
El consumo de alcohol implica riesgos tanto inmediatos como a largo plazo para todo el organismo, desde la aparición de una leve euforia hasta cuadros graves que incluyen insuficiencia de órganos, coma e incluso convulsiones, según advierten los especialistas, especialmente en estas fechas.
Es que en épocas de celebraciones, cuando suele aumentar la ingestión de estas bebidas, comprender los posibles efectos y tomar medidas preventivas resulta clave para preservar la salud.
Según Evelyn Álvarez, licenciada en Nutrición del Hospital Universitario Austral, “químicamente, el alcohol es etanol: una molécula muy pequeña y soluble que los tejidos absorben con facilidad. Esa misma propiedad le permite atravesar sin dificultad todas las membranas de nuestras células, incluso la barrera hematoencefálica que normalmente protege al cerebro”.
La especialista advirtió que el problema no es solo el etanol en sí, sino también su primer producto de degradación en el hígado, el acetaldehído, “una sustancia tóxica y cancerígena”.
Efectos inmediatos y daño acumulativo por consumo de alcohol
El alcohol comienza a influir en el organismo apenas unos minutos después de ser ingerido, alterando la conducta y la capacidad de coordinación.
En una nota a Infobae, el médico clínico Ignacio Gutiérrez Magaldi (MP 32214 / ME 15051), jefe del Departamento Clínico Adultos y subdirector médico de Desarrollo de la Clínica Reina Fabiola de la Universidad Católica de Córdoba explicó que en una primera fase aparece una sensación de euforia y se reducen las destrezas asociadas a tareas motrices. Sin embargo, a medida que suben las concentraciones en sangre, pueden surgir dificultades en el habla, falta de estabilidad al caminar, vómitos e incluso pérdida de conciencia.
En línea con esto, Álvarez detalló: “En unos diez minutos, el alcohol ya puede alcanzar el cerebro, aunque la concentración máxima suele darse un poco más tarde. Una vez allí, enlentece la comunicación entre las neuronas”. La especialista explicó que en el sistema nervioso central actúa como un depresor, lo que explica la desinhibición social, la euforia leve, la disminución de los reflejos y la dificultad para concentrarse o pensar con claridad. A dosis más altas, puede provocar confusión, pérdida de memoria y, en situaciones extremas, coma etílico.
Con ellos coincidió el médico especialista en Toxicología del Hospital Durand y director de Toxicología de la Fundación Iberoamericana de Salud Pública, Francisco Dadic (MN 125795), quien precisó que el alcohol provoca una acción directa sobre los vasos sanguíneos, lo cual puede generar hipotermia aguda y disminuir los niveles de glucosa, llevando eventualmente a cuadros de hipoglucemia.

A largo plazo, recordaron los especialistas, la exposición al alcohol afecta diversos órganos y sistemas. Dadic advirtió que la toxicidad crónica puede conllevar daños severos en el sistema nervioso, el aparato cardiovascular y el hígado, con consecuencias como insuficiencia hepática, enfermedades musculares y problemas cardíacos.
Según Álvarez, “en el hígado se metaboliza casi todo el alcohol ingerido. Las enzimas hepáticas lo convierten en acetaldehído, luego en acetato y finalmente en energía o lo eliminan. Pero estas enzimas se saturan ante concentraciones muy elevadas, acumulándose el alcohol en sangre”.
Y tras asegurar que “el consumo sostenido aumenta el riesgo de cáncer de boca, esófago, hígado, mama y colon, deterioro cognitivo, neuropatías, trastornos digestivos y problemas de salud mental”, la especialista del Hospital Austral añadió: “Aunque al principio induce somnolencia, el alcohol disminuye la calidad del sueño profundo y puede generar despertares frecuentes. Además, altera la microbiota intestinal, debilita los huesos y dificulta la absorción de nutrientes como la vitamina B1, el ácido fólico y el magnesio”.
Desde el área de Alimentación y Dietética del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, Stefania Giselle Lazzaro señaló a este medio que el sistema digestivo es especialmente vulnerable: el alcohol interfiere con el funcionamiento gástrico, daña la mucosa intestinal y reduce la absorción de nutrientes, lo que puede derivar en carencias, inflamación y síntomas como vómitos o diarrea.
En el sistema cardiovascular, Gutiérrez Magaldi resaltó el vínculo entre consumo crónico de alcohol e insuficiencia cardíaca, mientras que en el sistema muscular —agregó el mismo especialista— pueden presentarse cuadros de destrucción rápida de tejido muscular, afectando incluso la función renal.
La nutricionista también destacó que el alcohol está asociado con un aumento de la presión arterial y, en consecuencia, con mayor riesgo de hipertensión. Además, incrementa la probabilidad de arritmias y de distintas enfermedades cardiovasculares. Respecto del sistema inmune, Álvarez explicó: “Se ha visto que el alcohol altera la actividad de los glóbulos blancos y las señales de inflamación, lo que reduce la capacidad del organismo para enfrentar infecciones”.
Variables individuales que modulan los efectos y recomendaciones prácticas

