
Las personas que crecieron durante la década de 1960 y 1970 pertenecen a la Generación X (nacidos entre 1965 y 1980) y a la generación de los Baby Boomers (nacidos entre 1946 y 1964). Ambas tienen un rasgo en común, según la psicología: la resilencia, la capacidad para adaptarse a situaciones adversas con resultados positivos, una fortaleza psicológica que a veces puede faltar en las generaciones más jóvenes.
Los adultos nacidos en los años 60 y 70 concentran una capacidad de adaptación que se explica por una infancia atravesada por mayor exigencia, menor supervisión y resolución temprana de problemas. Ese rasgo, sostienen los expertos, se forjó en un entorno en el que la disciplina y la libertad obligatoria eran parte de la crianza, muy lejos de los modelos actuales.
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Estudios en psicología de la Universidad de Texas y otras investigaciones de la Universidad de Leipzig, Alemania, muestran que la resiliencia suele desarrollarse cuando una persona enfrenta desafíos reales, adquiere autonomía y aprende a resolver problemas desde edades tempranas.
Ese marco estuvo más presente en la crianza de quienes crecieron durante las décadas de 1960 y 1970 que en la de los niños actuales.
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En aquellos años no había teléfonos celulares, computadoras, ni redes sociales, de modo que los chicos debían encontrar por sí mismos formas de superar problemas, entretenerse y desplegar ingenio y creatividad.

Otro estudio respalda este hallazgo. Una investigación en la década de 1970 de Emmy Werner, "Vulnerables pero invencibles: un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes" identificó que cerca de un tercio de los niños expuestos a situaciones de riesgo lograban desarrollarse como adultos adaptados, aun en contextos adversos. Estos resultados se vincularon a factores protectores asociados a la personalidad, el entorno familiar y la comunidad.
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Lo esencial es que esos factores protectores no se relacionaban con apoyo emocional o mindfulness, sino con asumir responsabilidades, colaborar en casa y resolver problemas por sí mismos.
“No es que eligieran ser duros, es que nadie les mostró otra manera”, explicó Leticia Martín Enjuto, psicóloga, en Cuerpomente. “Nadie se sentó a decirles ‘esto que sientes tiene sentido’ o ‘puedes estar triste sin dejar de ser fuerte’. Más bien al contrario: lo que recibieron, muchas veces, fue silencio, exigencia o ese clásico ‘no es para tanto, espabila’”.
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Es el precio, señaló la psicóloga, “porque cuando eres niño y eso es lo que hay, no te cuestionas nada. Te adaptas. Aprendes rápido que llorar incomoda, que mostrar miedo no ayuda, que necesitas hacerte fuerte por dentro para no desbordarte por fuera. Y así, poco a poco, vas construyendo una especie de armadura que, en ese momento, te salva”, pero que, según la experta, tiene sus consecuencias emocionales.
Las responsabilidades tempranas fortalecieron la autonomía

El contexto familiar y social de la época también empujó esa experiencia. Un gran número de madres se incorporó al mercado laboral, las alternativas de cuidado infantil fuera del hogar eran limitadas y las tasas de divorcio aumentaban, factores que dejaron a una generación con mucho tiempo sin supervisión. Los niños pasaban gran parte del día resolviendo conflictos, asumían tareas domésticas desde edades tempranas y se entretenían como podían.
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Al enfrentar dificultades moderadas de manera autónoma, como volver solos a casa o negociar reglas en un juego sin mediación de los padres, los chicos fortalecían su adaptación a largo plazo y desarrollaban tolerancia a la frustración y autorregulación emocional.
Otros trabajos de largo plazo, como el Berkeley Guidance Study y el Oakland Growth Study, analizados por el sociólogo estadounidense Glen H. Elder, mostraron que las dificultades económicas en la infancia no producían efectos uniformes. En familias estables, asumir responsabilidades desde temprano podía favorecer el desarrollo de autonomía, sentido de competencia, libertad y resiliencia en la vida adulta.
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El mismo análisis encontró un contraste claro: en hogares con alta conflictividad, las consecuencias tendían a ser más negativas. La adversidad, por sí sola, no garantizaba mejores recursos emocionales; el efecto dependía del tipo de entorno en el que esa experiencia ocurría.
La idea central es directa: la resiliencia atribuida a muchos adultos mayores no surgió de una infancia más cómoda, sino de una exposición frecuente a problemas cotidianos que debían resolver sin intervención inmediata. Esa práctica repetida explica, para los investigadores, su capacidad para enfrentar contratiempos y encontrar soluciones.
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Los padres helicópteros

Hoy el escenario infantil aparece invertido. Los menores crecen en entornos mucho más controlados, donde los adultos intervienen con rapidez para evitar malestar, fracaso o frustración.
Está muy extendida hoy en día la idea de los llamados “padres helicóptero”, quienes tienen un comportamiento controlador y sobreprotector con los niños, alargándose incluso a las etapas más adultas.
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Esa protección parte de una intención positiva, pero algunos especialistas advierten por sus efectos. La falta de desafíos reales en la infancia actual podría estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales básicas, y por eso cada vez se observan más dificultades entre jóvenes para aceptar un “no”, respetar figuras de autoridad o gestionar la frustración, conductas que preocupan a educadores y familias.
Dentro de este escenario, la sobreatención es uno de los rasgos predominantes. Según Eva Millet en su análisis “¿Hijos perfectos o hipohijos? Causas y consecuencias de la hiperpaternidad", publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, los padres llegan a desarrollar una supervisión obsesiva, resolviendo los problemas que sus hijos deberían afrontar en solitario.

Esta actitud, según el psicólogo Miguel Espeche citado en el análisis de Millet, convierte a los progenitores en asistentes personales o “guardaespaldas” y priva a los menores de la oportunidad de adquirir autonomía. Un ejemplo frecuente es la costumbre de hacer las tareas escolares por los niños, lo que refuerza la idea de que “sin mí, tú no puedes”.
Según la experta, la hiperpaternidad se asocia con una baja tolerancia a la frustración, temor al error, dependencia de la validación adulta y poca autonomía.
“A más sobreprotección, menor capacidad de liderazgo”, señaló Millet. Este patrón de comportamiento genera niños y adolescentes con menor sensación de competencia personal y mayor dependencia emocional de sus padres, reforzando la idea de que siempre habrá un adulto resolviendo los problemas por ellos.
La psicóloga concluyó que esta tendencia exige repensar el equilibrio entre protección y autonomía en la crianza y recuperar el valor del error y la resiliencia frente al miedo al fracaso.
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