Qué es el hígado graso metabólico, la enfermedad que avanza sin síntomas y afecta a un 40% de los adultos

A diferencia de otras patologías similares, puede revertirse si se detecta a tiempo y se sostienen cambios saludables. Cuáles son las señales más frecuentes, según un estudio publicado en JamaNetwork

Un collage muestra a un hombre tocándose el hígado, un hígado graso contrastado con uno sano, una persona obesa comiendo comida chatarra y otra joggeando con comida saludable.
El hígado graso metabólico ya es la enfermedad hepática crónica más frecuente en el mundo, con millones de casos impulsados por obesidad y sedentarismo (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El hígado graso metabólico ya se convirtió en la enfermedad hepática crónica más frecuente del mundo. Impulsada por el aumento de la obesidad, la diabetes tipo 2 y el sedentarismo, esta afección afecta a millones de personas y muchas veces avanza durante años sin generar síntomas evidentes.

Según una revisión publicada en JamaNetwork y datos del American College of Gastroenterology, el problema preocupa especialmente a los especialistas porque puede evolucionar hacia inflamación hepática, fibrosis, cirrosis e incluso cáncer de hígado. Además, se relaciona con un mayor riesgo cardiovascular, principal causa de muerte en quienes padecen esta enfermedad.

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La condición, conocida internacionalmente como MASLD por sus siglas en inglés, consiste en la acumulación anormal de grasa en el hígado en personas con alteraciones metabólicas y sin consumo importante de alcohol.

Cómo se desarrolla el hígado graso

Infografía sobre hígado graso metabólico. Ilustra un hígado afectado, prevalencia global, progresión de la enfermedad, síntomas, factores de riesgo y métodos de prevención.
Expertos advierten que el hígado graso metabólico puede evolucionar a cirrosis, cáncer y elevar el riesgo cardiovascular, principal causa de muerte en estos pacientes (Imagen Ilustrativa Infobae)

El hígado funciona como una gran planta de procesamiento del organismo: ayuda a manejar grasas, azúcares y nutrientes. Pero cuando durante años recibe más energía de la que el cuerpo logra utilizar correctamente —algo frecuente en la obesidad y la resistencia a la insulina— comienza a acumular grasa en su interior. Con el tiempo, ese exceso puede provocar inflamación y daño progresivo en las células hepáticas.

Los especialistas estiman que la enfermedad afecta entre el 30% y el 40% de los adultos en el mundo, detalla JamaNetwork. En personas con obesidad, la prevalencia puede alcanzar el 80%, mientras que en quienes tienen diabetes tipo 2 llega al 70%. En Estados Unidos, se calcula que más de 100 millones de adultos ya presentan esta afección. Además, el problema aparece cada vez con mayor frecuencia en niños y adolescentes con sobrepeso.

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Una enfermedad que suele avanzar sin síntomas

Uno de los principales desafíos es que muchas personas no presentan señales claras durante años. Cuando aparecen síntomas, suelen ser inespecíficos: cansancio, fatiga o molestias leves en la parte superior derecha del abdomen. En muchos casos, el diagnóstico surge de manera incidental durante una ecografía o análisis realizados por otros motivos.

Mesa baja llena de comida rápida: patatas fritas, alitas de pollo, snacks y refrescos. Al fondo, una persona sentada en un sofá usando un smartphone.
El sedentarismo, la diabetes tipo 2, la hipertensión, las dietas ultraprocesadas y los factores genéticos elevan el riesgo de desarrollar hígado graso metabólico (Imagen Ilustrativa Infobae)

En etapas más avanzadas pueden aparecer agrandamiento del hígado, acumulación de líquidos o alteraciones mentales vinculadas al deterioro de la función hepática.

Durante la infancia, algunos signos asociados incluyen dolor abdominal persistente, fatiga y manchas oscuras en la piel del cuello o las axilas, relacionadas con resistencia a la insulina.

