Muchas veces se asocia ser bueno en matemática con ser un “rayo” para hacer cuentas mentales. Y si bien es cierto que todas las naranjas son frutas, no todas las frutas son naranjas. Hacer cuentas puede ser parte de la matemática, pero solo una parte: la punta del iceberg.
La matemática es una forma de pensar, de razonar, de construir ideas.
Es creatividad, lógica, intuición y, muchas veces, hasta una forma de arte. Aun así, tampoco hay que caer en el prejuicio inverso que subestima o minimiza el cálculo mental, como si fuera una habilidad menor. Nada más lejos.
Hacer cuentas es un excelente ejercicio para la mente, y además nos permite entender mejor las nociones de número, magnitud, estimación y estructura.
Podemos componer y descomponer números, jugar con estrategias distintas, adaptar caminos según la situación. Preguntale a diez personas cómo resuelven 56 + 67 y vas a encontrar una variedad de métodos fascinante: “56 + 70 – 3”, “50 + 60 + 6 + 7”, o incluso “60 + 60 + 3”.

Cada una de esas estrategias es una muestra de cómo pensamos con números. Estamos, en definitiva, usando propiedades del sistema decimal sin ni siquiera darnos cuenta.
Tal vez conozcas a alguien que se destaque con el cálculo mental. Pero dejame contarte la historia de Thomas Fuller, también conocido como la Calculadora de Virginia. Y no lo hago solo porque era muy bueno, sino por el contexto extraordinario en el que desarrolló su habilidad.
Thomas Fuller nació en África occidental, cerca de lo que hoy sería Libia, en 1710. Fue capturado y vendido como esclavo a los 14 años, trasladado a Estados Unidos, y obligado a trabajar en una granja en Virginia. No sabía leer ni escribir, nunca fue a la escuela.
Jamás recibió instrucción formal en aritmética, y sin embargo tenía una mente brillante para los números.
Dos hombres lo entrevistaron en los últimos años de su vida. Fuller les contó que había aprendido por sí mismo a contar hasta diez, y que cuando llegó a contar hasta cien, se consideró (en sus propias palabras) “un tipo muy listo”. En una de sus primeras hazañas, contó los pelos en la cola de una vaca. Le dio como resultado: 2872.

Una de las preguntas más famosas que le hicieron fue cuántos segundos hay en un año y medio. Thomas pensó un minuto y respondió: 47.304.000.
En otra oportunidad, le preguntaron cuántos segundos había en 70 años, 17 días y 12 horas. Tardó apenas dos minutos en responder: 2.210.500.800. Cuando pusieron en duda su respuesta, explicó que había incluido los años bisiestos. Y tenía razón.
Una tercera pregunta tenía que ver con el aumento progresivo de animales de granja. También la resolvió correctamente, en menos de dos minutos, sin ayuda de lápiz ni papel.
Thomas Fuller también comentó que estaba agradecido a la viuda de su amo, por no haberlo vendido, a pesar de haber recibido “grandes ofertas de dinero de varios curiosos” interesados en su talento.
Murió en 1790, a los 80 años. Su historia, tan asombrosa como conmovedora, nos obliga a reflexionar. ¿Cuántos talentos ocultos hubo y hay en el mundo, desperdiciados por la injusticia, la esclavitud, la pobreza o la falta de acceso a la educación?
Thomas Fuller nos recuerda que el pensamiento matemático no es privilegio de unos pocos. Es una capacidad humana, que puede surgir en los lugares más inesperados, y que florece cuando se le da la oportunidad. Su historia es un llamado de atención. Y también, una inspiración.
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