.

“La actividad cerebral durante el sueño ofrece una ventana medible sobre cómo envejece el cerebro”, explicó Yue Leng, profesora asociada de psiquiatría en UCSF y autora principal del estudio. Según la especialista, los patrones eléctricos nocturnos resultan más relevantes que la cantidad de horas dormidas para entender la salud cognitiva a largo plazo.
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Hacia una detección temprana más accesible
Los autores consideran que este avance podría transformarse en herramientas de monitoreo accesibles y no invasivas. En el futuro, dispositivos portátiles capaces de registrar la actividad cerebral durante el sueño permitirían evaluar el riesgo de demencia desde el hogar.
Este enfoque facilitaría la detección temprana y abriría la puerta a intervenciones preventivas antes de la aparición de síntomas clínicos.
El modelo desarrollado junto al Beth Israel Deaconess Medical Center también sugiere que ciertos hábitos pueden influir en el envejecimiento cerebral. Factores como la calidad del descanso, la actividad física o el control del peso podrían desempeñar un papel clave en la evolución de estos patrones.
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Por su parte, Haoqi Sun, profesora asistente de neurología y primera autora del trabajo, destacó que tratar los trastornos del sueño podría modificar estas señales cerebrales y contribuir a preservar la memoria y otras funciones cognitivas.
Aunque la tecnología permite anticipar el riesgo con mayor precisión, los investigadores subrayan que la salud cerebral no depende únicamente de herramientas diagnósticas. El cuidado diario —que incluye descanso adecuado, hábitos saludables y seguimiento médico— sigue siendo un factor determinante.
En este sentido, el estudio refuerza una idea central: el cerebro deja señales tempranas de su estado incluso mientras dormimos, y aprender a interpretarlas podría ser clave para prevenir el deterioro cognitivo antes de que se manifieste.
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