
El COVID-19 es una enfermedad respiratoria, por lo que no sorprende que la exposición a la mala calidad del aire empeore los resultados de los pacientes. Este es un punto que ha alertado a los científicos pero sobre el que se tienen pocas conclusiones. Sin embargo ahora, según un estudio, la exposición a contaminantes del aire, en particular partículas finas (PM2.5) y dióxido de nitrógeno (NO2), aumentó el riesgo de hospitalización en pacientes con COVID-19 hasta en un 30%, incluso para los que recibieron todas las vacunas.
Estas son las conclusiones a las que llegó un equipo de especialistas que incluye investigadores de la Universidad del Sur de California (USC) en EE. UU., que analizó los registros médicos de los pacientes del Departamento de Investigación y Evaluación de Kaiser Permanente del Sur de California (KPSC).
En toda la red de atención médica, 50.010 pacientes, de 12 años o más, fueron diagnosticados con COVID-19 en julio o agosto de 2021, cuando circulaba la variante Delta del SARS-CoV-2 y muchas personas habían sido vacunadas.

El equipo encontró que entre 30.912 personas que no estaban vacunadas, la exposición alta a PM2.5 a corto plazo aumentó el riesgo de hospitalizaciones por COVID-19 en un 13%, mientras que la exposición a largo plazo aumentó el riesgo en un 24%.
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Para el NO2, la exposición a corto plazo aumentó el riesgo de hospitalización en un 14% y la exposición a largo plazo aumentó el riesgo en un 22%, según los investigadores. Por su parte, el ozono no se asoció significativamente con las hospitalizaciones por COVID-19.
Anny Xiang, autora del estudio y científica investigadora principal de KPSC. explicó: “Estos hallazgos son importantes porque muestran que, si bien las vacunas contra el COVID-19 logran reducir el riesgo de hospitalización, las personas vacunadas y expuestas al aire de mala calidad aún tienen un mayor riesgo de peores resultados que quienes han sido vacunadas pero que no están expuestas a la contaminación del aire”

El documento, publicado en el American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine, estimó los niveles de exposición a la contaminación del aire para cada participante en función de sus direcciones residenciales. Los investigadores observaron los niveles promedio de PM2.5, NO2 y ozono (O3) durante controles que se llevaron a cabo entre un mes y un año antes de que cada paciente recibiera un diagnóstico de COVID-19.
Zhanghua Chen, profesor asistente de la USC y coautor del documento afirmó: “Investigamos la exposición a la contaminación del aire tanto a largo como a corto plazo, porque consideramos que, de uno u otro modo, puede influir en la gravedad de COVID-19 a través de diferentes mecanismos. A largo plazo, la contaminación se vincula con un aumento de las enfermedades cardiovasculares y pulmonares, que a su vez se asocian con síntomas más graves de COVID-19. A corto plazo, la exposición a la contaminación del aire puede empeorar la inflamación de los pulmones e incluso podría alterar la respuesta inmunitaria al virus”

Usando datos de registros médicos y bases de datos barriales, los investigadores pudieron controlar los efectos del estado de vacunación, edad, sexo, raza/etnicidad, estado del seguro médico, índice de masa corporal, historial de tabaquismo, comorbilidades de salud, nivel educativo, ingresos nivel y densidad de población. “Los hallazgos sugieren que para reducir los casos graves de COVID-19, entre otras cosas, debemos mejorar la calidad del aire”, concluyó Zhanghua Chen.
Además de Chen y Xiang, los otros autores del estudio son Brian Z. Huang y Frank D. Gilliland del Departamento de Medicina Preventiva de la Facultad de Medicina Keck de la USC; Margo A. Sidell, Ting Chow y Mayra P. Martinez del Departamento de Investigación y Evaluación, Kaiser Permanente del Sur de California; y Fred Lurmann de Sonoma Technology.
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