
Miro absorta los videos de NPC en TikTok que me muestran mis pacientitos. Observo niñas, niños y adolescentes repitiendo frases con voz robótica en escenas decoradas con peluches, luces de neón y onomatopeyas como “glup, glup, glup” o frases en ecolalia voluntaria, “te quiero tanto, te quiero tanto”, “gracias por la rosa”, les provocan fascinación y risa. A mí desconcierto.
Es un universo de gestos automatizados, sonidos dulzones y conductas repetidas bajo la lógica de las plataformas, que privilegian lo imitable, visible y monetizable.
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Hoy los niños y niñas crecen mirando Twitch, TikTok y YouTube Shorts. Se informan y aprenden en fragmentos de 15 segundos; algo más largo o de mayor profundidad suele cansarlos y aburrirlos.
La subjetividad de la época parece estar formándose al ritmo de un conjunto de gestos que logran retener la atención, obtener validación y, sobre todo, ser imitados, en una estereotipia sin fin.
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El NPC streaming es una tendencia iniciada en TikTok. NPC es la sigla de non playable character (personaje no jugable) se trata de las figuras de videojuego secundarias, las que están de relleno, pero son necesarias como parte del paisaje, sin historia propia, están ahí para repetir frases prediseñadas y sus movimientos son limitados.
Hoy, streamers, algunas niñas de doce o trece años, reproducen en vivo este estilo, repiten frases como “ice cream so good” o “mmm qué rico” con tono artificial y movimientos robóticos cada vez que reciben un regalo virtual de la audiencia. Una acción es una recompensa. Se trata de una estructura de condicionamiento simple, estímulo–respuesta, sin intermediación simbólica, como el perro de Pavlov.
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En la conferencia Brainstorm Tech de Fortune, Google reconoció un giro decisivo en los hábitos de búsqueda de los usuarios más jóvenes. Prabhakar Raghavan, vicepresidente sénior a cargo del área de Conocimiento e Información de la compañía, afirmó que las nuevas generaciones ya no usan Google Search ni Google Maps como primera opción para buscar información cotidiana.

Según datos de investigaciones internas de Google, basadas en encuestas a usuarios estadounidenses de entre 18 y 24 años, casi el 40 % de los jóvenes recurren directamente a TikTok o Instagram.
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Estos datos no incluyen estudios sobre niñas, niños y adolescentes menores de edad, lo cual resulta llamativo, porque es una audiencia inmensa en esas plataformas. Se ve que la transformación del modo de informarse avanza más rápido que la producción de evidencia sistemática sobre su impacto en la infancia.
Sin embargo, basta escuchar la frase cotidiana “búscalo en TikTok”, ya extendida entre grandes y chicos, para advertir que esta lógica atraviesa generaciones enteras, pero impacta más profundamente en quienes se están desarrollando.
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Raghavan fue directo a sus intereses: “Aprendemos, una y otra vez, que los nuevos usuarios de internet no tienen las expectativas ni la mentalidad a las que nos hemos acostumbrado. Las preguntas que plantean son completamente diferentes”. Ya no escriben palabras clave: exploran contenido de forma visual, inmersiva y performática. No se escribe más. Hemos pasado de ser “escribientes” a ser exploradores de experiencias.

