
¿El cuerpo humano genera electricidad? La respuesta es sí, pero vale la pena profundizar. Así como los científicos han estudiado largamente el microbioma y el genoma de las personas, ahora hay sendos enfoques que buscan conocer a fondo el denominado electroma. Bajo la dinámica de la bioelectricidad, las células se comunican entre sí para que cada parte del organismo funcione correctamente.
De esta forma lo explicó la divulgadora científica Sally Adee en su nuevo libro, llamado We Are Electric. “Así como las señales eléctricas sustentan las redes de comunicación del mundo, estamos descubriendo que hacen lo mismo en nuestros cuerpos. Somos máquinas eléctricas cuyas dimensiones completas ni siquiera hemos soñado. La electricidad corre a través de nuestras neuronas, hace latir nuestro corazón y fluye en cada célula del cuerpo”, destacó Adee.
Y sumó: “La bioelectricidad es un área de la ciencia sorprendentemente poco explorada que abarca todas las partes del cuerpo. Los científicos están buscando formas de manipular los campos eléctricos naturales del cuerpo para tratar heridas, depresión, parálisis e incluso el cáncer”.

¿Cómo nació la inquietud de Adee por la bioelectricidad? En un viaje que hizo a California, en Estados Unidos, participó de una simulación destinada a entrenar a francotiradores mediante descargas eléctricas que despertaban reacciones repentinas. “Hacer que un campo eléctrico golpeara mis neuronas agudizó instantáneamente mi capacidad de concentración”, contó la escritora.
Aquel suceso fue el puntapié inicial de su libro, que se publicó en febrero de 2023. “La próxima frontera científica podría ser descifrar el código bioeléctrico de la misma manera que hicimos con el código genético“, destacó en el texto.
Mustafa Djamgoz es profesor emérito en el Imperial College de Londres, lugar en el que se dedica a la biología del cáncer. En un reportaje con BBC Mundo, Djamgoz describió el funcionamiento de la bioelectricidad: “Todos los elementos que tenemos en nuestro cuerpo, como por ejemplo el sodio, el potasio, el calcio, el magnesio y el zinc, atraviesan una reacción química que hace que se separen sus átomos, formando lo que se conoce como iones, que son partículas con carga eléctrica -cerca de 0,07 voltios-. Los fluidos de nuestro cuerpo están llenos de estos iones. Los de carga opuesta se atraen, los que tiene la misma carga se rechazan. Y al circular por nuestro cuerpo generan una corriente”.
En segundo término, el experto profundizó: “Cuando pensamos en las propiedades eléctricas del cuerpo lo primero en lo que pensamos es el cerebro, el corazón y los músculos, pero la realidad es que incluso los microbios en nuestro intestino, el sistema inmunológico y las células cancerígenas generan señales eléctricas”.

Bajo la óptica de Djamgoz, “los seres humanos tenemos 22.000 genes, y cada persona tiene una composición genética diferente, es por eso que tenemos medicina personalizada. Pero en la bioelectricidad, hay una sola ley fundamental que aplica para todos, ya que todas las células y tejidos de nuestro cuerpo utilizan el mismo proceso para comunicarse”.
La historia de la bioelectricidad
Según relató Adee en su libro, el científico italiano Luigi Galvani fue uno de los pioneros de la bioelectricidad. Es que en el siglo XVIII, en su laboratorio, descubrió que los cuerpos de los animales generan su propia electricidad. ¿Cómo lo hizo? Realizando experimentos con ranas: a una de ellas, que ya estaba muerta, le aplicó corriente eléctrica en la médula espinal y observó que hubo contracciones musculares evidentes. Este resultado, incluso, le dio la sensación de que el animal estaba vivo.
En un manuscrito que escribió Galvani a modo de informe, hay una frase elocuente que refleja la curiosidad que se despertó con estos procedimientos. “Nunca podríamos suponer que la fortuna fuera a ser tan amable conmigo, como para permitirme ser quizás el primero en manejar, por así decirlo, la electricidad escondida en los nervios”.

“La idea estaba establecida, pero en ese momento la electricidad no era para la biología. Era para máquinas, telégrafos y reacciones químicas”, repasó Adee sobre el desarrollo pionero de Galvani, que fue muy criticado por sus conjeturas sobre la electricidad de un organismo y por haber electrocutado a animales. No obstante, casi al mismo tiempo, la idea del italiano tuvo un correlato en otra disciplina con la invención de la batería eléctrica por parte de un compatriota, el físico Alessandro Volta.
El electroma y el cáncer
Desde los años 90, Djamgoz está trabajando con su equipo de colegas en un desarrollo que aún no probó en seres humanos, pero que podría cambiar los paradigmas del abordaje médico del cáncer. Al ser una enfermedad en la que las células crecen y se propagan de manera descontrolada, el científico planteó una serie de razonamientos. “Las células cancerígenas generan un zumbido de actividad eléctrica y esto las hace hiperactivas y eléctricamente excitables”.
“El problema con el cáncer no es tener un tumor -postuló Djamgoz-. Podés vivir con un tumor, siempre y cuando sea local. El problema grande es cuando el cáncer se propaga, en un proceso que llamamos metástasis. Para frenar ese crecimiento hiperactivo de células, se podrían bloquear los canales iónicos de esas células, que son los responsables de provocar la excitación electrónica que promueve el crecimiento del cáncer”.
Otro camino que están tomando los científicos con la bioelectricidad es la curación de heridas, ya que, según apuntó Adee en su libro, las células “generan un campo eléctrico cuando se lesionan”. Interviniendo en esa dinámica podría agilizarse la cicatrización. Aún hay que explorar y reconfirmar ideas, pero lo cierto es que la bioelectricidad llegó para quedarse.
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