
Te propongo un pequeño desafío. Leé este perfil y elegí la opción que te parezca más probable:
Judy tiene 33 años. Estudió Ciencias Políticas y terminó entre las mejores de su promoción. Cuando era estudiante, militó activamente en los movimientos sociales de su campus. Con ese perfil en mente, te propongo que elijas cuál de estas dos afirmaciones te parece más probable:
a) Judy trabaja de cajera en un banco.
b) Judy trabaja de cajera en un banco y es una activa militante feminista.
Si tu instinto te dice que la opción b) suena más coherente con la historia de Judy, no estás solo. De hecho, la mayoría de las personas tiende a elegir esa opción. Pero, aunque cueste creerlo, la respuesta correcta es la opción a).
Este experimento no es nuevo. Fue diseñado en 1983 por los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman. En ese estudio, la mayoría de los participantes eligió, erróneamente, la opción menos probable, simplemente porque sonaba más coherente con el perfil de la protagonista. Pero, ¿cómo puede ser? Si todo en el perfil de Judy nos empuja a pensar en la primera opción, ¿por qué la opción más simple, que sea solo cajera, es en realidad más probable?

Para entenderlo, necesitamos dar un paso atrás y pensar en cómo se calcula una probabilidad. En términos simples, la probabilidad es una fracción: casos favorables / casos posibles.
Por ejemplo, si tirás un dado de seis caras, ¿qué chances tenés de que salga un “5″? Hay 6 posibles resultados (1 al 6), y uno solo es favorable: el 5. Entonces, la probabilidad es 1/6.
Un principio básico de la probabilidad es que nunca podés tener más casos favorables que casos posibles, así que el resultado de cualquier probabilidad siempre está entre 0 y 1. Es decir, entre “imposible” y “seguro”.
Ahora, ¿qué pasa si queremos calcular la probabilidad de que ocurran dos cosas al mismo tiempo, como que Judy sea cajera y feminista? Ahí usamos otro principio clave: cuando los sucesos son independientes, se multiplican sus probabilidades.
Volvamos al dado: ¿qué chances hay de que saques un “6″ en el primer tiro y luego un “4″ en el segundo? 1/6 por 1/6, o sea 1/36.
Y acá viene lo importante: cuando multiplicás dos probabilidades (números menores que 1), el resultado siempre es más chico que cualquiera de ellas. Por ejemplo, 0.5 × 0.5 = 0.25.
Entonces, ¿qué pasa con Judy?

En la opción a) se plantea una sola condición: que Judy sea cajera. En la opción b) se piden dos cosas: que Judy sea cajera y militante feminista. Por más que el perfil de Judy parezca encajar con la segunda opción, desde la matemática pura, la probabilidad de que se cumpla una sola condición siempre va a ser mayor o igual que la de que se cumplan dos a la vez.
Este error de razonamiento se llama “falacia de conjunción”. Es muy común. Pareciera que nuestros cerebros prefieren las historias coherentes antes que los análisis fríos de números.
Pero las probabilidades no se basan en lo que parece más lógico, sino en lo que efectivamente es más probable.
Este tipo de problemas nos recuerda que el sentido común no siempre es un buen consejero en cuestiones matemáticas. Aprender a identificar estas “trampas” no solo nos hace mejores en estadísticas o juegos de azar; también nos ayuda a tomar mejores decisiones en distintos ámbitos de la vida cotidiana.
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