La dieta podría aportar otra herramienta para cuidar la salud mental

Una psicóloga plantea que vitaminas, minerales, descanso y actividad física deben evaluarse junto con terapia y fármacos ante síntomas emocionales

Una mujer sentada a una mesa de madera comiendo una ensalada con pollo y vegetales. Un cerebro iluminado aparece sobre su cabeza. Hay un vaso de agua con limón y un cuaderno abierto.
La psicóloga Kimberley Wilson propone incluir la nutrición como pilar de la salud mental junto con la terapia y los fármacos (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La nutrición debe considerarse una base del cuidado de la salud mental, junto con la psicoterapia y los medicamentos, sostiene la psicóloga Kimberley Wilson. En una entrevista con New Scientist, la especialista planteó que el funcionamiento del cerebro depende de condiciones físicas que incluyen la calidad de la alimentación, el descanso y la actividad física.

Wilson, que trabajó hasta 2013 en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, observó que la privación de nutrientes dificultaba la regulación emocional de muchas internas. Esa experiencia la llevó a cuestionar un enfoque de la salud mental centrado casi exclusivamente en los tratamientos psicológicos o farmacológicos.

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Para la experta, los síntomas emocionales y conductuales deben analizarse también a partir de la salud del organismo. “La salud mental es una propiedad emergente de un órgano físico”, explicó. Bajo esa premisa, una dieta insuficiente puede afectar la capacidad del cerebro para procesar pensamientos, emociones y decisiones.

El cerebro necesita nutrientes para regular emociones y pensamientos

El cerebro es uno de los órganos con mayor demanda energética del cuerpo y requiere un suministro constante de vitaminas, minerales, grasas esenciales y proteínas. Wilson advirtió que una alimentación sostenida en productos ultraprocesados puede reducir la disponibilidad de nutrientes necesarios para su funcionamiento.

Hombre de mediana edad sonríe mientras hace ejercicio aeróbico en un parque, con un cerebro azul brillante superpuesto en su cabeza, junto a otras personas.
La experta define la salud mental como una propiedad emergente de un órgano físico que requiere condiciones adecuadas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entre ellos mencionó las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los ácidos grasos omega-3. La falta de estos componentes no define por sí sola un trastorno mental, pero puede agravar factores asociados con el cansancio, la falta de concentración, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.

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La psicóloga cuestionó la separación histórica entre cuerpo y mente que aún persiste en parte de la práctica clínica. Según su planteo, la psicoterapia y los fármacos pueden ser herramientas necesarias, aunque no deberían desplazar la evaluación de aspectos físicos que influyen en el bienestar psicológico.

Los cambios en la alimentación, el sueño y el ejercicio pueden tardar meses en reflejarse de forma subjetiva, lo que dificulta percibir su efecto. A diferencia de otros resultados corporales más visibles, las modificaciones en el cerebro no se observan directamente en la vida cotidiana.

Un modelo tridimensional de cerebro humano con activaciones luminosas azules y rojas, rodeado de una red digital con iconos, sobre una superficie reflectante en un laboratorio con dos personas.
El cerebro exige un alto nivel energético que proviene de vitaminas, minerales, grasas esenciales y proteínas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los ensayos en cárceles vincularon una mejor dieta con menos violencia

El paso de Wilson por el sistema penitenciario influyó en su mirada sobre la conducta violenta. En ese ámbito, señaló, suelen priorizarse las acciones de una persona (agresividad, enojo o impulsividad) sin revisar las condiciones materiales y biológicas que pueden contribuir a esos comportamientos.

La especialista citó ensayos clínicos aleatorizados realizados en prisiones, donde la administración de suplementos de micronutrientes se asoció con una caída de la violencia. Esos productos incluían vitaminas, minerales y, en algunos casos, omega-3.

La mejora nutricional se vinculó con una reducción del 30% en los episodios violentos en algunos de esos estudios, según relató Wilson. El dato no implica que la alimentación elimine la responsabilidad individual ni que explique por completo la violencia, pero sí plantea la necesidad de considerar posibles factores de deterioro cerebral.

Las poblaciones carcelarias, indicó, suelen reunir experiencias de trauma, abandono emocional, consumo problemático de sustancias y carencias alimentarias. Todos esos elementos pueden afectar la toma de decisiones y la regulación de las respuestas emocionales.

El omega-3, el hierro y el yodo aparecen entre los nutrientes relevantes

Wilson destacó investigaciones sobre los omega-3, presentes principalmente en pescados grasos como la sardina, el salmón y la caballa.

De acuerdo con la psicóloga, algunos estudios relacionan una ingesta diaria de un gramo de estos ácidos grasos, con una proporción elevada de EPA, con una disminución de los síntomas depresivos en ciertas personas.

Mesa de madera con aguacates, almendras, anacardos, maní, semillas de sésamo, chía, lino, nueces, salmón, atún, caballa, sardinas y botellas de aceite.
La ingesta de un gramo diario de omega-3 contribuye a la reducción de síntomas depresivos asociados a procesos inflamatorios (Imagen Ilustrativa Infobae)

La hipótesis es que estas grasas pueden intervenir en procesos inflamatorios. Este mecanismo se ha relacionado con síntomas depresivos en una parte de los pacientes, aunque no constituye una explicación única para todos los cuadros.

La profesional recomendó incorporar al menos una porción semanal de pescado azul. Para quienes siguen dietas vegetarianas o veganas, consideró que puede ser útil consultar con un profesional de salud sobre opciones de suplementación.

También puso el foco en el hierro. La anemia puede afectar la producción de serotonina, un neurotransmisor involucrado en la regulación del ánimo. Por eso, Wilson propuso que ante síntomas como fatiga persistente, apatía o ánimo bajo se evalúe primero la existencia de déficits nutricionales.

La deficiencia de yodo durante el embarazo y los primeros meses de vida es una causa prevenible de daño cerebral, recordó la psicóloga, en línea con las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Además, mencionó la colina, un nutriente relevante durante la gestación que, según indicó, no siempre está presente en cantidades suficientes en los suplementos prenatales.

El diagnóstico debería identificar qué origina cada malestar

Para Wilson, el abordaje de la depresión no debería limitarse a una pregunta cerrada sobre si una persona presenta o no el trastorno. La evaluación tendría que indagar qué factores intervienen en cada caso: experiencias traumáticas, conflictos personales, estrés laboral, falta de sueño, sedentarismo, consumo de sustancias o una alimentación deficiente.

Mujer con cabello castaño, jersey beige y manos en la cabeza, sentada frente a un cuaderno abierto, una pluma y una taza blanca en una mesa de madera.
El déficit de hierro afecta la producción de serotonina y desencadena síntomas como fatiga, apatía y bajo estado de ánimo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ese enfoque permitiría derivar a cada paciente hacia las intervenciones más adecuadas. Una persona con trauma infantil puede requerir terapia especializada; otra, con anemia o una dieta muy restrictiva, podría mejorar parte de sus síntomas tras corregir una carencia concreta.

La alimentación compartida también forma parte de esta discusión. Wilson señaló que cocinar y comer con otras personas puede fortalecer los vínculos de confianza. El acto de comer requiere un contexto de calma y seguridad, asociado al sistema de “descanso y digestión” del organismo.

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