El metabolismo del alcohol ocurre principalmente en el hígado, gracias a enzimas como la alcohol deshidrogenasa. Según explicó Lazzaro a Infobae, este proceso depende de factores como la genética, el sexo, la edad y el estado funcional del hígado de cada persona. Gutiérrez Magaldi agregó que por lo general existe menor actividad de la enzima en mujeres, lo que se traduce en mayor susceptibilidad a los efectos del alcohol. Además, la diferencia en proporción de agua y masa muscular entre hombres y mujeres otorga a estos últimos una mayor tolerancia, aunque el peso, la cantidad de grasa corporal y el grado de hidratación son también determinantes.
Álvarez explicó que en las mujeres los efectos suelen ser más intensos porque “en promedio, tienen menor actividad de la enzima que lo degrada, lo que aumenta su concentración en sangre”. Respecto a la creencia de que una copa de vino puede ser saludable, la especialista fue clara: “Esa idea surgió a partir de estudios antiguos, pero la evidencia más reciente muestra que cualquier beneficio potencial no justifica los riesgos del alcohol. Hoy sabemos que no existe un nivel seguro de consumo”. Además, remarcó que la sustancia nociva es siempre el etanol, sin importar si proviene de vino, cerveza o destilados.
Dadic precisó que la mayor proporción de grasa corporal en las mujeres amplifica el efecto tóxico del alcohol, y que en las personas mayores, la reducción en la cantidad de agua corporal y un metabolismo más lento aumentan el riesgo de complicaciones. De este modo, características como sexo, edad y contextura física influyen de forma directa en la manera en que cada organismo responde a idénticas cantidades consumidas.
Ante estos riesgos, los especialistas recomendaron algunas pautas para reducir los daños durante celebraciones. Dadic subrayó la importancia de evitar ingerir alcohol con el estómago vacío, ya que acompañar la bebida con alimentos hace más gradual su absorción y disminuye los picos en sangre. Además, recomendó beber agua durante la ingesta para prevenir la deshidratación, principal responsable de la resaca.

Gutiérrez Magaldi aconsejó evitar mezclar el alcohol con bebidas energizantes por el riesgo de alteraciones cardíacas, y no combinarlo con medicamentos que también sean metabolizados por el hígado, dado que pueden potenciar los efectos tóxicos. Insistió además en la necesidad de limitar la cantidad total ingerida y espaciar el consumo, recordando que el alcohol tarda alrededor de 30 minutos en hacer efecto.
Dadic, finalmente, advirtió sobre el peligro de conducir después de beber: el alcohol reduce la percepción visual, altera la capacidad para calcular distancias y disminuye los reflejos, lo que representa un riesgo grave al volante.
Por su parte, Álvarez recomendó no asociar el alcohol con la idea de relajación y sugirió reemplazarlo por actividades sociales o recreativas que favorezcan el bienestar sin que la bebida sea el eje. En caso de elegir consumir alcohol, la especialista aconsejó hacerlo de manera responsable y limitada, alternar con agua, evitar la ingesta con el estómago vacío y abstenerse por completo durante el embarazo, la adolescencia, al conducir o al tomar ciertos medicamentos. “Cada copa cuenta. El impacto puede ser pequeño al principio, pero el riesgo se acumula con el tiempo. El cuerpo, en definitiva, siempre se beneficia más de no beber”, enfatizó.
Pese a que el alcohol mantiene su presencia en contextos festivos, un consumo moderado y consciente, adaptado a las características individuales, puede ayudar a minimizar los riesgos para la salud y evitar complicaciones graves.
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