La búsqueda ya no empieza necesariamente con una palabra, sino con una imagen o lo que capta la cámara en tiempo real. (Google Lens y Circle to Search) o contenido inmersivo como la Realidad Aumentada (AR): para probarse ropa virtualmente o ver cómo queda un mueble o la pintura del living a través de la cámara antes de comprarlo, o la Performática que es movimiento, la IA Generativa para conversar, estudiar o informarse “explícame esto como si fuera un video de cocina”) o Búsqueda por gestos y voz: la interacción se centra en el flujo de la vida diaria sin necesidad de detenerse a teclear, ni a pensar demasiado.
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En 2025, el SEO (Optimización para Motores de Búsqueda) ha evolucionado hacia el GEO (Generative Engine Optimization) y el VEO (Visual Engine Optimization), donde lo que importa es la relevancia estética y la capacidad de respuesta inmediata a la intención del usuario, no sea cosa que se pierda tiempo en la busqueda concentrada de información o en leer la receta de la abuela.
Así la información deja de organizarse como conocimiento, adquisición y pasa a consumirse como estímulo; la educación se desliza hacia la performance, y el aprendizaje queda subordinado a la lógica del impacto, la velocidad y la imitación.
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En este marco, el saber se vuelve efímero y cuesta recordar: la fragmentación constante de la atención, la búsqueda incesante de gratificación inmediata y la sobrecarga de estímulos dificultan la concentración sostenida y la consolidación de aprendizajes en la memoria a largo plazo.
No es casual que, frente a este escenario, reaparezcan propuestas para “aprender a aprender y a retener“ métodos a montones, incluso utilizando las propias plataformas “el ejercicio que reinicia tu cerebro en 60 segundos…“,rezan los reels de alto impacto. Pero siempre tuvimos memoria de corto y largo plazo, no es nuestro cerebro el que necesita un reinicio. Son las plataformas las que nos borran la memoria.
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La paradoja revela que hay que reaprender a recordar en un entorno diseñado para olvidar y para que nada permanezca.
Si nada permanece, ¿con qué nueva configuración psíquica nos encontramos? Son subjetividades entrenadas más para reaccionar que para elaborar, orientadas a responder estímulos que a producir sentido. Por eso vemos las reacciones de los niños cuando le sacan la tablet. Un psiquismo en desarrollado habituado a la inmediatez, a la exposición constante, el tiempo de la experiencia se achata, la memoria pierde cualidad y el deseo puede quedar opacado por la demanda y la adicción.
Si esta es una nueva forma de organización psíquica orgánica al entorno estamos en serios problemas. También por eso la crisis de salud mental es global y comienza cada vez más tempranamente.
Como agravación de esta misma lógica, a esto se le suman las aterradoras APPS de bienestar que proponen respirar, escribir frases acerca de soltar lo que nos daño, para elaborar un trauma, un duelo o pérdidas. Es gravisimo y revictimizante.
Otra dimensión inquietante es que muchas de estas performances, realizadas tanto por niñas como por niños, se apoyan en una configuración corporal y afectiva exigida por el mismo ámbito. La voz aniñada, los gestos dulces reproducen estéticas y registros ya instalados en el mercado digital, donde los cuerpos cada vez más jóvenes son convertidos en objetos eróticos.

En ese marco, niñas y niños emulan gestos y modulaciones sensuales sin dimensionar su alcance ni su sentido, en un proceso que venimos denunciando en salud mental infantil y estudios críticos sobre cultura digital como hipersexualización precoz y pedofilización del deseo, efectos estructurales de un sistema que erotiza la infancia y luego se desentiende de sus consecuencias.
La repetición compulsiva no son formas creativas son síntomas de una subjetividad capturada por las plataformas. Se ha invertido la demanda: ya no somos quienes vamos a buscar contenido, son los sistemas los que nos capturan, nos retienen y nos administran el tiempo y la atención. Esta lógica opera con especial crudeza sobre niños y niñas que han nacido inmersos en estos entornos, sin distancia simbólica posible respecto de su funcionamiento.
No es casual que, frente a este escenario, empiezan a aparecer movimientos de resistencia. Cada vez más jóvenes deciden abandonar por completo las redes sociales o buscan dispositivos antiguos, teléfonos que solo permite llamadas, como una forma de recuperar silencio, continuidad y presencia.

Algo similar ocurre con iniciativas de familias que acuerdan retrasar el acceso a redes sociales hasta los 13 o incluso los 16 años, como sucede en algunas experiencias recientes en Australia. Todas las iniciativas son intentos por restituir condiciones mínimas para la experiencia, el pensamiento y el deseo y por salir del secuestro.
Uno de mis terrores de infancia era la fantasía de que lo que pasaba en la película El planeta de los simios, se hiciera realidad y que los monos tomaran el mundo y capturaron a la humanidad, como esclavos y fuerza de trabajo.
Nunca imaginé que esa conquista llegaría de la mano de las plataformas, ni que su caballo de Troya sería algo tan seductor y peligroso como TikTok.
Tenemos entre manos una tarea titánica lograr convivir con las pantallas, pero no dejarlas que tomen el mundo y mucho menos a nuestros niños y niñas.
*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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