Quiénes tienen mayor riesgo

La obesidad es el principal factor asociado al desarrollo de hígado graso metabólico. Sin embargo, no es el único. También aumentan el riesgo la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, el colesterol elevado, el sedentarismo, el tabaquismo y las dietas ricas en alimentos ultraprocesados, grasas saturadas y bebidas azucaradas.

Modelo 3D translúcido de un hígado humano con inflamación, rodeado de moléculas de colores brillantes dentro de un marco de luz en un laboratorio.
Entre el 15% y el 40% de los pacientes con hígado graso desarrollan MASH, una forma grave e inflamatoria que puede llevar a insuficiencia hepática o cáncer (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los especialistas también investigan el papel de factores genéticos, alteraciones en la microbiota intestinal y procesos inflamatorios que podrían acelerar el daño hepático. Los hombres, las personas mayores y las mujeres después de la menopausia forman parte de los grupos considerados más vulnerables.

Cuando la enfermedad se vuelve más agresiva

En algunos pacientes, el hígado graso evoluciona hacia una forma inflamatoria más grave llamada MASH, caracterizada por daño persistente en el tejido hepático. Los estudios estiman que entre el 15% y el 40% de las personas con hígado graso desarrollan esta variante.

Es algo parecido a lo que ocurre con una inflamación sostenida en cualquier otro órgano: al principio puede parecer leve, pero con el tiempo termina dejando cicatrices y alterando su funcionamiento.

A medida que progresa, aumenta el riesgo de fibrosis, cirrosis, insuficiencia hepática y cáncer de hígado. Aproximadamente uno de cada cinco pacientes con MASH puede evolucionar hacia enfermedad hepática avanzada. La detección suele comenzar con estudios por imágenes, especialmente ecografía abdominal, que permite identificar acumulación de grasa en el hígado.

Mujer de mediana edad con piel y ojos amarillentos (ictericia) se toca el abdomen superior derecho en una consulta médica, con monitor de ultrasonido y tubos de muestra de sangre al lado.
El hígado graso metabólico suele avanzar sin síntomas específicos y se diagnostica frecuentemente de forma incidental en ecografías o análisis de rutina (Imagen Ilustrativa Infobae)

A partir de allí, los médicos evalúan factores asociados como obesidad abdominal, diabetes, presión arterial elevada o alteraciones del colesterol y los triglicéridos. También existen herramientas que ayudan a estimar el grado de fibrosis hepática, como el índice FIB-4 y la elastografía, una técnica que mide la rigidez del órgano sin necesidad de procedimientos invasivos.

En algunos casos, cuando persisten dudas diagnósticas o se sospecha daño avanzado, puede realizarse una biopsia hepática.

Qué tratamientos existen

Actualmente no existe una cura farmacológica definitiva para esta enfermedad. Por eso, el tratamiento se centra principalmente en cambios sostenidos del estilo de vida.

Los especialistas recomiendan perder peso, reducir el consumo de azúcares y ultraprocesados, evitar el alcohol y aumentar la actividad física. Realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado mostró beneficios importantes sobre la grasa hepática y la inflamación.

Ilustración digital de un hígado humano de color rojo anaranjado, mostrando múltiples acumulaciones de grasa amarilla sobre su superficie contra un fondo azul
Las pruebas diagnósticas como la ecografía abdominal y herramientas como el índice FIB-4 y la elastografía permiten evaluar la gravedad del daño hepático (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los estudios indican que bajar entre un 7% y un 10% del peso corporal puede mejorar significativamente el estado del hígado.

En algunos países ya comenzaron a aprobarse medicamentos como semaglutida y resmetirom para determinados pacientes con formas avanzadas de la enfermedad. Sin embargo, estas terapias todavía no reemplazan las modificaciones de hábitos.

A diferencia de otras enfermedades hepáticas crónicas, el hígado graso metabólico puede revertirse en muchos casos si se detecta a tiempo y se mantienen cambios saludables durante años. Por eso, los especialistas insisten en controlar factores de riesgo como obesidad, hipertensión, diabetes y sedentarismo antes de que aparezcan complicaciones.

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